Martí: el árbol de nuestro misterio

 Fina García Murruz, modesta y lúcida, escribió algo así refiriéndose a nuestro José Martí que uno puede terminar de leer a Platón, pero no termina nunca de ver un árbol.

 La poetisa se estaba refiriendo al carácter inagotable de la obra martiana; obra que no quiero asociar solo con libros y textos impresos, porque su vida toda es un acto trascendente que va más allá del hecho literario específico. En él lo inefable, lo que no se puede asir, también se constituye en obra.

 Alentado por las palabras de Fina, me pongo a mirar un árbol, lo observo detenidamente, lo escruto, lo sostengo en mi mirada, lo abrazo con mi intención y no puedo descifrarlo.

 Cuando la luz da de este lado su presencia se enriquece, cuando el viento sopla y agita sus ramas, es como si palpitara, su ser estremecido rompe la inercia, la fatalidad de su quietud, su prisión en la cárcel de tierra que lo vio nacer. Su tronco es un laberinto, pongo en él mi oído y me parece percibir los ríos sumergidos y profundos que llevan su savia.

 Todo árbol es un misterio inacabado. Martí es el gran árbol. Pero cuidado con los rituales que lo sacan de nuestra vida cotidiana; no está prohibido tocarlo, sentirlo, abrazarlo en el silencio de la noche y conversar con él. Martí es el árbol de nuestro misterio, un misterio que convoca, un ser real como el mismo árbol. Solo reconociendo sus raíces, su humanidad plantada, firme, en la tierra de la cultura, podemos hacerlo nuestro, asequible, humano y por qué no auténtico, y por qué no herido, y por qué no triste, y por qué no vulnerable, y por qué no agonía. Un árbol de ramas quebradas pero con el tronco firme y raíces intactas, herido, pero que empina sus ramas hacia el infinito.

 ¿De dónde le ha llegado la perennidad? ¿Qué ha permitido que nos dure y florezca en todas las estaciones?

 Quizás que su pensamiento, toda su obra, está asentada no en lo caedizo de la historia, sino en lo eterno humano, sin desligarse nunca de las circunstancias concretas que le tocó vivir, padeciéndolas, sufriendo por ellas. De esta semilla sembrada en el suelo que lo vio nacer crecieron las ramas poderosas de su humanismo.

 El filón extraordinario de su existencia nunca estará degradado porque emerge de lo medular, de ahí su brote siempre fresco, reverdecido, auténtico.

 Toda su obra, el ser mismo, se fortalece e irradia porque está asentado en la poesía, no solo en la del verso, que puede ser contingencia, sino en la poiesis inagotable de lo humano.

 Con muchos de nuestros próceres a veces decimos “lo que hicieron por la Patria”, con Martí podemos afirmar “lo que está haciendo”. El diálogo con su obra no es solo el que fue sino éste de ahora, el de la perennidad.

 Pero el acercamiento a Martí puede estar tentado por los desarreglos que nos imponen el deslumbramiento o las trampas de un cierto pragmatismo y banalidad. De ahí podemos pasar a prácticas onerosas que lo degradan o disminuyen en su integridad: Obras Completas intocadas y como adorno de oficinas, consideradas un mueble más, esos bustos en serie que un día llegamos a vender junto con otros objeto utilitarios en tiendas y ferreterías, la cita encontrada al azar y por primera vez leída y que salva nuestra presencia en actos públicos y matutinos, las escolásticas repeticiones de frases que no recibieron la necesaria interiorización, los Seminarios Martianos que pueden perseguir más las cifras que el estudio serio, detenido.

 Pero la obra martiana, poderosa como la luz, nos ilumina y nada ni nadie podrá detenerla. Cada día el suceder cotidiano, las grandes tragedias que vive esta humanidad amenazada, actualizan su pensamiento. Como voces de una premonición casi de misterio, nos anuncian y advierten, señalan y ofrecen caminos. Hoy Martí es el gran contemporáneo y debemos encontrarlo en nuestra senda para que nos acompañe no solo en nuestra vida política sino también en la cotidiana, cuando se abren puertas y ventanas anunciando el día, cuando el padre entusiasmado prepara la cuna para el esperado nacimiento, cuando partimos el pan y no pensamos solo en nosotros, cuando dejamos de ser el aldeano vanidoso y miramos al horizonte y vemos que en el otro lado de la balanza alguien está llorando sus palomas, cuando nos esforzamos para que nuestro trabajo quede bien y sea útil, cuando luchamos para que en la existencia cotidiana haya más Meñiques y menos Masicas, y más hombres y mujeres que puedan conocer La Historia del Hombre contada por sus casas y podamos todos los días de nuestra existencia tener la gracia de escuchar al Pájaro Celeste, al Ruiseñor auténtico, no el de resortes y arandelas sino al del canto sufrido, al real, al que un día se le detendrá su corazón de carne y venas y dejará de cantar, aunque siempre podremos escuchar la belleza de su melodía, porque la belleza, como la obra de nuestro José Martí, siempre es eterna.

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