La vida es más que un carnaval

No sé si son alucinaciones estivales. O si es que, en la exaltación de estos tiempos, caí en el nocivo síndrome de la comparación, culpable a veces de ciertas imprecisiones.

Pero la verdad es que extraño al otro carnaval, al de antaño, aquel que era ebullición y tradición, muñecones, colores…competencias. Aquel en el que – a pesar de fórmulas para aumentar el volumen de la cerveza-, los aires de feria comercial no azotaban tanto, como hoy, los bolsillos y la celebración misma.

Lo escribo porque tengo la sensación de que nuestras fiestas populares -para bien o para mal-, se han ido contagiado con la sed de «utilidades» de la modernidad; y por esa cuerda han menguado el toque de folclor, el rito, la atmósfera de espectáculo.

Ha sido un fenómeno paulatino, que parece haber entrado en un torrente de aceleración en los últimos años. Es como si hubiéramos caído en la trampa: una fiesta es mejor en la medida en que se vendan más productos, no importa si a contrapelo de tradiciones y raíces; no importa si desbaratando los termómetros hipotéticamente sagrados de la calidad.

Tengo vivencias cercanas en tiempo y espacio. En los carnavales de Bayamo, por ejemplo, concluidos a principios de este mes de agosto, y que gozan de fama nacional, encontré «caldosas» vendidas a dos pesos en pequeños vasos desechables, sin un mínimo de vianda, sin un minúsculo trazo de un producto candidato a boceto de carne. Y he aquí –que resulta lo más alarmante- la respuesta del vendedor de jugo animal: «Busque, que tiene su maicito». Es decir, un candidato a grano de maíz.

Comprobé que es irrefutable una norma: cada año un cerdo puede generar, con la misma cantidad de carne asada, un número geométricamente superior de bocaditos; que ya pudieran anunciarse con el nombre de bocaditos de candidatas a tirillitas de cerdo asado.

Observé baños «ecológicos», con llamativos letreros externos y que deben haber ayudado a muchos semejantes: «Orine: UN PESO. Otros: 5 PESOS».

Claro que estas y otras tendencias –la música monocorde, la cerveza aguada, las súper tarifas crecientes que cobran las orquestas- no son exclusivas de una ciudad, ni siquiera de una época de festejos. Y suelen ser indetenibles, como la vida.

Tampoco –es bueno subrayarlo- desbaratan la alegría colectiva, ni el elevado ánimo de «gozadera» que acostumbran a exhibir los cubanos.

Ah, debo subrayar algo positivo: se decidió “topar” los precios (dos pesos) a los “aparatos” que tanto disfrutan los niños. Ojalá esa tendencia se quede para siempre.

Volviendo a las esencias: deberíamos preocuparnos, muy ebrios, por la concepción cultural –y valga la amplitud del término- del carnaval. Estudiarlo, diseñarlo, prepararlo, entenderlo, concebirlo y corregirlo con toda la antelación del mundo.

Que no se nos convierta en un expendio masivo de «cosas» líquidas y sólidas, ni en una competencia decibélica de pum pum pum, sino que –al margen de consabidas carencias-  sea un verdadero acontecimiento, ligado a la historia, el buen gusto, la tradición, el sudor de las calles, el sacrificio de la gente, la distracción colectiva, el color, la variedad, el órgano casi extinto, el bienestar… y la vida, que seguirá siendo infinitamente más que un carnaval.

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Osviel Castro

Licenciado en Periodismo, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba (1995). Corresponsal del periódico Juventud Rebelde en Granma. Colaborador en temas de deportivos de la CNC TV Granma.

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