La simiente deslumbrante de Mariano

José Martí despierta admiración en todos los que conocen su obra y sacrificada vida. Pero a veces se olvida aquel hombre recio y áspero de quien, asegura el  Apóstol, heredó un alma  recta y pura.

Don Mariano Martí y Navarro, a pesar de su austera personalidad, supo brindar el mejor de los ejemplos a su hijo. Aunque existieron incomprensiones del severo español ante las inclinaciones poéticas  y afanes patrióticos de su vástago, el tiempo evidenció la ternura encerrada en aquella fría mirada.   

No fue, en sus inicios, una relación fácil, pues uno quería abarcar todo con su inteligencia y el otro, recalcitrante y rudo, quería a todo trance sacarlo del colegio y que empezara a trabajar para ayudar a la familia.  

Nuestro Héroe Nacional sufrió mucho que sus versos no fueran “religión y orgullo” en el hogar. Sin embargo recordaba: “Cuando corre peligro alguno de aquellos seres queridos del pobre hombre áspero, el alma entera se le deshace de amor por el rincón único de sus entrañas, y besa desolado las manos que acusaba y maldecía tal vez un momento antes”.   

Pepe, cuando niño, no logró entender la intransigencia y los reproches de don Mariano. Luego él también estaría en su lugar y comprendería el por qué de algunos regaños.

El presidio político, momento más tortuoso y triste en la vida del joven Martí, marcó el acercamiento definitivo: “¡Qué día amargo aquél en que logró verme, y yo procuraba ocultarle las grietas de mi cuerpo, y él, colocarme unas almohadillas de mi madre para evitar el roce de los grillos(…) Prendido a aquella masa informe, me miraba con espanto, envolvía a hurtadillas el vendaje, me volvía a mirar, y al fin, estrechando febrilmente la pierna triturada, rompió a llorar! Sus lágrimas caían sobre mis llagas; yo luchaba por secar su llanto; sollozos desgarradores anudaban su voz, y en esto sonó la hora del trabajo…”

Entre los “momentos supremos” de su vida, el apóstol incluía “el beso del papá al salir para Guatemala”.

Cuando algunos de sus familiares le reprochaban su consagración a la patria y su estado de pobreza, don Mariano callaba, pues creía decir, más, callando.

En él lo que no hacía la inteligencia lo hacía la ternura, por eso el más universal de los cubanos refirió a un amigo: “Mi pobre padre, el menos penetrante de todos, es el que más justicia ha hecho a mi corazón”.

Durante su estancia en los Estados Unidos disfrutaba sobremanera la compañía del progenitor: “Papá vendrá a mi lado, como imagino que él lo desea, apenas cedan los fríos… Papá es sencillamente un hombre admirable. Fue honrado cuando ya nadie lo es. Y ha llevado la honradez en la médula (…) Ha sido más que honrado: ha sido casto”.

 

Y en ocasión de su fallecimiento dirá a su cuñado José García: “¡Jamás, José, una protesta contra esta austera vida mía que privó a la suya de la comodidad de la vejez! De mi virtud, si alguna hay en mí, yo podré tener la serenidad; pero él tenía el orgullo. En mis horas más amargas se le veía contento de tener un hijo que supiese resistir y padecer”.

 

Y en carta a Fermín Valdés Domínguez expresaba: “Mi padre acaba de morir, y gran parte de mí con él. Tú no sabes cómo llegué a quererlo luego que conocí, bajo su humilde exterior, toda la entereza y hermosura de su alma (…) aquella enérgica y soberbia virtud que yo mismo no supe estimar hasta que la mía fue puesta a prueba”.

 

Don Mariano vivió y murió en una pobreza digna, y ya anciano, según se confirma en las cartas de su esposa, se conformaba con un paseo y una magra sopa, sin reclamar al descendiente nada en absoluto. Cuentan que cerca de la muerte le decía: ¡Anda, anda!, ¿qué crees tú, que yo emprendí tu educación con otra idea que la de que fueras un hombre libre?

 

Pero también hubo mucho de milagro y de enseñanza en esa relación afectiva. Aquel hombre recio parece  haber comprendido que la educación solo se logra como sabiamente explicaba su amado Pepe: “No con el ceño airado, ni con la innoble fusta levantada; ni con la áspera riña, ni con la amenaza dura, sino con ese blando consejo, plática amiga (…) que deja sin arrepentimiento tardío el ánimo del padre, y llena de amoroso rubor la frente del hijo afligido por la culpa. Amigos fraternales son los padres, no implacables censores. La única ley de la autoridad es el amor”.    

Yelandi Milanés

Licenciado en periodismo en la Universidad de Oriente. Labora en el semanario La Demajagua.

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