Reparar ¿para empeorar?

Cierta tendencia se ha ido colando sutil y peligrosamente en oficios que impactan en la vida cotidiana de los cubanos. Distorsionando la noble faena de reparar lo dañado y arreglarlo para progresar, hay quienes encaran los problemas con tal ligereza y falta de profesionalidad, que el efecto termina siendo el contrario: dificultad agravada.

Un ejemplo cercano y reciente, de los varios que abundan en la ciudad de Bayamo, “brota” impune cada dos días ante la mirada de todo el vecindario en una de las arterias del barrio San Juan.

El problema, surgido de un salidero, apareció hecho apenas un hilo de agua, que la preocupación colectiva de los vecinos intentó eliminar llevando hasta allí a una brigada para reparar la entonces pequeña avería.

¿Resultado?, como diría mi abuelo: “sería cómico si no fuera trágico”. Cada dos jornadas cuando corresponde la llegada del preciado líquido a esa zona, el salidero, ahora con pretensiones de convertirse en chorro, humedece de extremo a extremo la calle y hace fango de lo que antes fuera pavimento.

La certeza de que esta práctica de “maquillaje y curita” superficial con escasos días de duración, ya no es aislada y mucho menos le quita el sueño a quienes la promueven, propicia interrogantes como: ¿quién vela por la calidad de los trabajos acometidos?, ¿de qué manera se controla las pérdidas ocasionadas al Estado por labores constructivas o de reparación mal ejecutadas?, y ¿cómo se aplica la responsabilidad material y laboral a inconsecuentes que lejos de solucionar un problema lo agravan o crean otro?

Lamentablemente las respuestas a estos cuestionamientos aún son esquivas, porque lo cierto es, que no pocas obras sociales, esas que tanto necesita el pueblo, han requerido, una, dos y hasta tres veces del resarcimiento a la desfachatez, la falta de rigor e ineptitud de algunos obreros y al pobre control de administrativos.

Evidencias sobran. Calles como la céntrica Zenea, cuyo “recién estrenado” pavimento (hace dos años atrás) requirió a gritos, en uno de sus tramos, una nueva capa de asfalto; o aquel parquecito “remodelado” que durante meses privó a sus visitantes de ese espacio por la amenaza de hundirse a sus pies; o las grietas en aquella pared estatal con fachada de poco tiempo; u otros tantos ejemplos que de seguro usted también podría aportar.

Y se sabe, que en estas cuestiones donde algunos sienten herida su sensibilidad, no faltarán quienes aleguen en defensa de semejantes pifias que la culpa es de la mala calidad de los recursos, de las urgencias en las fechas de entrega para cumplir, de la empresa o hasta del clima.

Pero se sabe también, que las carencias humanas suelen perjudicar más que las materiales, allí donde las personas dejan de lado la honra y el respeto a su labor, para salir con prisas de los problemas, simulando soluciones de dudosa resistencia y corta perdurabilidad.

Tales acciones, que solo empañan el esfuerzo del Estado por allanar la vida de quienes habitamos la Isla, no pueden ya estar sujetas solo a la apelación de la conciencia o al llamado de atención.

Los tiempos son otros. Cuba se transforma y con esas modificaciones deberán aparecer, necesariamente, medidas o leyes que juzguen de manera oportuna la chapucería y la indolencia.

Por camino el contrario, ese que premia con el silencio o la indiferencia las negligencias en el quehacer laboral, no debemos ni queremos ir.

 

 

Mailenys Oliva Ferrales

Periodista del sistema provincial de la radio en Granma. Trabaja como reportera del sitio www.radiobayamo.icrt.cu. Licenciada en Periodismo por la Universidad de Holguín.

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