Sismólogo de Granma: ¡Todos los días tiembla!

Eberto Hernández Suró creció en medio de frutales, cerca de un río con biajacas y jicoteas. Desde entonces nunca nadie ha podido exorcizar esa adicción suya por la naturaleza, aún después de muchos años y numerosos acontecimientos, no siempre felices.

Sencillo, locuaz, amante de la familia y el hogar, es capaz de transmitir confianza desde el primer intercambio de palabras.

Graduado del Instituto Superior Minero Metalúrgico de Moa, miembro del Centro nacional de investigaciones sismológicas, es hoy el único geólogo que estudia el comportamiento de la sismicidad en Granma, desde la delegación territorial del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma).

Eberto es coautor del libro Pilón, tierra que tiembla, y autor de artículos y ensayos publicados en revistas internacionales.

-¿Cuándo surge el centro granmense?

– A raíz del terremoto de Cabo Cruz, de 6.8 grados de intensidad macrosísmica, en mayo de 1992, Fidel (Castro Ruz) orienta a la Academia de Ciencias de Cuba formar grupos de trabajos para investigar y plantear proyectos asociados a la sismología; después en 1994 nacimos como parte del Citma.

-¿Cuál ha sido el despliegue de Granma y Cuba dentro de esos estudios?

-Hemos gestado proyectos nacionales e internacionales para el estudio de escenarios pre desastres en municipios como Pilón, a nuestro juicio, todo un laboratorio por sus intensas sequías, la degradación de los suelos y deslizamientos de montañas.

“Granma está dentro de la denominada Falla Oriente o zona sismogénica Bartlett-Caimán, cuyo movimiento puede generar terremotos de hasta ocho grados de magnitud.

“La provincia concluyó los estudios de sismología de Bayamo y Manzanillo, y nos insertamos en el programa de mejoramiento ambiental y desarrollo sostenible.

“Poseemos estaciones sismológicas muy sensibles, la de Bartolomé Masó, Las Mercedes, es una de las siete que en Cuba, es capaz de captar los terremotos mayor de tres grados de intensidad que se producen en Centroamérica y mayor de cinco que ocurren en cualquier parte del mundo.”

-¿Cuál es la valía de estas investigaciones?

– Permiten estudiar nuestros escenarios, sugerir sistemas constructivos apropiados y reordenar la vida económica y social, a partir de las vulnerabilidades.

“Un éxito reciente es la aprobación del programa de Desarrollo de investigaciones sismológicas aplicadas, para motivar a los organismos asociados con la construcción y el ordenamiento territorial, a introducir esas investigaciones en sus proyectos”.

Geólogo al fin, el contacto directo con el ecosistema haitiano -territorio que visitó con el objetivo de preparar al personal, compartir sus conocimientos y ajustar la metodología aplicada en Cuba a ese contexto- imprimió una gran huella.

“La supervivencia se impone por encima de todo. Es doloroso el deterioro de las condiciones rurales, más de dos millones de personas para vivir, dependen de ese ecosistema, que de tanta presión se va degradando, degradando…”, comenta con tono afligido mientras muestra y explica la tira de imágenes, más reveladoras aún que sus palabras.

-¿Será probable que vivamos otro terremoto como el del 94, o superior?

-El hecho de que suceda no es cuestión de probabilidad, sino de tiempo. Los sismos fuertes (de más de seis grados de magnitud) para Cuba y específicamente su zona oriental, tienen un tiempo de recurrencia de entre 70 y 80 años. El último fue en 1932, en Santiago de Cuba. Haz los cálculos.

-¿La ciencia ya puede pronosticar los terremotos como hacen con los ciclones?

-No, aún cuando en la provincia y el país funciona un servicio sismológico nacional, el cual monitorea esa actividad las 24 horas de los 365 días del año. Ni siquiera países con una tecnología superior han logrado predecirlos.
Aprovecho para hurgar en los partes sismológicos. La exclamación se escapa de mis labios: ¡Vaya, ayer tembló la tierra!

-¿Sabías que todos los días tiembla?-me interroga tomando la ofensiva. Y precisa: ayer (el día anterior al de esta entrevista) ocurrió un sismo de cuatro grados de intensidad en Cabo Cruz, a 25 kilómetros de profundidad, apenas perceptible, por suerte.”

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