Sembrar una semilla de amor

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Por seis meses el enfermero Leandro Mendoza Hernández se ausentó de su lugar de trabajo, en la sala de la hemodiálisis del Hospital Carlos Manuel de Céspedes, ubicado en la ciudad Bayamo, capital de Granma.

No lo movió entonces un alejamiento forzado de la profesión, sino un llamado internacional para salvar vidas humanas en el África occidental, atacada fuertemente por la epidemia del ébola.

Fue Leandro uno de los 26 granmenses que se integró, desde finales de 2014, a la brigada Henry Reeve de la medicina cubana para enfrentar a la letal enfermedad.

Cuenta que fue esta su primera misión internacionalista, pero sin dudas una de las experiencias más enriquecedoras y trascendentes como profesional y como ser humano.

“Fue un reto para mí y para toda mi familia porque nunca me había alejado tanto tiempo”. Comentó Leandro ante el micrófono de esta periodista y, con los ojos humedecidos por el recuerdo de los primeros tiempos en la misión, abundó:

“Cuando llegué a África tuve momentos de temor por mi vida, pero siempre primó la confianza en la preparación tanto político como científico técnica que nos habían dado en Cuba. Traté de ahogar mi recelo en el trabajo, en la dedicación a los pacientes, incluso en los intercambios con los profesionales de otros países. Recuerdo que los médicos y enfermeros africanos se asombraban con nuestras prácticas profesionales y tratamos también de enseñárselas. Todo eso me alejó de los pensamientos negativos y la sensación de temor.”

De regreso en casa carga una mochila de buenos y tristes recuerdos. Anécdotas que comparte con sus colegas de trabajo o incluso con sus pacientes nefróticos. Anécdotas que igualmente narró a esta reportera porque marcaron su vida para siempre.

Como un episodio clavado en su mente alude haber asisitido, durante un turno de guardia, a una niña de seis meses de nacida que llegó al hospital con un cuadro convulsivo provocado por epilepsia. Hizo una crisis que se complicó producto de la enfermedad del ébola y no pudo salvarla… La pequeña murió en sus manos.

Al narrar la historia sus palabras se cortaron y otra vez sus ojos se llenaron de lágrimas porque recordó “mi hijo mayor también es epiléptico. Por eso me identifiqué tanto con el casó y lo sufrí, lo sufrí mucho.”

Al culminar la frase entrecortada, volteó la mirada y con una expresión de sosiego miró a sus hijos que aguardaban pacientes el fin de la entrevista a su padre.

En tanto conversábamos, a la sombra de un almendro, contó que sus pequeños Antony y Andrew vinieron al mundo en igualdad de condiciones médicas, pero ante circunstancias diferentes.

El primero fue asistido por su propio padre en el momento del nacimiento, el segundo no tuvo la posibilidad de sentir los brazos paternos cuando vino al mundo. Una razón de fuerza mayor convocaba al enfermero en la lejana África.

“Eran como las tres de la tarde en Sierra Leona cuando recibí la noticia del nacimiento de mi hijo menor. Fue un momento de alegría y a la vez de dolor, porque me convertía en padre por segunda vez, pero no estaba presente. Sin embargo lo superé, sobre todo porque supe que mi esposa tenía aquí el apoyo de mi familia, de mis colegas de trabajo, de mis amigos. También porque sabía que tenía que regresar vivo para conocerlo, por eso me extremé en el trabajo para evitar el contagio.”

Enfermero bayamés, padre internacionalista, ese es Leandro Mendoza, fruto de una de las carreras más humanitarias del proyecto social cubano.

Por eso al cierre de nuestra conversación me dejó claro que está más que listo para volver al mundo a sembrar la semilla de amor que, en su condición de padre y de licenciado en enfermería, lleva en su interior.

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