El constante recorrido por un cuerpo de mujer

Varias noches al mes escucho en medio de la madrugada el silbido de tu pecho, o lo imagino. No es molesto oírlo. Al contrario, yo no duermo. El insomnio es mi rutina, y agradezco, pues así puedo dedicarme a observarte cada noche mientras duermes.

Divido tu cuerpo en partes, como si te observara por casillas segmentadas. Detallo cada fragmento; primero tus pies desnudos, blancos y suaves. Luego tus piernas, las diviso en líneas oblicuas y admito que me encanta descubrirlas. Voy subiendo. Una prenda interior, toco e imagino la gema escondida que dibuja la silueta entre tus piernas. Me detengo, recreo mi estancia, quizás hasta inexplicablemente logre quedarme dormido y sueñe o lo haga despierto -como es usual, siempre lo mismo: Tú y yo de manos por un parque, sentados luego bajo un árbol enorme y ramificado, te abrazo y señalo el lago que se esparce ante nosotros, digo algo a tu oído y sonríes.

Te haz movido y yo despierto asustado. Ahora duermes ladeada hacia la izquierda y al recorrerte siento que puedo caer al costado en cualquier tropiezo. Ya respiras más pausado y el silbido en tu pecho ha disminuido, estoy más tranquilo porque se ha esfumado el miedo a que pudieras dejar de hacerlo en algún momento. Espero un rato hasta cerciorarme de que sigas estando bien dormida y continúo mi viaje.

Ahora debo recorrer la curva de tus caderas con sumo cuidado, sé que tienes cosquillas. Tu piel lisa y cálida provoca un éxtasis demasiado prolongado en mi sistema, pierdo el control y siento ganas de lanzarme, de no detenerme, pero le temo a tu reacción.

Me queda camino por transitar, así que me repongo, dejo de temblar y prosigo cuesta arriba. Voy hipnotizado con el delicioso aroma que emana tu cuerpo. Por fin llego, y lo disfruto. Rodeo tus aureolas con mis cortos pasos y descubro el rosa pálido que las baña.

Ya estoy en la cima, la dureza de tus pezones amenazantes me deprime, y lloro en silencio, a mi modo, porque no son míos, no los siento míos, todavía. Una vez más vuelven las ganas de abandonar el terreno o de arriesgarme en la conquista total. Debo seguir. Me acerco lentamente hasta tu cuello delgado y no muy largo, de fácil acceso. Recorro tus pómulos. El aire que inhalas y exhalas me humedece, es molesto, y por eso se me hace difícil deleitarme; llego a tus párpados cerrados y me estremezco al imaginar que me miras a los ojos, tan diferentes a los tuyos.

Respiro profundo, y ya voy sintiendo el síndrome de la caducidad que me acecha, me ha llegado la hora, no queda tiempo para más. Ya me marcho, pero sé que algún día estaremos juntos. Te anhelo, y ese es el sonido más estridente que conozco.

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