Educación en el Plan Turquino: Dejar el pupitre y tomar el aula

Por: Televisión Granmense

 Prometía ser una hermosa mañana, aun no había amanecido. Yo, deseosa, esperaba la guagaua que me llevaría al sitio elegido. A mi lado habían varios maestros, que comentaban sus avatares en las montañas, me les acerqué y sostuve por un tiempo una interesante conversación. Ellos serían mis compañeros de viaje y futuros entrevistados.

 Llegó el esperado transporte. Confieso que durante el vieje sentí temor, las curvas, y algún que otro bache, me estremecieron. A medida que nos acercábamos a la zona señalada, aumentaba la frialdad y el verdor se tornaba intenso, comenzaban a dibujarse el sol entre las montañas.

 Tras haber recorrido doce kilómetros, me dispuse a visitar las escuelitas vecinas, a conocer lo esencial del hogar de tantas luchas revolucionarias, el consejo popular de Providencia.

 Y tomaron el buró

 Un joven maestro me guió durante el recorrido. Primero fuimos a la escuela primaria José Martí, enclavada en el corazón de la localidad. Apenas entré recibí un golpe de amabilidad. Debo reconocer que el centro está muy bien ornamentado, da gusto ver sus plantas, murales, los brillantes pasillos, la educación y excelencia de su colectivo laboral.

 Entrar a un aula fue impactante, recordé mi niñez, mis tiempos de pionerita, el azul, el rojo, el nudo marinero. Estaba ansiosa por saber las experiencias de otros educadores, de cómo fue su primer día frente a un aula, lo que más los había marcado durante su incipiente profesión.

 “En el primer año, lloraba, no hallaba ni qué hacer porque me pusieron lejos de la casa. Todo había sido teoría, en la práctica no habíamos hecho casi nada. Pero recibí un gran apoyo de mis primeros compañeros de trabajo, me enseñaron y lo poco que sé, se lo tengo que agradecer a ellos”, refirió la maestra de quinto grado, Yaritza Viltres Mejía.

 Estuve en su clase de Historia y fui testigo de la magistralidad, preparación con la que ejerce su vocación.

 Después entré al salón de sexto grado, la maestra aclaraba dudas, pedí permiso, me presenté y le dije: ¿cuál fue su primer impacto al llegar al aula? A lo que inmediantamente, contestó: “yo empecé trabajando a diez kilómetros de aquí, en un grupo multígrado, y tenía un solo compañero de trabajo que era precisamente, mi tutor. Él me enseñó, me explicó lo que necesitaba saber. Me sentí cómoda, porque los niños eran disciplinados y me acogieron bien.”

  La satisfacción de los pequeños es evidente, sus rostros reflejan la astucia precisa para responder cualquier interrogante. Ellos admiran a sus profesores, les agradecen por contribuir a su formación, por nutrirlos de conocimientos que devendrán en un próspero futuro.

 Un verdadero reto

 Con el ímpetu que ofrecía la jornada partimos rumbo a otro colegio. Bajamos una loma, caminamos alrededor de un kilómetro, y luego, ¡a cruzar el río!, donde varias veces hice piruetas sobre las piedras, manteniendo el equilibrio para no caer. Al frente divisamos un sendero, y finalmente, nuestro destino: la escuelita de Cayayal, Clodomira Acosta Ferrales. Un lugar pequeño, pero acogedor, con su panel solar y su gente, invitaba a quedarse para siempre.

 Desde pequeña he adorado el magisterio, y ese día tuve la oportunidad de sentirme maestra. Escuchar a los pioneritos decirme, ¡profe, profe!, fue la gloria misma. Intercambiamos conocimientos, pero también reímos, y supe que algunos, como Alexa, tienen el sueño de educar.

 Los grupos de este hogar educativo son multígrados, el inicial con niños de primero a tercer grado, y un segundo que integra, los cuarto, quinto y sexto grados.

 “Es un verdadero reto, porque esta es la base de la formación de los niños. Es mi deber enseñarles los números, el alfabeto, el amor por la naturaleza, inculcarle valores que tributen a su desarrollo. Podría resultar complicado atender tres grados a la vez, y sí, lo es al principio, pero ahora que tengo un poquito de experiencia, es muy gratificante el resultado de cada lección”, asegura Anisley Roselló Verdecia, maestra del grupo multígrado de primer a tercer grado.

 Hoy la directora de la Clodomira Acosta se siente orgullosa del trabajo de las tres egresadas que, como parte de su servicio social, cultivan la instrucción en esta zona montañosa. “Están mostrando disposición y entrega con la tarea que se les ha asignado, son responsables y sobre todo enseñan con amor y cariño a los estudiantes día tras día”, afirma Yaneisy Fonseca Diéguez.

 Una vocación

 Ya casi era la hora de volver, y aquellas palmas, aquel río, aquellas lomas, no dejaban de enamorarme. Las nuevas amistades, las gratitudes, los conocimientos, las historias de los educadores, las sonrisas de los niños, no se quedaron allí, ya son parte de mi vida.

 Y conmigo está también la experiencia de esos jóvenes que hace muy poco dejaron el pupitre y tomaron el buró. De los que a diario recorren más de diez kilómetros para impartir sus lecciones, de los que luchan por “elevar la calidad del proceso educativo mediante el perfeccionamiento constante de su labor profesional.”

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