Del asere al brother

Por: Osviel Castro

“Brother, échame un looking al aparato, que anoche se puso sanci con un bajón de corriente y se ñampió completo”.

Así, ni más ni menos, solicitó el cliente que le revisaran su equipo electrodoméstico –un ventilador por más señas- en un taller de poca monta.

En otro tiempo probablemente no hubiera entendido ni una palabra de esa jerga, la reiteración suele convertir en ordinario lo que antaño parecía raro; de modo que pude, como muchos, traducir cada término de aquel usuario.

Mi gran miedo, sin embargo, es que mañana el hormiguero de vocablos “modernos” no me permita descifrar ya la mínima conversación juvenil o adulta de cualquier esquina; o que, llegado a ese mismo taller, me confundan por mi lengua llana con un extraterrestre.

Foto: Internet

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Mi pavor es que el castellano, tan caudaloso en palabras e imágenes, se nos siga inundando de piedras idiomáticas hasta el punto de estrecharle el cauce en un hilillo o de trancarle, al final, toda el agua.

Temo, también, por el funeral sin flores de las frases gentiles porque a ratos uno vislumbra que la innovación lingüística, los “aseres”, “moninas”, “nagües”, los “te aloviu, brother” y los “desmaya la talla” irán sepultando poco a poco la urbanidad y los mejores modales, esos concebidos para distinguirnos del resto de las especies.

No resulta una preocupación individual y mucho menos nueva. Hace mucho tiempo una canción nos alertaba en un estribillo que “Si Murundanga le dijo a Malanga…” nuestro español podía resbalar por un precipicio hasta volverse, en el grito por la caída, puro ruido.

Cierto que toda lengua se mueve, cambia, incorpora giros, late al compás del tiempo y del viento de las sociedades. Por eso mismo, sería incongruente defender las locuciones de la era del Quijote o aspirar a que una persona diga ante el martillazo brusco en el pulgar: “Oh, caracoles de la Tierra y los cielos, en mi rol de carpintero me he castigado con el hierro un importante dedo de la diestra”.

Además, ya lo dijo con acierto el dramaturgo y filósofo alemán Christoph Friedrich Schiller: “Hablar con mucha cortesía a veces conquista y otras empalaga”.

Lo pernicioso asoma en este asunto cuando reaccionamos siempre en nuestra habla como si nos hubieran dado el martillazo o cuando convertimos el tema más sensible en distracción morbosa al estilo de “se le partió la pura al ambia y mañunga la va a sembrar”.

Por ahí andan rodando hasta en escenarios académicos, formales e hipotéticamente corteses los: “ese tipo es tremendo fula”, “tiene un baro largo y una coba soplá”, “se jamó a una jebita monstruo” y muchas más oraciones actuales que, con su crecimiento geométrico, dejan en entredicho los esfuerzos por conquistar ese pináculo cultural soñado desde hace décadas.

Carmen Conde, maestra, poetisa y narradora española, nos advirtió sabiamente el siglo anterior que “el lenguaje es lo más humano que existe. Es un privilegio del hombre… Cada palabra lleva consigo una vida, un estado, un sentimiento”. Quizá para sumergirnos más en la reflexión sobre los caminos torcidos o enderezados de nuestro idioma cotidiano sería atinado añadir a su frase la máxima del ensayista y lexicógrafo inglés Samuel Johnson: “El lenguaje es el vestido de los pensamientos”.

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Acerca del Autor

Osviel Castro
Osviel Castro

Licenciado en Periodismo, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba (1995). Corresponsal del periódico Juventud Rebelde en Granma. Colaborador en temas de deportivos de la CNC TV Granma.

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