Algunos antecedentes de la muerte del Padre de la Patria

Muchos todavía hoy se preguntan cómo el hombre que dio el grito inicial en la lucha contra España el 10 de octubre de 1868, el mismo que sacrificó a su hijo Oscar por la causa libertaria y se transformó con ello en Padre de todos los cubanos, terminó abandonado a su suerte y traicionado por aquellos que pusieron por delante del honor y la patria las ansias de poder.

Respuestas a esa inquietud pueden surgir a mares. Lo cierto es que fue así. Carlos Manuel de Céspedes fue abatido un 27 de febrero de 1874, no por balas españolas, ellas solo eran el objeto, sino por las de la traición de sus propios compatriotas. Aquellos que le destituyeron del cargo de presidente de la República en Armas un 27 de octubre de 1873, le impidieron reunirse en Estados Unidos con su familia y después lo conminaron a guarecerse en San Lorenzo.

Cualquiera que haya recorrido en la actualidad las estribaciones del mayor macizo montañoso de Cuba sabrá que el acceso de una reducida tropa española al caserío de San Lorenzo allá por 1874, tiene que haber sido o muy bien planificado o el resultado de una delación.

Se sabe que a esa altura del conflicto el Céspedes hombre tenía para España menos valor que el Céspedes paradigma. El primero ya no tenía ningún poder sobre las huestes mambisas, era a sus 55 años muy mayor para regresar a filas, comandar las tropas y estaba casi ciego. Sin embargo, el segundo poseía una enorme carga ideológica. Era el pilar que sustentaba un ideal donde por encima de todo estaba la Patria.

Claro, para el gobierno español, el Céspedes paradigma también constituía la espina que encona constantemente: había sido el primero en alzarse contra el decadente imperio en la Mayor de las Antillas y eso merecía un castigo ejemplar, quizá la humillación de ser capturado y vejado. ¡No pudo ser! El líder peleó hasta el último proyectil de su revólver y herido de muerte, se despeñó por un barranco.

Se dice que una de las causas que provocó a la Cámara de Representantes tomar la decisión de destituir a Carlos Manuel de Céspedes era que este se había atribuido varios poderes que hacían peligrar el balance democrático de la revolución. Es posible que algunos ascensos militares pudieran usarse como argumento para demostrar que el Presidente no había cumplido con los protocolos reglamentarios. Todo cabe y debería ser tomado en cuenta. No obstante, la actitud asumida por el patriota constituye una lección.

Lo demuestra lo que le escribió el 28 de octubre de 1873 a Salvador Cisneros Betancourt, Marqués de Santa Lucía, quien ocupaba su lugar:

"En cuanto a mi deposición he hecho lo que debía hacer. Me he inmolado ante el altar de mi Patria en el templo de la ley. Por mí no se derramará sangre en Cuba. Mi conciencia está muy tranquila y espera el fallo de la Historia. Y pongamos aquí punto final a la política."

A Céspedes se le vio junto a la impedimenta por mucho tiempo ante la negativa del Gobierno de autorizarlo a abandonar el séquito y marchar al extranjero. Dicen que lo hizo disciplinadamente para ayudar a la revolución. Por fin, cuando se le permitió salir de la sede del poder, privado de la escolta que por el alto cargo desempeñado le correspondía, no fue para viajar a reencontrase con su familia sino a San Lorenzo, donde funcionaba una prefectura mambisa.

Nada, que ese oscuro capítulo en la gesta de los 10 años que dejó a Céspedes sin su título de Presidente (Bijagual de Jiguaní) , al final permitió que prevaleciera el concepto de supeditar el poder militar al civil y fue uno de los principales combustibles para que ardieran las llamas de la indisciplina, el regionalismo y el caudillismo que a la postre sentenciaron la guerra libertaria iniciada en el 68 en el ingenio La Demajagua y terminaron en el bochornoso Pacto del Zanjón y que otro gigante, Antonio Maceo, corrigió con la protesta de Mangos de Baraguá.
En tan convulsos tiempos el líder tiene que haberse agenciado una buena cuota de enemigos a ambos lados del conflicto. Esos, al final, prevalecieron.

Después de 141 años de la caída del Padre de la Patria, quizá cuando más vigencia debe tener para la nación cubana su pensamiento de unidad y sacrificio, bien pudieran recordarse unos versos que escribiera previsoramente en 1868 y a los que llamó Los Traidores:

“No es posible, ¡por Dios!, que sean cubanos
los que arrastrando servidumbre impía,
van al baile a la valla y a la orgía,
insultando el dolor de sus hermanos.
Tan horrible abyección, tales villanos,
tan negra afrenta y tanta bastardía
fruto no han sido de la patria mía;
tanta mengua no cabe en mis paisanos.
Esos que veis a la cadena uncidos,
lamiendo, ¡infames!, afrentoso yugo,
son traidores, sin patria, envilecidos,
que halagan por temor a su verdugo;
son aborto del Báratro profundo
para afrentar la humanidad y el mundo.”

 EN FOTOS, HOMENAJE A CARLOS MANUEL DE CÉSPEDES EN BAYAMO  
 

 
   
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