El apego a las esencias

Testimonios y análisis sobre la VII Cumbre de las Américas rebotan en páginas digitales, como pelotas de goma. Uno percibe los suines que, a veces, se van detrás de curvas lanzadas desde la confusión o el deseo de crearla.

Varios autores tildan a los cubanos que participaron en los foros como “salvajes”, “intolerantes”, “problemáticos”, “sin capacidad de escuchar”. Y resaltan la “capacidad de inclusión”, que supuestamente existía del otro lado para convivir y aceptar criterios diferentes.

Pero, ¿todo se reducía a conversar y a debatir, a tener pensamientos distintos? ¿Qué podría significar aceptar la compañía de mercenarios, terroristas y asesinos orgullosos de serlo, como Félix Rodríguez, quien mató al Che? ¿Cómo fue posible que esas personas se presentaran allí como representantes de nuestro pueblo? ¿Acaso defendían los intereses de Cuba o de quienes llenan sus bolsillos? ¿Era posible lograr acuerdos importantes con su presencia?

Le agrego otras interrogantes elaboradas por Vincenzo Basile, joven de Italia amigo de la Mayor de las Antillas: “¿Por qué los cubanos han de sentarse en una mesa con ellos? ¿Por qué rechazar a quienes apoyan el terror se considera -en este caso- una expresión de fanatismo? No se pacta con terroristas (…) Esa es la más elemental ley de la convivencia pacífica”.
Algunos podrían decir que si hasta Raúl y Obama son capaces de conversar y saludarse, por qué los demás no. Pero, la presencia de aquellos elementos de la disidencia era apenas el primer paso. Resultaba ofensivo que estuvieran allí personas de tan baja moral y algunas hasta culpables de muertes y de dolor a tantas familias.

Como comentó durante una reciente visita a Granma, Yoerki Sánchez, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y participante en Panamá, “mucha sangre se derramó aquí y páginas de heroísmo se han escrito, para que nadie jamás acepte desvergüenzas de ese tipo. No era una cuestión de ideas, sino de principios, y esos no son negociables”.

Tampoco se trata de levantar los puños ante cualquiera que tenga criterios divergentes, sino de ser inclusivos, pero desde el respeto, la dignidad y el apego al decoro.

La Cumbre terminó sin documento final, como las dos anteriores. Estados Unidos y Canadá fueron las notas más discordantes, por no aceptar la condena al decreto ejecutivo contra Venezuela.

Me quedo con las intervenciones de Raúl Castro, Cristina Fernández, Nicolás Maduro, Rafael Correa, Evo Morales y otros líderes, con el ambiente de unión entre la mayoría, y la certeza de que América Latina apuesta por un futuro sin concesiones. Guardo la decisión colectiva de aferrarse a la historia para construir un mejor provenir.

En mi mente, persiste la foto oficial del evento: el Presidente de EE. UU no está al frente ni en el medio, sino en la segunda fila y en un lateral. Recuerdo también las imágenes y palabras del intercambio entre los mandatarios de Cuba y la Casa Blanca, como símbolos de que es posible convivir y avanzar en las relaciones diplomáticas, con apego a las esencias.

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