La poesía y su forma

Confieso que en los últimos meses me he acercado más a Bécquer, y a otros no tan románticos. Quise utilizar los libros como escudo contra la nostalgia. Eso no funciona. Todo lo contrario, incrementa la añoranza, y agolpa los recuerdos en mi mente. Quise huir de los versos depurados, y me encontré con Marta Rojas y su novela Inglesa por un año. Toda obra tiene algo de romance, aunque sea narrativa.

Disfruté textos de Orwell, Roberto Fernández Retamar, y me hallé con Contra los poetas, de Witold Gombrowicz, quien parece odiar los versos con rima, quizá por eso me cae bien, aunque no demasiado. Algunas ideas de su artículo me resultan inapropiadas. ¿Qué sería del mundo sin los versos? ¿Qué sería de los enamorados sin la poesía? Y cito a Retamar:

“Un puñal, un fusil o un cohete sirven para matar al enemigo. Pero una poesía ¿para qué sirve? Un arado o un tractor sirven para hacer producir el campo en beneficio del hombre, pero una canción ¿para qué sirve? Un ómnibus sirve para ir a ver una pieza de teatro, pero la pieza de teatro ¿para qué sirve? Pues bien: una poesía, una canción, una comedia sirven para que el hombre sea verdaderamente hombre, para que abandone los aspectos más primitivos, y refine su vida”.

Claro que yo, al igual que Gombrowicz, odio a la “poesía pura”. ¿Por qué? “Por las mismas razones por las cuales no me gusta el azúcar puro. El azúcar encanta cuando lo tomamos junto con el café, pero nadie se comería un plato de azúcar: sería demasiado. Es el exceso lo que cansa: exceso de palabras poéticas, de metáforas, de depuración y de condensación que asemejan los versos a un producto químico”.

Cuando eso pasa, la monotonía invade el campo del poeta. El estilo se deshumaniza; el creador no toma como punto de partida la sensibilidad del hombre común si no la de otro poeta, una sensibilidad “profesional” y, entre los profesionales, se crea un lenguaje tan inaccesible como los otros dialectos técnicos; y, subiendo unos sobre los hombros de otros, forman una pirámide cuya punta se pierde en el cielo, mientras nosotros, los lectores, nos quedamos abajo algo confundidos. “Ese poeta profesional no se puede expresar a sí mismo, porque tiene que expresar los versos”.

No creo como Gombrowicz que haya que parar la producción cultural para ver si lo que producimos tiene todavía alguna vinculación con nosotros. Empero, coincido con él cuando dice que esa perfección de la forma, ese aristocrático hermetismo del arte deben ser compensados de algún modo y que, por ejemplo, cuanto más el artista es refinado, tanto más debe tomar en cuenta a los hombres menos refinados y cuanto más es idealista tanto más debe ser realista.

Ese equilibrio sobre la base de compensaciones y antinomias es el fundamento de todo buen estilo. Sin embargo, algunos poemas y prosas modernas carecen de eso, y ciertos autores se vuelven difíciles, complicados, con refugio en la llamada modernidad de la forma.

Libros como La muerte de Virgilio, de Herman Broch, Ulises, de Joyce, o Paradiso, de José Lezama Lima, resultan casi imposibles para lectores medios por ser demasiado “artísticos”. Todo en estos resulta elevado y, al mismo tiempo, parece que sus autores no lo han escrito para nosotros, sino para el dios del arte. Y me disculpan si algunos no concuerdan conmigo, pues en verdad estoy muy lejos del Olimpo de la creación.

Lo que sí sé es que los poetas no pueden escribir para los poetas, sino para el obrero, el zapatero, el campesino, el médico…, no pueden afirmar que la poesía es un don de los dioses e indignarse contra el profano, lo que resultaría bastante gratuito. Lo primero, como dice Gombrowicz, sería como si un cura endilgara su sermón a otro cura.

Todavía algunos no comprenden que de la poesía no se puede hablar en tono poético y por eso sus revistas están llenas de poetizaciones sobre la poesía, a menudo horripilantes, por el estéril malabarismo verbal.

Muchos pretenden salvarse de lo expuesto más arriba declarando que ellos escriben para sí mismos, para su propio goce estético, aunque hacen lo posible por publicar sus obras. Otros buscan la salvación en el marxismo y afirman con toda seriedad que el pueblo es capaz de asimilar sus refinadísimos y difíciles poemas, consecuencia de siglos de cultura.

Me uno a Witold Gombrowicz: “Un artista que en verdad se preocupe por la forma buscaría alguna salida a ese callejón, porque esos problemas, en apariencia solo personales, están estrechamente vinculados con el arte y la voz del poeta no suena bien ni puede ser seria y convincente, mientras él mismo quede ridiculizado por tales contrastes. Hay que abrir las ventanas de esa hermética casa y sacar sus habitantes al aire fresco, hay que sacudir la pesada, majestuosa y rígida forma que los abruma”.

Como me dijo el creador granmense, Andrés Conde, “prefiero las palabras que motiven reflexiones, lleguen y me dejen boquiabierto, con sensaciones de disfrute, que son los minutos de la gran poesía”.

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