Que viva el libro, que viva la feria

Por: Televisión Granmense

 La producción editorial es, sin lugar a dudas, una de las demostraciones de los afanes por democratizar la cultura con los que nació el proyecto revolucionario.

 Y no faltó esa vertiente simbólica tan cara a los procesos trascendentes: la Imprenta Nacional iniciaba sus trabajos y sus días, trayendo, desde un lugar de la Mancha, al Quijote de Miguel de Cervantes y Saavedra, lo que prologa y semantiza una intención de no doblegarnos frente a la tentación de acceder a las necesidades culturales del pueblo desde un ángulo simplificador; desterrando así cualquier postura paternalista.

 Estábamos naciendo con un clásico de la literatura universal, con un monumento de nuestra lengua, con un texto difícil que– peripecias aparte y simplificaciones, que también las ha habido al explicarlo– es prolijo en polisemias y connotaciones, deslumbrante en su alegoría, germinador de símbolos que trascienden sus márgenes cronotópicos para proyectarse, como rayo de luz múltiple, en el colmado cielo de la cultura universal.

 Pero lo simbólico no solo nacía unido a la voluntad de transformación, sino que la fábula de esa obra proyecta entre sus sustentos fundamentales una utopía que queda al margen de lo que Cervantes se propuso, pero que adquiere connotaciones para todos los cubanos: tendríamos que luchar mucho tiempo, y todavía lo hacemos, no solo con los molinos que baten los vientos agresivos del Norte, sino con esos gigantes que pueden crecer alimentados por nuestros errores, por nuestras insuficiencias.

 Pero no nacimos con el libro desde la nada, nos precedió una vanguardia intelectual indiscutible la que, golpeada por las manquedades y frustraciones de una República castrada en sus esencias, se erigió desde sus obras, avivando unos derroteros intelectuales que, en mi opinión, no tuvo por momentos parangón con el resto de América Latina.

 Núcleos culturales como el de las revistas Orto y Acento, cofradías del saber y de la intuición como Orígenes, integrada por intelectuales de las dimensiones de un Lezama, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Eliseo Diego. Narradores y dramaturgos como Virgilio Piñera, Onelio Jorge Cardoso, Alejo Carpentier, y ensayistas e investigadores de la talla de Ambrosio Fornet.

 Pero todo el movimiento alrededor del libro y la lectura no hubiera sido posible sin la Campaña de Alfabetización, que sentó las bases para la labores de promoción, la que irrumpió con una fuerza inusitada, mientras de forma convergente se iba forjando un desarrollo literario que sustentó la publicación de obras nacionales, unido a una vocación de universalidad que facilitó el diálogo con obras de otras latitudes.

 Nuestras Ferias del Libro son consecuencias de ese desarrollo. Han sido posibles porque están precedidas por grandes tareas: la proliferación de bibliotecas; inclusive en la montaña, la fuerza de nuestras carreras humanísticas, el sostenimiento de los talleres literarios, la existencia de un Programa Nacional de la Lectura, la diáspora de editoriales territoriales que abarcan a todo el país, así como la preparación cultural de nuestro pueblo que poco a poco ha ido descubriendo que todo libro es un cerón de sueños, caravana de experiencias, diálogo permanente con el pasado, el presente y el devenir, que con cada libro vivimos vidas repartidas, que todo libro inaugura en nosotros su porción de humanidad y puede extender lo que somos hasta el infinito, hacia esas zonas intangibles que nos fortalecen desde su callada voz.

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