Serie Nacional de Béisbol: Cuando el público se transforma en las gradas

Cuarto Inning. Los Alazanes pierden tres anotaciones por cero, pero tienen un hombre en primera. Hay un solo out y batea su cuarto madero Alfredo Despaigne. En circunstancias así todos saben que el fornido toletero es el más peligroso en Cuba. Su descomunal fuerza y el don para lucir bien en trances difíciles hace pensar a la afición que, como mínimo, el equipo se acercará en el marcador.

“¡Se va, se va, se va…! Gritan desaforados los fanáticos desde las gradas. El sonido es ensordecedor. La temprana noche vibra con el bullicio que impone la muchedumbre y a través de las ondas de la emisora provincial de radio los narradores apenas se escuchan.

El ruido es infernal y la mayoría piensa que el pitcher va a colapsar. Mas, Erlis Casanova se mantiene inmune al ataque del público y con un rompimiento provoca el fallo de Despaigne. Ponche.

Quienes antes aupaban al respetado bateador, al recordista en jonrones en Cuba, al pelotero que impuso su poderío en ligas profesionales de México y Japón no escatiman: “¡Peeeencooooo, no le das ni a una calabazaaaa!”, se escuchó y muchos, entre tantos, atacaron con toda saña al atleta que les había traicionado a muerte. No dio jonrón.

Más allá de la euforia

El estadio y los ambientes que genera es sin dudas uno de los espacios donde en mayor medida puede apreciarse el comportamiento desbordado de las masas. Los públicos en ese entorno reaccionan de las más variopintas formas. Tanto que tienden a confundir a los que pretenden “trabajar” sobre la conciencia colectiva para evitar escenas como la descrita anteriormente.

Digo tienden porque en esencia, según la psicóloga social Lissell Fontelo Danta, especialista en medios audiovisuales del Instituto Cubano de Radio y Televisión, en esas instalaciones las individualidades quedan supeditadas a la reacción del conjunto.

“Lo que sucede tiene que ver con el contagio emocional –explica -, que no es más que la transmisión de estados emocionales que se producen dentro de multitudes y grupos formados por más de dos personas. Es un proceso de carácter inconsciente que tiene que ver con el estado anímico de una persona cuando se dirige al estadio y que va dispuesta a descargar allí sus emociones”.

Para quien esté cercano, o cercana, por supuesto, a la agorafobia, la afirmación de la entendida es poco menos que aterradora. Todo parece indicar que la multitud cobra vida propia y según sea la corriente que impere en el graderío así actuará. Algo así como causa-efecto y los atletas estarán en el medio de la diana a la cual se le disparan improperios.

“En verdad, no se ataca al pelotero como tal –argumenta la psicóloga que ya acumula varios años en el estudio de los públicos-, son las circunstancias que rodean al juego las que priman. La persona en ese momento no tiene un análisis consciente de la situación, racional e individual, sino que “vivencia” lo que pasa en el terreno. Impera lo que se siente más que lo que se piensa. O sea, en ese instante no se valora la historia pasada, ni rendimientos, ni nada de eso.”

La explicación de Fontelo Danta, que por supuesto puede ser compartida o no, es bien polémica porque se supone que, aún con lo expresado, cada aficionado es un mundo y por tanto, tiene que existir una cantidad importante de personas que no se dejen llevar por la marea. Que hagan contrapeso al dislate.

“Cuando tú como individuo te enfrentas a una determinada situación y sientes deseos de gritar, pelear, insultar, por mencionar solo algunas reacciones emocionales fuertes, tienes una barrera que te contiene o reprime de hacerlo –contraataca la psicóloga. Es una barrera social creada por tu educación, tu cultura, tus conocimientos… que te detiene. Ahora bien, en una multitud, esas barreras desaparecen porque la gente se desinhibe a la hora de expresarse. En ese instante, se hace una catarsis emocional y lo racional no está presente en el comportamiento.”

Fontelo deja abierta la puerta y afirma que “puede que haya individuos con un mayor control de la situación, pero por lo general también se suman, porque no se trata de una concientización de la situación sino de un movimiento emocional. En un contagio emocional no hay un grupo que siga al líder, que actúe en función del que manda. No. La inmensa mayoría de las personas sucumbe ante las circunstancias y se mueve en la misma dirección que el resto ya sea en sentido positivo o negativo. Esto provoca también un desahogo emocional que libera tensiones acumuladas.”

