Pensar y vivir a Martí

Por: Osviel Castro

Sería una ingenuidad demasiado grande desconocer a estas alturas, 163 años después de aquel dichoso alumbramiento en la calle de Paula, que la figura de Martí ha sido y es polémica.

La polémica no nace, lógicamente, de la obra o de la vida virtuosa del Apóstol sino de las distintas interpretaciones que tuvieron, a posteriori, sus actos y, sobre todo sus textos.

Acaso ningún otro prócer cubano ha sido tomado como estandarte y referencia de diferentes bandos ideológicos a lo largo de la historia moderna. Martí, unas veces con juicio consciente, otras con inocencia o deshonestidad ex profesa, fue convertido en preceptor de buenos o malos, de fundadores o destructores, revolucionarios o conservadores, fieles o incrédulos.

De pequeños, por ejemplo, cuando teníamos una percepción superflua de la caricatura que significó la República mediatizada, nos sorprendíamos al ver -en las Aventuras que dibujaban esa época- fotos del Maestro colgadas en las oficinas de un ejército que muy poco tenía de martiano.

Tuvimos que crecer para comprender la raíz de ese izamiento falso del Apóstol y para interpretar los móviles de la disputa por una figura-emblema de la historia nacional y universal. Martí ha devenido, a la larga, el Mesías de nuestra novela real (más allá de lo político), cuya invocación ha servido como justificación de los más disímiles actos y posturas.

Pero para discutir por Martí primero habría que empaparse en la historia y saber explicar por qué si la República nacida después de la última guerra de liberación tenía algún atisbo de martiana por qué la Generación del Centenario se fue a los fusiles para reformarla radicalmente, enarbolando precisamente las doctrinas del Delegado.

Los más jóvenes tienen, entre sus retos, que aprender a demostrar que aquella generación no fue martiana por decreto o autoproclamación sino por pruebas y hechos. Como también es menester recalcar que la Generación del Centenario no se restringe al grupo de asaltantes arriesgados de Bayamo y Santiago, quienes resultaron la indiscutida vanguardia de una hornada mucho más numerosa, la cual, en su conjunto, estuvo marcada por las huellas martianas.

La generación del 68, en el siglo XIX, no la integraron solo Céspedes, Agramonte, Gómez, Calixto y Maceo; y este punto de vista es extensivo a los que vivificaron a Martí en el 53 del siglo XX.

Tampoco puede verse el «martianismo» a partir del combativo y fervoroso Desfile de las antorchas que sacudió al país aquel enero del centenario, ni a partir de los hechos puntuales vinculados con el 26 de julio. Sería imperdonable olvidar que Eduardo Chibás, fuente de inspiración para muchos jóvenes ortodoxos y de otras tendencias políticas similares, hablaba constantemente de la regeneración moral de la República y citaba constantemente a Martí. Era un martiano en palabras y hechos.
Tampoco pasemos por alto todo el «martianismo» de Mella, quien fundó una universidad popular con el nombre venerable; ni obviemos el de Villena, de la Torriente Brau y Guiteras, reconocidos antimperialistas.

Sobre los integrantes de la Generación, el investigador Mario Mencía, en su Tiempos precursores, nos insiste en que Fidel Castro, Raúl Gómez García, Abel Santamaría y otros jóvenes estaban influenciados por los artículos, discursos, cartas y poemas del Héroe Nacional.

Fidel no solo ratifica la autoría intelectual de Martí en esos hechos gloriosos sino que, además, acude constantemente a su nombre o apelativos como Maestro y Apóstol -15 veces en todo el alegato- para denunciar los problemas de un país (educación, tierra, industria, salud, vivienda, etc) en el que, alejándose del precepto del bien para todos los ciudadanos, se estaba aniquilando la historia e incumpliendo los sueños del Apóstol.

Ahora, tanto tiempo después, es preciso que esa discusión por Martí nos conduzca no solo a justificar la necesidad de una Revolución seguidora de la que él organizó sino, también, a cuestionarnos cada día si lo edificado conquista ya todo el sueño martiano.

Esa porfía constructiva será siempre útil en la misma medida en que nos trace acciones en el horizonte.
Por eso, es innegable que la Revolución requiere seguir «martianizándose», si cabe el término, entendiendo este como el constante perfeccionamiento, que encaja con el postulado del Maestro del mejoramiento humano y la vida futura.

Un gran martiano como Cintio Vitier expuso en su momento que Cuba, aun con las altas cotas educativas logradas, aun cuando «echó a andar la reforma integral de nuestra enseñanza, cuya primera gran victoria fue la campaña de alfabetización», necesita seguir mejorando su educación, que no es solo la «que se imparte en las aulas sino también la que se manifiesta y vive en las calles y los campos de la patria».

Estas reflexiones pudieran extenderse a otros campos. Cuba, por ejemplo, siguiendo el principio antirracista de Martí, ha hecho más que ninguna otra nación para eliminar la discriminación racial; sin embargo, como ha reconocido el propio Fidel, todavía existen objetivos que alcanzar.

Si la Revolución cubana no hubiese sido martiana difícilmente hubiera podido mirarse al espejo y realizar la autocrítica. Y percatarse de que a pesar de todas las victorias en diferentes ámbitos es posible todavía conquistar más cuota de justicia social, más participación ciudadana, más bienestar y felicidad colectiva.

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Acerca del Autor

Osviel Castro
Osviel Castro

Licenciado en Periodismo, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba (1995). Corresponsal del periódico Juventud Rebelde en Granma. Colaborador en temas de deportivos de la CNC TV Granma.

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