El papá que yo quiero

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Tocó sus manecitas sorprendido, “¿Cómo esa criaturita puede sujetar con esa fuerza mis dedos, será que trata de decirme que siente cuanto la amo?
“A veces me da miedo cargarla, se ve tan frágil, ya nené, tranquila, ¿tienes hambre?, vamos con mamá para que tomes la leche.”
Omar hace poco es papá, no imaginaba experimentar semejante emoción al tener cargada a su hija.
No hay una escuela para ser buenos papás, a serlo se aprende en el camino. Así fue como antes del nacimiento de Alejandra, se inició en los ritos de la paternidad. Él tenía la certeza de sus deberes y no quería perderse ninguna de las etapas de la niña.
A veces se rompía la cabeza al pensar todo cuanto debía comprar para la primogénita, pero a él y a Daniela, su compañera, no le importaban las restricciones ni cuánto cambiarían sus vidas, ambos acariciaron la idea de ver correteando por casa ese tesoro.
Era indiferente a las burlas de los compañeros de trabajo, siempre enfatizándole: “la crianza de los hijos es cosa de mujeres, además ellas son quienes paren”.
Le criticaron también por empeñarse en ir a la consulta de natalidad y saber detalles esenciales de la criatura, pues para él no vale el refrán: ‘madre es una sola y padre es cualquiera’. Al menos eso no fue lo que aprendió en su casa.
La actitud de Omar no es una generalidad; nuestra sociedad todavía no se desprende de estereotipos machistas que refuerzan la idea de la supremacía del rol femenino en la educación de los infantes.
Bajo esta concepción, siglos atrás se estructuraron sistemas de valores destinados a las féminas, los cuales privilegiaban la maternidad por encima de cualquier aspiración.
Sin embargo la parte masculina era educada en otros valores, en la fortaleza de carácter, valentía, y a él se destinaban el papel de cabeza de familia y proveedor de la casa, más que de figura afectiva para los niños.
Algunos hasta privaban de besos y caricias a sus descendientes porque eso ‘era cosa de mujeres’.
Las sociedades actuales, incluso la nuestra, es heredera de esos dogmas todavía visibles dentro de muchos hogares.
Por suerte no todos los hombres asumen el hecho de ser padres alejados de sus responsabilidades.
Ser papá es una experiencia única, llena de sacrificios pero de otras tantas alegrías.
Omar, el protagonista de mi historia no tendrá quejas para compartir con su pareja las horas de desvelo, tendrá paciencia suficiente para calmar, alimentar y arrullar al bebé.
Y cuando la niña comiencen la escuela, asistirá al primer día de clase y disfrutará de los progreso en el aula, de la escritura del nombre, o de esa frase mágica, te quiero papito.
En las noches serán cuentero y hallará respuestas ingeniosas para todas las preguntas que día a día le formulará: porqué hay estrellas en el cielo, cómo se forman los relámpagos o porqué la luna unas veces está flaquita.
En otras ocasiones será su cómplice en las travesuras más locas, no importa si tendrá que disfrazarse de mago, payaso o de Alí Ba Ba.
Alejandra, será una niña afortunada aún es pequeña pero cuando crezca estará orgullosa de papá, sabrá de sus desvelos y comprenderá porque otras veces se ponía serio, sobre todo cuando ella no hacía algo bien.
Camino a la escuela ella le tomará de la mano a papi y la apretará un poco, y él comprenderá la señal de afecto, como años atrás cuando recién nacida apretó su mano por primera vez.

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