El grave peligro de confiarse de un ciclón

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Hace años un hombre, para no dejarse llevar por el viento del ciclón, se introdujo durante varias horas en un tanque de miel.

Al final salvó la vida, pero pudo haberla perdido por quedarse en su casa, que estaba contemplada en la categoría de “vulnerable”.

Y pocos olvidan la amarga experiencia de un matrimonio que, pasados los aguaceros de un huracán, salió del lugar de evacuación y marchó a atender a sus animales, en contraposición con lo que había decretado la Zona de Defensa.

De momento, la pareja se vio encaramada en el techo de la casa, con el agua al cuello y pidiendo desesperadamente auxilio. Fue necesario el empleo de un helicóptero para rescatarla bajo incalculable tensión.

Hay más historias, como para inundar estas líneas. Pero toda ejemplificación sería estéril si no va acompañada de reflexiones que superen lo coyuntural. No se trata solo del anecdotario de dos o tres irresponsables sordos; hay que ir al fondo del asunto y responderse, ante la cercanía del intenso huracán Matthew, algunas preguntas.

¿Por qué en un país como Cuba, en el que cada año se lucha contra precipitaciones y ventiscas, y existe la mayor cultura ciclónica del mundo, se dan tales dislates? ¿Hay conciencia colectiva sobre los peligros naturales que amenazan este archipiélago, frágil en su geografía y en gran parte de su infraestructura?

Sin dudas, la percepción de riesgo no está –en decenas de compatriotas- en el límite indispensable, a pesar de contar con organismos tan eficaces como la Defensa Civil, sin los cuales ocurrirían las hecatombes de otras naciones.

Las víctimas –más de 10- que dejó el poderoso huracán Dennis en Granma, en julio de 2005, fueron en gran parte por esa subestimación del peligro pues en ese territorio, a diferencia del Occidente, no habían sido habituales los ciclones durante buen tiempo. Algo similar ocurrió con los decesos cuando el azote de Ike.

Por otra parte, luce absurdo pensar ya en records históricos o tradicionales, creer ilusamente en la leyenda de que «el agua nunca ha llegado hasta aquí» o «esto no estaba previsto, jamás había pasado». La naturaleza, furiosa por las puñaladas del hombre, nos envía sorpresas tremendas cada año.

Y la vida nos va diciendo otras cosas contundentes, como que, por ejemplo, se hace casi insostenible morar en determinadas zonas bajas, afectadas prácticamente año tras año por las inundaciones. Que no en todas las regiones se puede residir a la orilla del mar, por más bonito y romántico que sea el paisaje.

Que debemos repensar seria y científicamente nuestras construcciones, aún al margen de la conocida escasez de materiales y de la imposibilidad de hacer cada edificación de mampostería. Los temporales nos obligan, además, a ser mucho más minuciosos en la observancia técnica de nuestras presas,.

Hace años, cuando la tormenta tropical Noel castigó el oriente cubano, un joven periodista que veía arrastrar una mesa patas arriba en la corriente, se maravilló al límite y se preguntó por qué los pobladores próximos no terminaban de irse. A su lado, un fotorreportero le dijo: «Cuando el ciclón Flora era así mismo, pero en vez de mesas pasaban personas llevadas por la creciente. Si la gente se acordará más de aquello…» Seguramente –completaría yo- tuviera mayor sensación del riesgo. El peligro más grande de la Cuba moderna ante los fenómenos meteorológicos radica en eso: se conoce la amenaza, pero algunos no la han calculado por encima de circunstancias puntuales.

Osviel Castro

Licenciado en Periodismo, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba (1995). Corresponsal del periódico Juventud Rebelde en Granma. Colaborador en temas de deportivos de la CNC TV Granma.

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