Más que poeta (I)

Me referiré a un hombre del que hablamos mucho, pero casi siempre lo mismo. Discúlpenme por la afirmación, empero durante mis años escolares, de José María Heredia y Heredia sólo escuché que fue poeta, ¡tremendo poeta!, autor de versos desgarradores, nostálgicos, llenos de sufrimiento, tristezas, en los que parecía dejar pedazos de su alma, desangrarse.

Las únicas referencias eran Himno del desterrado y Oda al Niágara. Eso me resultaba demasiado simple, injusto, vergonzoso. Heredia es más, mucho más. Era ímpetu viviente que, a veces, parecía que se desintegraría si no convertía en palabras su pasión, sufrimientos, vivencias personales, llenas de sacrificio. De sí mismo expresó:

El torbellino revolucionario me ha hecho recorrer en poco tiempo una vasta carrera y con más o menos fortuna he sido abogado, soldado, viajero, profesor de lenguas, diplomático, periodista, magistrado, historiador y poeta a los veinticinco años. Todos mis escritos tienen que resentirse de la rara volubilidad de mi suerte.

La frase anterior no incluye sus actividades de conspirador condenado a muerte, de legislador, de crítico. No señala tampoco peculiaridades que también definen la vida de un hombre: el abatimiento por la pobreza, la soledad en momentos de dolor, ni esa otra condición de su íntimo temperamento: la de soñador, que durante los últimos días de su enfermedad no se peleó de la esperanza, de la belleza literaria.

Podría escribir cuánto me agradan los textos heredianos, cuán importante los considero para la cultura cubana. Quizá lo haga más adelante. Ahora prefiero citar a otros con voces más fuertes en el mundo creativo.

José Martí, por ejemplo, expresó que Heredia despertó en mi alma, como en la de los cubanos todos, la pasión inextinguible por la libertad. Enrique José Varona aseguró que él y los de su generación, aprendieron a sentir a Cuba, a ver sus notas penetrantes, típicas, en la obra de José María. Y Cintio Vitier, sostiene que por los dones líricos, la cultura y la sensibilidad patriótica, Heredia es nuestro primer poeta cabal, el primer lírico de la patria, el primer vivificador poético de la nación como necesidad del alma.

Quizá caigan sobre mí cientos de reproches por no haber conocido su obra antes. Seguro tengo algo de culpa, también los profes de Historia, literatura y todos aquellos, que tiza en manos, sólo me repitieron lo mismo de hechos pasados, de revolucionarios, de obras, de intelectuales que debemos conocer de la A a la Z.

También culpo a los libros de aventuras, fantasiosos y atrayentes en la adolescencia y más allá. Sin embargo, un amigo me dice que cada edad tiene su peculiaridad, su encanto, que no me exija demasiado. Eso es verdad. Perdono a Emilio Salgari y a los otros. Sandokan, Tom Sawyer… también son necesarios.

Quiero saldar mi deuda con Heredia, conmigo mismo, por eso intentaré acercarme a disímiles facetas de su existencia. Alguien me dijo una vez que la mejor forma de conocer a una persona, la más segura, la más confiable, es leer su diario. José María –disculpen el tono de cercanía- no tuvo uno. Lo más cercano a ese documento tan íntimo es su compilación epistolar.

Por suerte, tengo en mis manos el Epistolario de José María Heredia, con prólogo, notas y bibliografía de Ángel Augier, publicado por la Colección Voces, de la Editorial Letras Cubanas en el 2005. Pensé enfocarme en aquellos textos relacionados con su madre, con su familia, empero me pareció demasiado carcelario.

Hablaré de lo que más me impresione, aunque le prestaré especial atención a su forma de escribir. Leer los documentos que aparecen en el libro mencionado y otros recogidos en Crítica literaria: José María Heredia, con selección y prólogo de José María Chacón y Calvo, publicado por la editorial Pablo de la Torriente en el 2002, junto a versos y artículos periodísticos, me permitirá tener mejores concepciones sobre su estilo y personalidad. No creo que su existencia deba reducirse a la palabra “poesía”, a Niágara o Teocalli de Cholula. Los mensajes a familiares, amigos y a otros intelectuales, podrían revelar peculiaridades del ser humano, que no sólo fue letras y dolor.

Las cartas heredianas, por lo general, estaban escritas de manera sencilla, sin adornos, con la naturalidad de los diálogos emotivos de sobremesa, de las conversaciones íntimas. Pensé que tendrían un lenguaje más rebuscado, lleno de recursos literarios, como sus poemas. Me equivoqué. Quizá porque conozco a versistas que, incluso en conversaciones informales, usan complejas terminologías con las que pretenden impostar erudición.

Ese jamás fue el propósito de Heredia, ni siquiera en sus poemas, aunque el lirismo y la belleza formal eran inherentes a su pluma. Sin embargo, algunos textos epistolares, muy pocos, no muestran ni pizcas de eso. Parecen escritos con la premura y la simplicidad de alguien alejado de la literatura, de alguien descuidado en la redacción. Creo que pudo ser peor, pues Augier aclara en el prólogo que el trabajo de corrección incluyó la actualización de la ortografía, la unificación de apellidos, nombres propios y de ciudades; la sustitución de abreviaturas confusas, por palabras completas; la aplicación de normas editoriales actuales; evitación de repeticiones innecesarias.

Los rasgos expresados son comprensibles. Los telegramas, los mensajes… suelen ser escritos con urgencia y cierta negligencia formal cuando se dirigen a familiares y amigos. La activa correspondencia de Heredia, la confección de obras literarias y disímiles obligaciones profesionales lo obligaron a escribir sus cartas con bastante rapidez. Aclaro que muchos textos del Epistolario… sí revelan belleza en el leguaje, siempre con estilo coloquial, algunos llegan a ser, hasta cierto punto, literarios, en fronteras de similitudes con el estilo y valores estéticos de los versos románticos.

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