Educar, tarea de todos

Las primeras palabras, los pasos a tientas, los disparejos rasgos sobre el papel, todo nace allí, en el hogar, en ese terreno propio donde se piensa en la construcción de una familia, en hacer germinar la semilla más preciada que convierte a hombre y mujer en padre y madre.

La llegada de un bebé a la familia puede considerarse la alegría más grande experimentada no solo por sus progenitores sino por tías, primos, hermanos y de abuelos, esos que por gracia divina gozan del sano placer de guiar por segunda vez la crianza de un niño o niña.

Luego el tiempo se vuelve testigo del crecimiento y la sabiduría adquirida por el pequeño, llegan las edades de aprender y a la vez de enseñar, ¿pero quiénes de los miembros que se alegraron por su llegada serán los responsables de su educación? En este sentido no existen patrones, la familia en su totalidad desempeña el rol fundamental en la formación de los menores.

Cómo obviar las enseñanzas de la abuela, cómo olvidar los consejos de la madre sobre el respeto a la mujer y a los ancianos, qué mejor momento que el del padre sentado en el piso con la niña, como iguales, enseñándole a dibujar, a esbozar los rasgos de papá y mamá.

Nada es más valioso que esa educación compartida desde el propio núcleo familiar, la escuela en su tiempo le corresponderá afianzar conocimientos y métodos para conducirlos por diversas enseñanzas, la sociedad a su vez será el gran terreno de pruebas para ejercitar lo aprendido.

Sin embargo, en ocasiones la balanza se inclina más por la escuela cuando nos referimos a educación de nuestro hijos, haciendo a un lado los roles elementales del padre y madre como figuras representativas en la formación del niño o joven.

Velar por la educación de los infantes no significa visitar la escuela y preguntar por el comportamiento y el avance en el aprendizaje del menor. Obligar al joven a estudiar y condicionarlo a que no puede llegar a casa con bajas calificaciones tampoco es un método adecuado para instruirlo.

Pero si el diálogo fuera frecuente, si conociéramos sus preocupaciones, si desde pequeño le inculcamos el hábito por el estudio y la lectura desde la familia, si los miembros del hogar se sintieran tan comprometidos como los niños cada vez que retoman las clases, sin dudas, no habría otra forma de gratitud que hacer el bien.

Quizás cuando la etapa de aprender y enseñar sea solo un recuerdo y decidamos construir una nueva célula, la valía de lo vivido en armonía familiar será el norte para educar al pequeño que viene en camino, porque nunca hemos sido tan sabios como cuando fuimos niños.

Síganos en las redes sociales:

Arianna Corona

Licenciada en periodismo por la Universidad de Holguín (2013). Laboró como redactora-reportera de prensa y presentadora de noticias en CMKX Radio Bayamo. Actualmente jefa del grupo de redactores y reporteros en CNCTV

Deja un comentario

Facebook
Facebook
YouTube
YouTube
Instagram
RSS
Follow by Email