Manuel, el panadero de la comunidad

 Estentóreo ¡buen pan! y sonido de un silbato, se cuelan por las persianas y celosías de las viviendas cerca de las cuales pasa en lento andar cada amanecer, Manuel Regino Fonseca Medel.

 Cuando inició la venta de dicho producto, hace unos 10 años, a algunas personas les causó sobresalto su fuerte, seco y habitual pregón, al que en ocasiones añade, en tono menor: traigo galleta. Hoy, en cambio, lo escuchan atentas para tener idea de por dónde anda y si es necesario llamarlo: “Buen pan, pasa por aquí, espera ahí un momento, apúrate, que se me hace tarde para desayunar…”

 Durante un período vendió a tres pesos con 70 centavos, los panes de corteza dura expendidos a tres pesos y 50 centavos en las unidades de la Empresa cubana del pan; en la actualidad los oferta a cuatro pesos.

 “Es que antes, explica, no pagaba patente, al sacarla aumento un poquito el precio, para más o menos defenderme”.

 Mientras avanza por una calle de la zona, del reparto Antonio Guiteras llamada Micro Cinco, en Bayamo, dice al reportero que tiene 71 años y es jubilado de la fábrica textil Texoro, antigua Sakenaff II, en las afueras de la capital de la provincia de Granma, rumbo a Santiago de Cuba.

 -¿A qué hora marcas en la cola para comprar (en la panadería del reparto Jesús Menéndez)?

 -A las 2.00 y pico de la madrugada. Tengo que ir temprano para coger el pan fresco, porque hay más cuentapropistas.

 -¿Y empiezas a vender…?

 -A las cinco y media.

 -¿Qué distancia recorres en cada jornada?

 -De cuatro a cinco kilómetros en (los repartos) Jesús Méndez y Antonio Guiteras.

 -¿Cuántos panes vendes cada día?

 -Hasta 120. Ahora nada más cojo 100 porque a las cajas no le caben más y este pan no se puede apretar.

 -¿Otros venden el pan de 3.50 a 5.00 pesos, por qué no haces lo mismo?

 -El pan es un alimento. Con lo que me gano vendiéndolo a 4.00 pesos, más la jubilación, me es suficiente para más o menos ir llevando la vida.

 Miguel Ernesto González Rodríguez, mientras espera el vuelto, dice que Manuel Fonseca “nos evita tener que ir a la panadería, que nos queda un poco distante, y hacer la cola, y su precio no es tan alto como el de otros.”

 Tras atender solícito a una cliente habitual, este hombre flaco, con su sempiterna gorra y anteojos de gruesos cristales, devenido panadero de la comunidad, da las gracias a la prensa por interesarse por “este humilde trabajador”, sopla el silbato y suelta un fortísimo ¡buen pan! Delante, algunas personas lo esperan.

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