El beisbol, más allá del terreno

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Aficionados durante el juego entre los Alazanes de Granma, de Cuba, y los Criollos de Caguas, de Puerto Rico, en la LIX Serie del Caribe de Béisbol, en el estadio de los Tomateros de Culiacán, México, el 3 de febrero de 2017. ACN FOTO/Ricardo LÓPEZ HEVIA/sdl

El beisbol es un espectáculo cultural complejo. Para entrar en ese universo se requiere de una gran preparación física por parte de los atletas-actores, y de una extraordinaria predisposición síquica por parte de los consumidores, esos otros jugadores que por ser tantos, no podemos estar en el terreno: los públicos. Cada uno de los equipos contendientes sitúa a nueve jugadores en el terreno y de una manera monolítica conforma a un jugador extra desde las gradas y los hogares, su fanaticada, ese grupo de personas al que suelo llamar el décimo jugador. Los árbitros no se quedan solos, ellos también tienen jueces que les aprueban o desaprueban desde diversas posiciones lejanas al terreno.

Mi más remoto vínculo con la pelota, como decimos en Cuba, lo recuerdo de cuando tenía unos seis años de edad que mi tía Maty luego de una temporada en La Habana en la casa de una prima suya que estaba casada con un pelotero profesional, a su regreso me llevó un bate y una pelota rojos, ambos inflables. Como si fuera poco, este regalo ella lo acompañó con un traje de pelotero de color blanco con las letras azules del equipo Almendares (el antecesor de los Industriales) al pecho y el número 24 a la espalda. En su segunda temporada por La Habana regresó con una pelota autografiada por todos los jugadores del Almendares. Como es lógico, nunca supe valorar aquellos regalos como debía ser dada mi ignorancia producida por la inmadurez, y fue así como el ciclón Flora se hizo cargo de desaparecer mis recuerdos materiales beisboleros de la infancia.

Confieso que nunca he sido un gran fanático de la pelota, pero atrapado por el encanto del espectáculo me fui acercando hasta convertirme en un décimo jugador ocasional, o sea, lo que llamaría también, emergente. Luego fuimos mi madre y yo a vivir a la casa de su prima en La Habana y de ese modo, entró en mi vida ese tío que me adoptara como a uno de sus hijos y cuyo nombre comparto con ustedes: Asdrúbal Baró Hernández, al cual se le conocía en la American League y en la Liga Mejicana con el nombre de Al Baro, era muy difícil para ellos el nombre de Asdrúbal y así lo rebautizaron. Cada año, al terminar las temporadas mi tío Asdrúbal venia cargado, además de sus trofeos de Champion bate, de postales y álbumes con imágenes de los peloteros. Las postales en su reverso traían no solo los datos biográficos esenciales de cada uno, sino, además, los resultados de la temporada en cuestión. Fue siempre así hasta que dejó de jugar en el extranjero y se dedicara a ofrecer sus conocimientos y experiencias a las nuevas generaciones de peloteros cubanos.

Mi tío me llevaba al estadio del Cerro en aquellos tempranos años sesenta y allí descubrí que detrás del juego del terreno había otras cosas interesantes alrededor del beisbol. En Cuba también se hacían postales y álbumes con las imágenes de los peloteros de nuestros equipos (no sé si llamares nacionales) de entonces. Dentro del estadio del Cerro, hoy Latinoamericano, había una red de tiendas de un señor nombrado Malayo, que vivía en los bajos del edificio Crip, el más pequeño de las dos torres que se encuentran por detrás de la pizarra en las calles Pedroso y Amenidad. En Malayo´s Store todo lo que se vendía tenía que ver con el deporte, pero fundamentalmente con el beisbol. Estandartes, llaveros, gorras, pullovers, trajes, camisetas, etc., formaban parte del espectáculo. El espectáculo beisbol va mucho más allá de lo que sucede en el terreno y se mantiene todo un año a partir de lo que se acopia y de los recuerdos.

A veces me pregunto: ¿Qué impide que hoy se hagan todas estas cosas que antes mencionaba para que se conviertan en un pasatiempo nacional instructivo de los coleccionistas, y que a la vez sea más propio para la consagración de una identidad en los niños nuestros, en vez de tenerlos coleccionando postales de Yugui oh, de dragones, power rangers, y otros monstruos? ¿Por qué no despertar el coleccionismo de escenas, o estampillas de nuestros peloteros de las series nacionales o los equipos Cuba? ¿A dónde se habrán ido aquellos juegos de mesa de beisbol con cartas y dados? ¿Por qué no elevar el protagonismo de nuestras estrellas en los medios de modo que inspiren a nuevas generaciones? ¿Por qué esperar a una orden para hacer una producción masiva de los atributos de nuestros equipos provinciales? ¿Dónde está la iniciativa de nuestros comerciantes y la de nuestros pensadores? ¿Por qué cuando se hacen, los precios no son apropiados para el aficionado medio? Es toda una hemorragia en las calles la cantidad de estandartes y pullovers con nombres de futbolistas extranjeros, en cambio es difícil ver a los niños, jóvenes y no muy jóvenes con las camisetas de Blanco, Céspedes, Despaigne u otros de sus campeones. Esas son formas de mantener viva la serie todo el año.

Desde hace unos años hasta la fecha se vienen celebrando galas de premiaciones de los equipos ganadores una vez terminadas las series. En esta oportunidad se hizo en Granma, y fue muy justamente criticada en el periódico Granma pues no fueron el beisbol ni sus comentaristas o narradores de todo el año los protagonistas. Fueron muchos los deslices como aquel cierre musical… oiga, mire que se le ha escrito muy buena música a la pelota en este país. La Gala de las premiaciones, esta parte del espectáculo sin fin, debe ser el colofón de la temporada que termina y la puerta de la que comienza. El beisbol debe dejar de ser pensado tan cerrado y percatarnos que es, o debe ser, “toda una industria cultural” que mueve, debe mover, a su alrededor si pretendemos dignificarle como nuestro deporte nacional al más brillante pensamiento conocedor de sus interioridades.

Aun guardo una foto ampliada de mi equipo Almendares. No sé si los niños de hoy puedan decir lo mismo de su equipo Granma, el que se llevó el campeonato nacional del año 2017, cuando tengan mi edad. No sé si ellos podrán ser amantes del beisbol, no fanáticos de momento, ni si guardarán los recuerdos que les ataron a sus familiares queridos a través de un deporte, mientras que se reafirma la identidad. De todo esto, al menos yo, saco una conclusión que les comparto; El beisbol, más allá del espectáculo de los diez jugadores, las emociones de un juego o los cometarios posteriores, es todo un complejo socio cultural cuyo fomento está en nuestras manos. Ya estoy dando mi primer paso con la colaboración a esta Campana, que aunque dedicada a nuestros Alazanes tengo a bien re direccionar en su dedicatoria y hacerla llegar a quienes me iniciaron en el amor a este deporte; mis tíos Maty y Asdrúbal, al equipo Almendares de mi infancia, a Víctor Montero… y a Ted Williams: todos muy vivos en mis memorias gracias al beisbol.

Juan Ramírez Martínez

Doctor en Ciencias Sociológicas. Máster en desarrollo cultural comunitario. Profesor de nivel superior de Lengua Inglesa. Miembro de la Uneac y Fripresci. Realizador audiovisual.

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