Las cumbres cabalgadas por el arte

Las montañas tienen la explicación.

 Cuando se anda tanto tiempo sobre las cumbres serranas, hay mucho de la altura que contagia el alma, y algo del cuerpo en alto provoca —en proporción— la elevación del espíritu.

 No importa si no se nació en ellas. El solo hecho de cabalgar las lomas despierta el duende personal que nos habita, remueve la creación al interior del ser, y entonces no cabe dentro tanto arte, que sale a darse espontáneo a los demás como un regalo natural… reconfortante.

 En cuestión de cantidad, son menos que las letras de su nombre: Conjunto Artístico Integral de Montaña (CAIM) del Ejército Juvenil del Trabajo.

 Fueron pocos cuando nacieron, allá en el 92, y son pocos todavía al cabo de 23 octubres; tal vez porque los senderos empinados se conquistan de uno en fondo, en grupos breves; o porque el arte bueno tiene la condición de los perfumes mejores, tan selectos que solo se presentan en pequeñas dosis.

 “Los últimos años nos confirman que la selección, en nombre de la calidad, es una garantía de éxito. Somos pocos, apenas 30, pero entre todos una tropa de artistas integrales que se aportan unos a otros, y aunque desarrollen individualmente sus habilidades según la especialidad —música, danza, plástica, teatro y literatura, las cinco que promueven y practican— no pierden nunca el sentido de Conjunto”, subraya el mayor Ramón Mauriño, jefe del CAIM de la provincia de Granma.

 “Con ese concepto surgió la idea de estos conjuntos en el año 1987, a propuesta del entonces Ministro de las FAR General de Ejército Raúl Castro en un recorrido por la Sierra Cristal: crear pequeños formatos de soldados artistas dedicados a llevar las manifestaciones culturales a las más alejadas unidades militares y las comunidades intrincadas".

 “Por la alta presencia de montañas, Granma fue uno de los cinco constituidos en el país, junto a los de Guantánamo, Santiago, Escambray y Pinar del Río —detalla Mauriño— y de entonces a acá experimentó momentos de mayor y menor relevancia, con un período muy sólido en los últimos cinco años, en que nos han acompañado el Consejo Provincial de Casas de Cultura, la Brigada José Martí y otras instituciones.”

 “Los altibajos se debieron a que si en un principio nos nutríamos de los egresados de la Escuela de Arte de El Yarey, la disolución de aquella nos obligó a ingresar demasiados aficionados que mermaron el nivel; un asunto superado en estos momentos, a favor de la calidad artística.”

 A los instructores, los asesores, o “los maestros”, como quiera llamárseles, se les nota en el brillo de los ojos algo de su rol fundamental: al veterano Héctor Muñoz, “Pinelli”, lo delata el vigor fundacional y una impostación de voz que revela su cualidad de actor; a Ángel Sansesario, que no crea sino bajo el influjo de lo mejor de las letras universales y cubanas: la trama, la dramaturgia, la concepción textual de cada guión bajo el prisma de la literatura; a Osvaldo Moore, director artístico y artífice general de vibrantes espectáculos que remueven a fondo el ser del público, convertido en víctima a placer del talento joven pero sólido de esa treintena de muchachos que brillan sobre la escena.

 “Ellos lo tienen todo” suelen decir algunos, sean soldados, oficiales, campesinos, evaluadores artísticos, bailadores de una plaza pública en que vibra la voz fuerte y melodiosa de Leydis, calzada por la cadencia maravillosa y el timbre sutil de Marichelis, el convite al baile que provoca el ímpetu sonero de Blanco, el rigor sonoro de cada instrumentista de la orquesta, la visualidad de todo el arte plástico que enriquece la actuación y surge del talento de Yasmani, la expresividad sin límites de la compañía danzaria que invita y cautiva en la creatividad de Yennis y sus versátiles muchachas…

 Impresiona, sobre todo, la madera de artista en cada uno, profesionales al máximo una vez sobre la escena. No conceden privilegios según el tipo de público; o mejor, ofrecen siempre —sin distinguir diferencias entre los espectadores— el inmenso privilegio de verlos actuar con similar rigor, alto vuelo, calidad plausible, sea ante un teatro en el Encuentro Nacional Anual, una plaza desbordada en la ciudad, o frente a la dotación de 10 soldados que recogen café en una granja del EJT, allá entre los picachos de la Sierra.

La virtud mayor es, tal vez, esa capacidad de no perder el horizonte de ser fieles a la esencia de conjunto, que no extravían ni aún cuando se reparten en cada comunidad a donde llegan, y se rodean de niños según las preferencias: aquel pintor, este cantante, la otra actriz, ella bailarina. Así van descubriendo los talentos en ciernes que afloran de la inocencia infantil, y al regreso por el caserío han hecho sus talleres de apreciación, inician los de creación, y a poco, en cada paso, ya tiene un ejército de aficionados agradeciendo la presencia y el impulso, como hace años atrás lo agradecieron las propias Leydis, Marichelis, Katy o Yennis, entonces niñas aupadas por el CAIM, y ahora profesionales del equipo.

 Ajenos al ruido farandulero con que acostumbra a promoverse el arte de masas, el CAIM de Granma no corrompe la calidad por conseguir el éxito, y anda más bien con estirpe de palma, pero de un modo callado, al paso de quien avanza a la sombra de los algarrobos sobre los senderos de la Sierra.

 De ese modo —demasiado en silencio para tan grande galardón— y apuntalados por el impacto mayúsculo de su obra artística, el CAIM de Granma mereció en 2012 el Premio Nacional de Cultura Comunitaria; un premio justo para quien, aún siendo pequeño, el arte de prodigar lo mejor de sí, tan lejos de toda élite, le concede talla de gigante.

 Solo resta el convite a compartir con ellos el escenario habitual del monte, en el patio de una granja militar clavada entre los cafetos, en la planicie abierta de un caserío empinado, al interior de una escuelita rural o en la casa de quien solo tiene el canto o la pintura porque le faltan las piernas.

 Basta una sola vez que los veamos, y habrá de comprobarse que el tamaño es una trampa sutil de la apariencia, que “la tropa” en verdad es en número pequeña… pero solo cuando llegan; porque al final de sus actos, los ojos satisfechos y el alma henchida de gozo siempre ven alejarse una pléyade grande de jóvenes virtuosos, con dimensiones de un regimiento entero.

Estos jóvenes militares también se desempeñan en la cerámica.
Con los bailes de estos muchachos todos se entretienen

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