¿Dónde queda la lectura?

Cada Feria del libro trae la quimera de ser la fiesta de la literatura. Se combinan en apretada agenda espectáculos generales e infantiles, conferencias, paneles, programas radiales, descargas de trovadores, actuaciones de magos, payasos, titiriteros, entre presentaciones de libros, lecturas de poesía y narrativa. ¿Y la lectura, dónde queda?

Ese momento sublime, de paz, de viajar al lugar mas inimaginable y lejano, de ponerse en la piel de otro ser y ver crecer la fantasía, multiplicarse las palabras y fortalecer el pensamiento.

Sin leer no hay cultura, ni aprendizajes, ni avances en ninguna rama del saber en la sociedad. La lectura deviene entonces piedra angular del desarrollo desde tiempos inmemoriales y pronostico lo seguirá siendo a pesar de los gurúes que presagian la extinción de los libros.

En definitiva, ¿qué otra cosa hacemos sino en iPods, tablest, PC, móviles y cuantos aparatos electrónicos guardan cientos de bytes de información? Leemos, eso sí, cuanta bobería es leible en atractivas aplicaciones que hablan de lo terreno y lo divino.

En lo personal, me duele la muerte del hábito de lectura, por eso miro con recelo a los aparatos nuevos. Simplemente se roban el show. Mis hijos, que tienen en casa el ejemplo de la comunión con los libros como una necesidad básica diaria, me regatean los minutos frente a las hojas entintadas, aquellas que de niña me hicieron (y hacen) soñar.

Si bien existe un programa de promoción de la lectura que descansa en actores comunitarios, hay que sacar del armario y desempolvarlo, despercudirlo, como diría mi abuela, quitarle mancha por mancha, hasta que impecable, oloroso, atraiga con imán perenne a todos.

No se trata de nombrar títulos y autores, conozco algunos personajes en la función promocional de este sano acto que es leer, que citan  sin pausa nombres estremecedores de novelistas, poetas, ensayistas y cuenteros; con sus títulos incluidos, año y editorial.

Con oído atento al que se presenta como verdadera enciclopedia literaria, saco mis cuentas: algunos, pocos títulos, los conozco al dedillo, otros, los escuché mencionar algún día, más del treinta por ciento ni siquiera había sido ojeado por mis manos (hay suficientes libros para leer como para diez vidas o más).

Sin embargo, me detuve en una decena de volúmenes, cada vez que traté de entablar un intercambio con los argumentos estremecedores de los por mi conocidos, el personaje promocional daba un giro de 180 grados hacia otro tópico.

Moraleja: hay que saber y  creer en lo que se dice al prójimo. No se predica en calzoncillos. Son dos lecciones que repetían los adultos cuando era una niña y creo que aún tienen vigencia en la educación cívica.

No renuncio a las tecnologías, aunque me niego a leer completamente a la pantalla, solo lo necesario. Me gusta dormir con el olor a tinta, antes que los perros (que amo) los libros son mis mejores amigos.

Incentivar el hábito nutricio de leer que debe acompañarnos desde las más tempranas etapas de la existencia no ha de dejarse para épocas de feria. Habrá de ejercitarse como tarea diaria, con responsabilidad compartida, como la educación y como parte de esta,  entre la escuela y la familia, donde lleva la última  la mayor parte por ser simiente y cuna.

También tienen responsabilidad innegable e ineludible los comunicadores institucionales, los diseñadores de libros, los intelectuales, los realizadores audiovisuales, los funcionarios, los subordinados, los editores, los dibujantes, sugiriendo nuevas o viejas, pero atractivas ofertas.

No voy a hacer distinción de géneros, todo es leible, y depende del gusto de cada quién. Y sea que ese también se educa, se siembra y cosecha en el momento oportuno para que en todo momento sepamos con certeza, donde queda la lectura.

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Diana Iglesias

Licenciada en Psicología, Universidad de Oriente 1998. Escritora de programas dramatizados históricos para la radio. Periodista en la redacción de la Oficina Cultural Ventana Sur. Colabora con las páginas web de La Demajagua, Crisol, AHS, CNC TV , ACN. Realizadora audiovisual, documentalista. Promotora cultural.

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