El fin de la primavera

Por: Televisión Granmense

 La vieja Alicia se queja por todo: que si ya no traen pescado a la casilla, o que no puede limpiar su casa como hace cuarenta años, o porque su vecino de al lado la tiene sorda con el equipo de música, alto todo el día.

 Se siente frustrada en un mundo totalmente diferente a lo que conoció en sus tiempos de esplendor. Ah, ¿Quién me cogiera con cuarenta años menos? –Me dice triste mientras acaricia las marcas que los espejuelos han dejado en su nariz.

 Se remonta a aquellos sábados, en los que caminaba río arriba para lavar la ropa y luego almidonarla, o cuando fregaba las ventanas de su casa que ahora sirven de trapecio a las arañas.

 Terminó la primavera mijo –contestó la última ves que la vi-. Antes, cuando era joven madrugaba con mis primas en los carnavales, ahí fue que conocí a Cándido –continúa-, ¡esos si eran tiempos buenos! La gente se ayudaba, compartíamos hasta los chícharos, ahora todo es diferente.

 Alicia ya no mira las orquídeas malvas del jardín, solo puede ver dos viejos árboles distantes, castigados por el otoño y que quizás en el invierno alguien los corte para alimentar el fuego.

 Hace tres años escuchó de un censo y supo entonces que los de su especie llegaron a ser 470 mil 698 cubanos, todos mayores de 65 años. Conoció que, como ella, muchos viven solos o en casa de abuelos, sustentados únicamente con la chequera mensual, la cual no todos cobran.

 Recuerdo el caso de una anciana que murió hace casi un año postrada en un rincón, triste, en manos de personas que nunca conoció porque sus dos hijos no pudieron ocuparse de ella. Parece que el ser “hombres” los privó de cuidar a su progenitora, quien lloraba a diario por la falta de afecto.

 Son historias que nos hacen reflexionar sobre nuestra sociedad, sumida cada vez más en el consumismo y la banalidad, los jóvenes no tenemos tiempo para conversar con nuestros abuelos, pero madrugamos ante el televisor.

 Es cierto que una computadora puede darnos conocimientos, pero dudo que nos brinde la sabiduría y la experiencia que atesoran los de más edad en sus discos duros, un poco dañados por el tiempo, pero siempre con el consejo oportuno.

 Es necesario regalarles tiempos de calidad, llevarlos a la Peña del Danzón, al Club de los 120 e incluso inventar un jornada para ellos. Tengamos en cuenta que esos viejos sentados en un sillón sin engrasar, pendientes a todo en casa, preguntones, repugnantes, con catarro siempre y arrugas por doquier, un día seremos nosotros.

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