¡Cuidado, bárbaros en la carretera!

Por: Osviel Castro

Aquella mañana ser la última para motorista, quien retornaba  de la casa de sus padres, a 14 kilómetros de Bayamo, justo por la Carretera Central.

Por el retrovisor vio acercarse a un ómnibus Yutong, de los nuevos. Y, como estaba en plena curva y vio un auto circulando en sentido contrario, hizo señas para que el conductor de la guagua no lo sobrepasara.

Sin embargo, el chofer de la Yutong aceleró, pasó al motorista y se incorporó a la vía como en juego de malabares. Si no chocó con el auto fue porque el hombre de la motocicleta aminoró la marcha y prácticamente se lanzó a la cuneta.

Indignado apenas alcanzó a mirar la matrícula del ómnibus. Pero de haberlo conseguido, qué hubiera ganado con grabarse una chapa si al final de la jornada no iba a tener la oportunidad de un desagravio. Para qué anotarla si otros émulos de ese chofer seguirán haciendo “travesuras similares”

Así pensó y con cierta lógica. Porque –al margen de decretos, mensajes televisivos, de multas y advertencias, de vigilantes motorizados y el cuento- sigue siendo una práctica en nuestras vías, de Oriente a Occidente, que muchos “grandes” implanten preceptos verdaderamente selváticos a los más chiquitos.

Esos mandatos de fuerza, velocidad y volumen sobre los pequeños (ciclos, motos y hasta autos ligeros) tienen su arista más pavorosa y alarmante cuando en su aplicación se ven envueltos equipos usados cotidianamente para transportar pasajeros.

Nadie posee el derecho refrendado de andar como ráfaga invisible y delirante en los asfaltos nacionales, muchos de los cuales poseen agujeros, rugosidades y lógicos desgastes que los hacen no aptos para la celeridad.  Pero esa potestad es aún más impensable para aquellos que llevan decenas de vidas a cuestas.

La realidad confirma, no obstante, que no pocos de esos “rápidos y furiosos” juegan a la velocidad pura en la vía.

Se sabe, por ejemplo, que muchos de los conductores de los llamados porteadores privados, en el afán de llegar primero a las terminales a “cargar”, desarrollan increíbles y frenéticas competencias, en las cuales no faltan los ojos agrandados de algún viajero ni la impresión de que los cuenta-millas van literalmente a reventar.

Claro, no hay demasiadas opciones de transporte y resulta preferible casi siempre para alguien de a pie pasar un buen susto y mantener la ilusión de llegar a casa antes que lanzarse a la consabida botella, no exenta de espinas.

Es obvio que los “camiones de pasaje y los ómnibus Yutong” no son los únicos temidos.  A menudo las “rastras modernas”, los carros con remolque y los llamados contenedores, con su galopar de super pesados, hacen tirar a móviles menores de su senda.

Sería redundante escribir las consecuencias letales de los excesos y desmanes en la vía. También llevaría demasiado espacio hablar de los daños psicológicos para quienes se han visto desplazados y arrojados a la cuneta.

Al menos el motorista tuvo suerte de contar con sobresalto su historia. Pero… ¿y si aquella mañana hubiera sido la última? ¿Cuántos otros sin dicha quedaron en la mudez definitiva por la imprudencia de ciertos bárbaros en carretera?

Acerca del Autor

Osviel Castro
Osviel Castro

Licenciado en Periodismo, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba (1995). Corresponsal del periódico Juventud Rebelde en Granma. Colaborador en temas de deportivos de la CNC TV Granma.

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