Más allá de las modas

Vivimos el siglo XXI, aunque a veces parezca, en materia de responsabilidad que habitamos las cavernas.

ncreíblemente, hemos alcanzado tal nivel de desarrollo que las modas y los comportamientos contracorrientes han tomado el control del accionar juvenil en nuestra sociedad. Un ejemplo sencillo: el uso del uniforme escolar.
Sucede que por estos días, los uniformes parecen más un diseño de Giorgio Armani o Dolce Gabana que una pieza identificativa de los estudiantes cubanos.

Ahora se cortan sayas, estrechan pantalones y ajustan camisas sin importar cuanto difiera el producto final de la pieza que inicialmente fue uniforme. Lo que antes asemejaba a educandos de todas las enseñanzas ahora se ha convertido en un elemento diferenciador que se combina con el último modelo de zapatillas o la versión más actualizada de teléfonos móviles y tabletas electrónicas.

La influencia de costumbres foráneas en nuestra sociedad y la asimilación de los patrones que impone la industria cultural no pueden suplantar de cuajo las pautas que regulan el uso de uniformes escolares.
Unida a esta tendencia transformadora, figura el errado criterio de que vivimos en un nuevo siglo que exige andar a la moda si pretendemos destacar entre los demás.

Realmente es lastimoso que nuestros jóvenes vean en el vestir más moderno una vía eficaz para lograr el añorado reconocimiento social. Máxime cuando esto implica la ignorancia y el desconocimiento de las normas elementales de respeto a instituciones educacionales y la significación de vestir el uniforme escolar.

La cuestión no atañe solo a los jóvenes, cada vez más reacios a las convenciones que establecen los reglamentos, la familia también juega un papel decisivo en la generalización de esta práctica pues consiente cada paso que dan cuando de transformar blusas, sayas y pantalones se trata.

Corresponde, también, a las máximas autoridades de los centros escolares establecer políticas que detengan a tiempo una problemática que se generaliza y parece escapar a toda regulación oficial legitimada.

La tan exigida y peleada autonomía, que buscan los educandos, debe reflejarse en su comportamiento y la responsabilidad con que asuman su papel social, más que en su aspecto físico dentro o fuera de la escuela.
Vivimos en el siglo XXI, con todo lo que eso implica. Se puede ser joven y no necesariamente irresponsable. Las modas bien pueden coexistir con la buena conducta y la ejemplaridad sin atentar contra el uso correcto del uniforme escolar.

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