Aquellos días entre héroes

Tal vez, fue por las fotos en la pared o por los recortes de periódicos y el libro que me susurra parte de sus vidas, con el encanto de una prosa capaz de llevarme a momentos del pasado, tiros y heroicidades.

Aquel día amanecí en un poblado de grandes portales y calles rectas, el bosque en el rededor y detrás, como un coro, las colinas vigilantes. La gente caminaba de un lugar a otro. Los caballos andaban trenzados y las carretas enramadas. De los estribos se saltaba a los brazos. Familiares se reencontraban con los hombres de machetes y sombreros. Las mujeres todas lucían como novias felices. El pueblo señorial como en una fiesta.

Yo miraba a uno y otro lado. Poco apoco, mi nerviosismo inicial desapareció. La alegría contagiaba. Había algo distinto en el aire. Era Guáimaro. ¡Guáimaro! Y patriotas de Oriente, Camaguey y Las Villas venían al abrazo de la Patria. Él, el Padre, estaba con los ojos claros y firmes, blanca la chamarreta, el sable de puño de oro, las polainas pulcras. A su lado, Don Francisco Vicente Aguilera, alto y con la barba por el pecho, también José María Izaguirre y otros gigantes. En silencio pasaban unas veces, y otras se oía ¡Viva…!

Luego, Ignacio Agramante sobre el caballo. Y se escuchaban campanadas. El rubor le llenaba el rostro. ¡Que se callen, que se callen las campanas! Con él, Antonio Zambrana, Salvador Cisneros…

Los de Las Villas entraron más al paso, como quienes a bala viva le ganaron el camino al enemigo. Miguel Jerónimo Gutiérrez, Tranquilino Valdés…

Hubo saludos y banquetes. Casi todas las casas con las puertas abiertas y reuniones con debates fuertes. Durante la noche, en la plaza fue la cita, y una mesa la tribuna. Se aspiraba a lo mayor. El brío de aquellos para lograrlo gravitaba en el lugar. La elocuencia era arenga. En el noble tumulto, una mujer de oratoria vibrante, Ana le llamaban, anunció que el fuego de la libertad y el ansia del martirio calentaban con igual viveza el alma de hombres y mujeres.

Del brazo andaba la gente, y la noche como con la luz del sol. Casi era el día diez.

A una esquina de la plaza del pueblo, una casa de calicanto y ancho portal de horcones aguardaba. Céspedes presidió, ceremonioso y culto, si hablaba era con el acero debajo de la palabra, y mesurado y prolijo. Agramonte, con fuego y poder, ponía pensamientos republicanos acordes con postulados constitucionalistas, tajaba el aire con la mano ancha. Uno defendía el mando político – militar centralizado; el otro, su separación con predominio del político. El primero recibió el apoyo de los orientales; el segundo, el de los de Camagüey y Las Villas.

Personas del poblado daban leves golpes en las ventanas. Todas expectantes. Los participantes abrazaron la voluntad general, a pesar de las diferencias. Había algo de regio en algunos que se envuelve en lo puro y desaparece.
El once, a la misma mesa, se sentaron ya en Cámara los diputados, y por la autoridad del artículo séptimo de la Constitución, eligieron Presidente de la República a Carlos Manuel, y de la Cámara a Cisneros Betancourt, Manuel de Quesada sería el General en Jefe de las fuerzas militares.

Era luz plena el día 12, cuando Salvador Cisneros, más alto de lo usual y con el discurso en los ojos, juró la presidencia de la Cámara. De pie juró también el Padre la ley de la República. Quesada prometió que no rendiría la espada sino en el capitolio de los libres o al lado de su cadáver en el campo de batalla.

Afuera, en el gentío, a unos le salían las lágrimas, otros apretaban la mano de un compañero. ¡Emoción! Los valerosos salieron a la alegría del pueblo.

Yo no olvidaba lo sucedido, ni el entusiasmo ni la grandeza de la Asamblea y la Constitución, ni las divergencias, en especial entre aquellos dos héroes de Camaguey y Bayamo. Supe, luego, hasta de un reto a duelo. Otras páginas me calmaron.

Las diferencias son posibles. La magnitud de ellos radica en su ideal, en el respeto personal y el amor a Cuba, sobre todo lo demás. El más joven nunca fue tan grande como cuando escuchó ciertos comentarios de sus oficiales, deseosos de verlo con más poder, se puso en pie alarmado y soberbio, con altura no vista hasta entonces: “Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del Presidente de la república”.

¡Esos son, Cuba, tus verdaderos hijos!

Las fotos siguen en su lugar. Cada cierto tiempo abro el libro. Leo versos, prosas y veo más imágenes. Imagino a su autor, vestido de negro, que escribe, piensa y sueña.

(Basado en los artículos El 10 de abril y Céspedes y Agramante, de José Martí)


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