Positivo o negativo. Sí, así mismo es. En esencia lo más complicado de establecer estos análisis y más todavía, estrategias de comunicación para mitigar esos malos procederes, es que la afición funciona como las baterías, por polos. El mismo público responde de distintas formas: lo mismo grita y ofende que exalta y alaba.

Entre tanto alboroto por lo general son los peloteros quienes más sufren. Digo, si con tales manifestaciones lo que se pretende es que el jugador responda favorablemente al “estímulo”.

“Por supuesto que actitudes así influyen en el comportamiento de los atletas –dice Fontelo Danta. El deportista se siente juzgado por lo que pasa en el terreno. Él se puede valorar como persona por lo que recibe de su público. O sea, ‘hoy fallé pero sigo siendo yo’, y no, ‘lo que me hace bueno o malo, es que fallé o no en determinado turno al bate o acción defensiva’.”

La especialista reconoce que “hay herramientas psicológicas que a los jugadores le permiten enfrentar ese proceso. En el trabajo de equipo se enseña a lidiar con estas actitudes. Los atletas de mayor experiencia son menos vulnerables al ambiente porque se han entrenado para salir del paso y se concentran más en su trabajo.”

La psicología de los Medios

Ante tantas disyuntivas no queda más remedio que preguntar: ¿Y qué rol desempeñan los Medios de Comunicación en este proceso turbulento?

“Si nos circunscribimos al espacio de los estadios en Cuba, el trabajo de los Medios no ha sido ni es efectivo en ese sentido. Para mí –dice Lissell Fontelo-, no se trata de campañas de bien público orientada a modificar la postura asumida por los adultos, por lo menos no solo con ese objetivo, sino que debe trabajarse en las nuevas generaciones.

Para mí, lo mejor que podemos hacer es educar a nuestros niños en función de mantener una postura correcta en esos espacios porque ahora mismo, en nuestro país, el estadio es un escenario que invita a tener emotividad, animosidades y eso está ya en la cultura de las personas. Algo así no puede obviarse a la hora de modificar los comportamientos.”

No obstante, y aún sin tener evidencia clara de que la propaganda orientada a conseguir mejores comportamientos en esas instalaciones deportivas, está demostrado que ese tejido “vivo” que conforman los aficionados responde en un altísimo por ciento de acuerdo a cómo se cumplan sus expectativas con respecto a su equipo. No por campaña, sino por juego.

Quizá el mejor ejemplo de lo anterior lo encontremos en cómo recibían a Los Alazanes granmenses en casa hace apenas una Serie y cómo son recibidos en la actualidad. “Al respecto –abunda la psicóloga- los que van al estadio Mártires de Barbados, en su gran mayoría son los mismos iban en años anteriores y gritaban cosas negativas al equipo, y puedo responderte con otra pregunta: ¿Qué crees que cambió, el público o el actuar del equipo? A veces, erróneamente, pensamos que no todos los efectos tienen su causa y sí, claro que la tienen. Esa animosidad hacia el equipo granmense puede responder al comportamiento histórico de él mismo. Es como la pregunta del huevo o la gallina.”

Después del jonrón…

 

   Grand Slam de Alfredo Despaigne vs Pinar del Río (Fuente: Canal de You Tube Zona de Strike)

Noveno inning. El equipo de Granma pierde tres carreras por dos y la pizarra marca dos outs. Las bases están llenas. Al bate, el Caballo de los caballos, Alfredo Despaigne. En frente el lanzador pinareño, Vladimir Gutiérrez, espigado y altanero luce inmenso desde la lomita.

A esta altura del juego Gutiérrez sabe que el despiadado bateador tiene una noche aciaga. Falló tres veces e incluso dos ponches figuran en su quehacer. Quizá por eso su primer lanzamiento fue bien bajo y hacia afuera. Imaginó que Despaigne trataría de conectar a toda costa y si lo hacía con un lanzamiento “malo” sería fácil sacar el tercer out. Sin embargo, el diestro bateador apeló a la calma y no hizo swing. Gutiérrez volvió a tomar las señas de su receptor, tomó impulso y tiró la bola lo más rápido y bajito que pudo pero mucho más cerca del bateador.

El bate se encontró con la pelota y el ¡tac! del contacto resonó como cañonazo en todo el estadio. La blanca esfera salió disparada cual proyectil en busca de un lejano lugar más allá de las cercas, de las gradas… junto a ella la multitud entró en un estado de delirio. “Ese es un salvaje, el mejor, el Despa de mi vida”, gritó alguien y la afición entera le hizo coro: “¡Despa, Despa, Despa…!”

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