El volcán de la independencia

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Perucho Figueredo fue también quien compuso la letra de nuestro Himno Nacional.

Cuenta José Maceo Verdecia en su libro Bayamo (1936) que la ciudad homónima era un hervidero de conspiradores contra el régimen colonial español en los meses intermedios del año 1867, comparable con la actividad de un volcán cuando está a punto de erupción.

Y no es una hipérbole lo que hago de la situación, solo narro con mis palabras lo que producto de las lecturas he comprendido.

Con los ojos y las cejas se hablaban en las calles y comercios los iniciados en las lides conspirativas, hombres y mujeres por igual. Los saludos de los nacidos en la tierra del ilustre pedagogo José Antonio Saco, dibujaban muecas al paso de los ibéricos, los abanicos de las damas llamaban a las reuniones secretas donde se cocinaba el fervor que pronto saltaría de los pechos y se convertirá en plomo.

El cráter está compuesto por lo más selecto entre los jurisprudentes del pueblo: Francisco Maceo Osorio, Francisco Vicente Aguilera y Pedro Felipe Figueredo Cisneros, integrantes del cuerpo de luces de la Logia.

De Maceo Osorio viene la estirpe del escritor Maceo Verdecia, pues es su tío por línea paterna, también es sobrino de Pedro Maceo Chamorro, oficial y sanitario del Ejército Libertador y nieto de Pedro Maceo Infante, eminente farmacéutico bayamés por cuya casa se dice comenzó la quema patriótica de Bayamo en la madrugada del 12 de enero de 1969.

La ebullición se manifiesta desde el dos de agosto de 1867, fecha en que Aguilera, Osorio y Figueredo convocan a sus coterráneos y amigos a unirse para formar las olas del magma que derruiría la esencia de la opresión.

Los hogares de los tres conspiradores son testigos de febriles arengas, argumentos y estrategias para el inicio de la lucha. En las noches de tenida, se reúnen en la Logia señalando la reunión con el sutil doblez de las corbatas, pasando al bufete de Maceo Osorio, contiguo a la asamblea de fraternidad y desvirtuando del real motivo a los españoles allí congregados.

En una de esas calurosas noches de agosto tomaron la decisión de constituir el Comité Revolucionario de Bayamo, núcleo que daría dirección democrática y efectiva al movimiento independentista y se fijó la velada constitutiva para el día 14.

Ante la actitud represiva de los gobernantes hispanos para con las reuniones de los nativos, estos esgrimen el pretexto de que estudiarían la manera más factible para el pago de las excesivas contribuciones y deciden que la cita suprema será en la casa de Perucho Figueredo, nada más y nada menos que en los lindes de la Plaza de Armas y cerca de las cedes del gobierno y el ejército español.

Pero tiene Perucho una familia educada en el amor a la tierra donde nacieron, a la libertad y por esposa además de bella, inteligente, sensible y poética mujer nombrada María Isabel Vázquez y Moreno que le ha dado once hijos e hijas. Con nervios de hierro prepara la casa para recibir la treintena de hombres que en el futuro decidirán los destinos de la nación.

Candelaria (Canducha) y Eulalia (Yayita) Figueredo Vázquez, son las encargadas de con canciones interpretadas al piano, enmascarar las emocionadas palabras de los aglutinados a puertas cerradas en aquella amplísima mansión colonial.

Se reúnen los apellidos más ilustres de la ciudad: Castillo, Figueredo, Estrada, Pacheco, Fernández de Castro, Tamayo, Aguilera, Portuondo, Acosta, Odoardo, Maceo, Bárzaga, Milanés, Céspedes Fornaris, Izaguirre, Bello, Villanueva, Palma, Moreno, Pérez, Mármol, aliados por líneas sanguíneas hay hermanos, sobrinos, tíos, por vecindad y lazos afectivos parientes, compadres, hermanos de logia unidos por el mismo ideal y dispuestos a los más duros sacrificios.

Aguilera, se yergue entre todos y provoca silencio de respeto y admiración, al hacer uso de su palabra reposada y serena, los presentes reconocen al líder en el hombre de la alta figura. Arenga decidido con el argumento más claro y preciso: libertar a Cuba, de la tutela de España por la fuerza, como único camino.

El eco unánime eleva los niveles de las voces, la aprobación es general y aprovecha el bayamés para esbozar el plan de la revolución inminente, ante las frustradas propuestas de los comisionados a las Cortes españolas y las lejanas reformas que no se avizoran en el horizonte cubano.

Le llega el turno a Perucho de tomar la palabra, encendida y vibrante para estimular a los presentes a no desvirtuarse del camino prescrito aquella noche a pesar de los avatares que les esperan y llamó a todos a jurar, y que detrás de ese conjuro se levantará el sol de la libertad.

Subidas de tono, la voz de Perucho ahoga los acordes del piano y las voces de sus hijas que en la sala no cesan de tocar y cantar. Aguilera le llama la atención y Figueredo contesta sonriente con la proposición más justa de la velada: la elección del núcleo directriz de aquella organización.

Por unanimidad, es electo Pancho Aguilera como el más capaz para asumir la tarea de dirección del grupo, de inmediato acepta y propone el nombramiento de otros dos miembros de la directiva del Comité, así resultan como Secretario Francisco Maceo Osorio y para vocal Perucho. Otra vez los inseparables amigos compartirán responsabilidades y riesgos juntos.

Afuera los espera Isabel, solícita con café y buenos puros para los fumadores, cortesía de la familia Figueredo Vázquez, disimula el nervio, hay aplomo en su sonrisa, no pregunta nada, su esposo le contará en la intimidad de la alcoba detalle por detalle, ella es dueña absoluta del ímpetu guerrero de aquel hombre tan sensible para la música como para las leyes.

Fernando Figueredo Socarrás, protagonista de aquellos tiempos, relata que los abrazos sellan el juramento, en los ojos hay esperanzas y ánimos, resolución de iniciar la devastadora guerra. Los tres amigos quedan solos, aflora entonces el lado más familiar y Maceo Osorio impele a Perucho a componer el canto de guerra que arengará en los campos a los cubanos.

Esa misma madrugada, acompañado por su fiel y poética Isabel, Pedro Figueredo Cisneros compone La Bayamesa, concebida al piano, guardándose la letra muy reservado para el momento más propicio.

La noche siguiente, el segundo soplido del volcán emana de las manos delgadas y firmes de Perucho sobre las teclas negri blancas del piano, es la música de La Bayamesa, que hace vibrar corazones al ritmo del instrumento y anonadados todos los presentes se miran. Bayamo tiene un Comité Revolucionario y un himno, solo hace falta que estalle el volcán mayor.

Diana Iglesias

Licenciada en Psicología, Universidad de Oriente 1998. Escritora de programas dramatizados históricos para la radio. Periodista en la redacción de la Oficina Cultural Ventana Sur. Colabora con las páginas web de La Demajagua, Crisol, AHS, CNC TV , ACN. Realizadora audiovisual, documentalista. Promotora cultural.

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