Los evangelios de la calma

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Sus voces se tornaban roncas de tanta lección y tanta lucha, los surcos de sus manos emblanquecían a diario de tanta tiza empleada en la pizarra, sus ojos se ensombrecían ante cada examen estropeado.

Tenían la calma de un tamaño celestial para soportar la travesura, la insistencia del oleaje del mar para corregirnos la pañoleta descorrida, la gracia constante para enseñarnos a escribir “casa”, “nube”, “vapor”, “cristal” o “lamparilla”.

Qué lástima no haberlos comprendido entonces, no haberles aquilatado el alma de evangelios, el corazón de padres inclementes, esos que regañan con suavidad, aconsejan con rectitud, sollozan con las despedidas y aman eternamente… aunque no estemos.

Galopaban con nosotros en las excursiones, trasnochaban en las acampadas, latían con las notas que, definitivamente, nos abrieron el destino.

Tuvo que sudar el almanaque para que los entendiéramos; para comprender ese desinterés que no se paga con mil regalos este 22 de diciembre, Día del Educador cubano. Pero ahora ya los calculamos, sin matemáticas, más allá de las aulas y las clases para saberlos esos evangelios vivos, de los que nos habló un pedagogo inmenso. Y van con nosotros, palpitando, con o sin palabras, hasta el mismísimo final.

Osviel Castro

Licenciado en Periodismo, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba (1995). Corresponsal del periódico Juventud Rebelde en Granma. Colaborador en temas de deportivos de la CNC TV Granma.

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