El mejor amigo

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Las imágenes de padres con sus hijos pasan por mi mente, como en cámara lenta. Los veo sonreír, observarlos en la cuna, acariciarles un cachete, jugar pelota o tomarlos de la mano en un parque.

Ahora mismo, quizás usted recuerde momentos junto a ese hombre sonriente o serio, que lo abraza siempre con la pasión de quien siente sus triunfos y tropiezos como propios, y desea acompañarlo en cada reto.

En ocasiones, responsabilidades profesionales y otras circunstancias los llevan lejos. Muchos eliminan los kilómetros mediante teléfonos, correos electrónicos, cartas, visitas y el cariño que inunda cada acción y palabra oral o escrita. Otros, se distancian, incluso desde la cercanía, y, pasado algún tiempo, casi siempre desean volver y fundirse a sus vástagos en un abrazo, porque “la sangre llama”, dirían algunos, o porque nunca es tarde para demostrar amor a quienes surgieron de sus esencias.

¿Qué tal los abuelos, padrastros, tíos y otros, con más experiencia, que se convierten en consejeros, asumen parte de nuestra educación, y llegamos a querer de forma especial?

Hoy recuerdo a Javier, quien esperaba su pequeño afuera del salón de partos del hospital Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, con una mezcla de felicidad e impaciencia. Y, cuando escuchó el llanto, sus ojos se humedecieron. Omar, compañero de trabajo, también me lo dice con frecuencia: “Un hijo es lo más grande”.

A mi mente, viene Misael, lleno de nervios cuando su hija presentó la tesis de licenciatura, y Jorge, quien mostraba a todos el título, que acreditaba como graduada universitaria a su princesita.

El deseo de ser un buen padre me persigue a todas partes, y me detengo, sonrío e imagino los días junto a los míos. Anhelo convertirme en su amigo, confidente y cómplice, acompañarlos en cada asombro y dejarlos caminar con soltura, pues “nadie escarmienta por cabeza ajena” o poner mano dura a veces, siempre vigilante.

En las escenas, jugamos, reímos, vamos a la playa, al estadio de béisbol, correteamos en el patio de la casa, hacemos chistes, maldades, los cargo sobre mis hombros y, a veces, su madre hasta nos regaña, porque con ellos, en ocasiones, también seré un niño. La realidad mostrará la verdadera película. Ahora solo fantaseo con el posible guión.

Quizás, ellos piensen o digan, como en la canción del italo-argentino Piero De Benedictis: “Es un buen tipo mi viejo/ yo soy tu sangre mi viejo/ soy tu silencio y tu tiempo/ Viejo mi querido viejo”. Y se sientan orgullosos.

Aprovechemos este 21 de junio para decirles felicidades, demostrarles cuán importantes son para nosotros y aceptar reencuentros. Seguramente, ellos lo agradecerán.

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