Una deuda grande con Céspedes

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¿Cuántos sabemos de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de todos? La pregunta surge ahora, precisamente este 27 de febrero, a 143 años de su muerte, con toda la intención.

Sí, porque conocemos que fue inmortal por sus hechos de La Demajagua, el grandioso episodio relacionado con el hijo Amado Oscar y su épica muerte, casi en solitario, en los barrancos de San Lorenzo, un trágico viernes.

Sin embargo, en ocasiones eludimos los detalles que prueban la virtud humana de ese gigante. En pocas oportunidades decimos que el Hombre del 10 de Octubre perdió casi toda la dentadura en la lucha, padeció fuertes conjuntivitis y quedó lisiado del brazo izquierdo por una aparatosa caída de su corcel cuando perseguía una columna española en noviembre de 1868.

Tampoco hablamos mucho de las terribles aflicciones por la muerte, en la manigua, de su primer hijo con Ana de Quesada, Oscar; o de sus romances postreros, entre las lomas de la Sierra Maestra, con la joven campesina Panchita Rodríguez. De estos amoríos, medidores de la vitalidad y pasión de una persona de casi 55 años, surgió un embarazo, un simbólico fruto, Francisco José Rodríguez, que el Iniciador  no vio a causa de la infausta jornada del 27 de febrero de 1874.

Pero con Céspedes tenemos una deuda mayor. Y es esa que consiste en sumergirse en su comportamiento y los dilemas que enfrentó: el dinero o los ideales; la familia idolatrada o la manigua redentora, la demagogia o la ética. Eso ayudaría, de alguna manera, a volver sobre algunos dilemas de la Cuba actual.

Analizándolo su historia se comprende cuántas difíciles disyuntivas debió enfrentar. Ese que cayó cumpliendo la promesa de «muerto podrán cogerme, pero prisionero ¡nunca!», había comido contento y con honor, en los días anteriores a la muerte, sopas de «semillas de mamoncillos y dulces de mangos sin azúcar ni miel», entre otros platos manigüeros que revelan cómo aquel aristócrata se deshizo del manjar para convertirse en campesino augusto y especialmente en soldado de la Patria.

¡Cuánta falta hace hoy esa resistencia cespediana que conlleva en todo tiempo al hombre al ejercicio del decoro!.

Ese hombre que fue destituido de modo absurdo de su cargo de Presidente y despojado hasta de su escolta, pasó los últimos días de su existencia en ese paraje remoto enseñándoles a unos niños a leer y escribir, como esos maestros que mientras más humildes se muestran más crecen en brillo. Tal humildad seguirá requiriéndose en esta o en la mismísima Cuba del futuro.

Quizá lo más grande en Carlos Manuel Perfecto del Carmen Céspedes y López del Castillo es la constante congruencia ente el decir y el hacer, que tanto necesitamos en distintos escenarios. Jamás pidió sacrificio sin ofrecerlo antes; jamás exigió abnegación sin demostrarla primero.

Tuvo defectos y una nube de amoríos; que albergó rencores y contó enemigos; de lo contrario no hubiese sido hombre. Y es a ese ser humano, capaz de deshacerse de joyas y fortunas, de perder un hijo amado en plena guerra por no doblegarse ante el chantaje, al que deberíamos anidar siempre en el alma para salvarnos de yerros o herejías y lograr la virtud de la que tanto nos habló.

Osviel Castro

Licenciado en Periodismo, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba (1995). Corresponsal del periódico Juventud Rebelde en Granma. Colaborador en temas de deportivos de la CNC TV Granma.

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