Más que poeta (II)

Las cartas de Heredia dirigidas a su madre, Merced, irradian amor. Muchas fueron escritas desde Nueva York, México…, desde geografías lejanas que le mantenían triste el alma; casi todas comienzan con la expresión Amadísima madre de mi corazón, y, aunque mantienen el tono amoroso, no incluyen numerosos adjetivos, metáforas, ni otros recursos literarios, sólo algunos de muy fácil comprensión.

En la misiva del 17 de enero de 1824, en Nueva York, escribió: Inútil es manifestar a mi madre la ansiedad con que espero noticias de su salud, y de mis queridas hermanas (…) Disponga usted del tierno amor de su hijo (…) Sea tan feliz como lo pide a Dios su amadísimo hijo.

Bastante sufrió José María en el destierro, lejos de su familia y amigos, de su tierra natal, de su bandera. El Himno del desterrado (septiembre de 1825), por ejemplo, muestra el volcán de pasiones y sinsabores que albergaba en su pecho:

(… )«¡Tierra!» claman; ansiosos miramos/ Al confín del sereno horizonte/ Y a lo lejos descúbrese un monte…/ Le conozco… ¡Ojos tristes, llorad!/ Es el Pan… En su falda respiran/ El amigo más fino y constante/ Mis amigas preciosas, mi amante…

¡Qué tesoros de amor tengo allí!/ Y más lejos, mis dulces hermanas/ Y mi madre, mi madre adorada/ De silencio y dolores cercada/ Se consume gimiendo por mí.

Heredia anexó esa obra a mensajes enviados a seres queridos. Cuando uno la lee junto a las cartas enviadas desde el extranjero, comprende mejor cuanto sufrió el patriota en el exilio. En una, fechada Nueva York, 4 de octubre de 1824, escribió:

Mi vida es bien triste, como en país cuya lengua no entiendo más que trabajo, y cuyas costumbres son tan distintas de las nuestras, y si no fuera por esperar por el giro que toman las cosas me hubiera ido a Italia o Francia, pues este clima es inaguantable.

Esa nostalgia y dolor enriqueció sus redacciones, les concedió más profundidad y empatía, que junto a la belleza formal, al lirismo, al desgarramiento lo convierten en un escritor, en un poeta, en un intelectual de todos los tiempos.

El Epistolario… incluye cartas literarias verdaderamente deliciosas, en las que la belleza y precisión del lenguaje nos remiten a obras poéticas. En una, dirigida a Emilia (31 de noviembre de 1826), escribió:

Cercado de seres extraños, de quienes sólo oigo voces bárbaras e incomprensibles, y herido por el aliento helado de este clima, tomo la pluma para que la ilusión de hablar con mi salvadora, con mi amiga dulcísima, con mi hermana en amor, me haga olvidar algunos instantes de horror de mi situación presente (…) Cada vez que vea la luna resplandecer en un cielo purísimo y refractar sus rayos la calma superficie de las aguas, se me representará la última noche que pasé en las orillas del San Juan.

¡Cuánta belleza! ¡Cuánta poesía en prosa! –me diría el viejo Conde, poeta y amigo granmnse -. Es cierto. Ese fragmento muestra también otro de los rasgos de la obra herediana: las imágenes inspiradas en la naturaleza, aunque quizá las que más lo revelan son El Teocalli de Cholula y Niágara.

Sobre las cataratas que tanto lo impresionaron también escribió en varias de sus cartas, de forma especial en la del 17 de junio de 1824:

Mis ojos se han saciado contemplando la maravilla de la creación, el espectáculo más sublime que ofrece la naturaleza salvaje sobre la tierra (…) Me pesaba apartarme de aquel lugar, y antes de retirarme volví al borde de la Catarata Americana. La estuve contemplando un rato y al irme, apenas me aparté de la piedra en que había estado parado, la vi desprenderse y rodar al abismo con solo el leve impulso que al levantarme le dieron mis pies. Aquella piedra, sobre la cual me había creído seguro algunos segundos antes, estaba ya donde no volverían a hollarla pies humanos. Me estremecí, enfriose un poco mi insaciable curiosidad; subí la escalera con más que regular cuidado y me retiré a descansar de las fatigas del día.

La misiva no compite con la complejidad poética de Oda al Niágara –Niágara undoso/ Tu sublime terror sólo podría/ Tornarme el don divino, que ensañada / Me robó del dolor la mano impía-, sin embargo brinda informaciones detalladas de todo el viaje, de cómo el autor salió de Lewiston a las seis de la mañana, de cómo transitó las veredas, de cómo estaba el cielo, todo contado con naturalidad y confianza.

El estilo de algunas de esas cartas tiene cierta similitud con sus trabajos periodísticos. Esa forma coloquial, con lenguaje agradable, sin recursos literarios complejos, caracterizó también sus colaboraciones con medios de prensa. Su prosa refinada y profunda, sin esa densidad excesiva que a veces ahoga, resulta agradable, digerible que para mí es lo más importante –me aseguró alguien-, y añado que llena de disfrutes, matices, imágenes. No por gusto José María Chacón y Calvo Aseguró que Heredia poseyó una prosa elegante y correcta, puesta de manifiesto en trabajos críticos, en obras históricas, como sus Lecciones de Historia Universal.

José María fue más que Niágara, más que Himno del desterrado. Todos deberíamos saberlo. Vivió en el desgarramiento de estar lejos de su patria y verla sin la llama libertadora que sacudía a gran parte de América.

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