La última parada del General

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MANZANILLO, Granma.- Un monolito cúbico, grande y blanco, alzado sobre un pedestal, predomina en el paisaje de la estación ferroviaria de esta urbe, en la provincia oriental de Granma.

Es lo primero que se ve al entrar y lo último cuando se parte de ese punto, literalmente terminal de la línea férrea que nace en La Habana.
Todo el sentido de la piedra está en el rostro a relieve que sale de ella, mirando hacia la ciudad, todavía dolida por el crimen vil perpetrado en ese sitio exacto 70 años atrás.

La frente erguida y la mirada recta de Jesús Menéndez afirman desde la escultura que el General de las Cañas no murió allí. Sino que se alzó, por encima del tirador sanguinario, de los pagados milicos inductores, de la muerte misma, incluso.

Solo hizo una parada en su viaje, la última, porque desde entonces no se apeó más del tren de la historia, de la memoria de los hombres de caña.

El OCASO

Alrededor de las ocho de la noche del 22 de enero de 1948, llegaba a Manzanillo el tren desde Bayamo. En una de las últimas paradas, en el poblado de Yara, el líder azucarero había abordado el vagón número 8, a la par que su inminente asesino, el capitán de la Guardia Rural Joaquín Casillas Lumpuy, lo descendía.

Traía el encargo claro de matarlo cuando salió a perseguirlo, empezando por el central de Mabay. Pero el “gigante de ébano” ya había partido, dejando un acuerdo en desarrollo, según el cual la gerencia aceptaría las demandas obreras a cambio del inicio de la zafra.

Ni la crisis profunda de las finanzas norteñas, ni el servilismo de la sacarocracia nacional borrarían de un plumazo los beneficios de una Cláusula de Garantía que aseguraba los salarios de los azucareros, discutida y firmada allá mismo, en las entrañas del buitre, por la gestión insobornable del insigne sindicalista negro.

Y si él, biznieto de esclavos, nieto e hijo de mambises, fraguado niño aún en el rigor de la miseria, machetero, retranquero, purgador de azúcar en un central, había logrado doblegar la decisión de la Casa Blanca hasta hacerla ceder en las negociaciones directas por el precio de compra del azúcar, base del diferencial que ampararía las reivindicaciones obreras; ¿cómo iba a admitir que el concilio de empoderados nacionales del sector anularan sus conquistas?

A eso fue a Bayamo, y luego al central Estrada Palma (actual Bartolomé Masó), cuando ya había dejado detrás, de Occidente a Oriente, una veintena de ingenios con arreglos establecidos entre el sindicato y las administraciones. O había pago o no había azúcar, y ese era el lema entonces: “El diferencial en la punta de la mocha”.

Es muy probable que Casillas no entendiera de razones económicas en la lucha de Menéndez, mucho menos de las reivindicaciones que defendía. No fue para entender que lo instruyeron la noche anterior en el ¿Regimiento? de Holguín, en la mayor apuesta que hasta entonces hacieran a sus instintos sanguinarios.

Cuando baja los escalones del mismo tren en Yara, para ir a buscar al líder a Estrada Palma, quizás pensaba en el modo de provocarlo, de llevarlo al pretexto de una rebelión que debía castigar con su arma, arguyendo después defensa propia; pero lo vio en el andén, subiendo al vagón, y volvió sobre sus pasos, acercándose.

Varios artículos, incluida la opinión del historiador manzanillero Daniel Rodríguez, entrevistado por Granma, afirman que desde Estrada Palma, el representante a la Cámara Jesús Menéndez debía regresar a La Habana, pero por invitación de su acompañante, el también legislador Paquito Rosales (había sido alcalde de Manzanillo, primer comunista en ostentar ese cargo en el país, asesinado en 1958), pernoctaría en la ciudad costera.

En el trayecto, lo que fue inicialmente una aparente conversación cordial subió de tono, hasta que en la llegada inminente a Manzanillo, Casillas le expone su intención de llevarlo detenido al cuartel, y ante el argumento de su inmunidad parlamentaria y la férrea decisión de no acompañarlo, el militar rugió: ¡Te dije que ibas vivo o muerto!, y desenfundó el revólver.

Tres balas alcanzaron a Menéndez. La última, por la espalda, le destrozó el corazón.

HORAS OSCURAS

La noche se hizo más negra en Manzanillo, con la balacera. El cuerpo de Menéndez vaciándose de sangre fue cargado al instante y llevado, en un carro a la Casa de Socorro. Pero ya era cadáver.

El doctor Ángel Ortiz, de guardia en la instalación se dispone a la certificación, mientras la Guardia Rural cerca el lugar, temerosa de la creciente multitud indignada que llegaba desde cada calle.

Cuentan que parecía que el mar de la bahía se había hecho personas e inundaba la ciudad. Los miembros del Partido Socialista Popular habían corrido la voz, y aunque hubo porra y planazo contra la aglomeración, la jauría fue contenida por las autoridades locales, y en algún instante de aturdimiento militar, las masas cargaron el cadáver y lo llevaron hasta un recinto proletario.

El historiador Daniel Rodríguez vivía a apenas dos cuadras de la escena efervescente, y con 10 años, recuerda la movilización y el desconcierto de los guardias.
“Primero pensaron en llevar el cuerpo al local del Partido, pero luego decidieron trasladarlo a la Fraternidad del Puerto. Allí, sobre un escritorio y recostada la cabeza en una piedra, los doctores Ortiz y Juan Borbolla practicaron la autopsia”, explica Daniel.

“La rápida escaramuza popular frustró la maniobra castrense de que fueran forenses militares traídos desde Holguín quienes hicieran la necropsia y certificaran la muerte con evidencias falsas, de modo que pareciera un acto de defensa propia el ataque del capitán.”

Los restos viscerales de Jesús Menéndez fueron enterrados en un cantero de la propia Fraternidad, y tiempos después trasladados al cementerio municipal, donde existe hoy un pequeño obelisco.

Relata Daniel Rodríguez que fue una madrugada larga de constante tensión, en que nadie asumía todavía como cierta la muerte de aquel hombre magnífico que cargó sobre sus hombros y defendió con su vida los reclamos históricos de los trabajadores del azúcar.

Ni por negro ni por comunista mataron salvajemente al General de las Cañas, aunque es sabido que ambas cualidades añadían resabios a sus perseguidores. El móvil fue la ascendencia gigantesca que aquel joven de 36 años había logrado sobre del mayor sindicato del país monoproductor que era Cuba.

Jesús Menéndez no solo había triunfado en su estrategia política unificadora de la creación de un sindicato nacional, sino que desde esa plataforma logró inéditas conquistas proletarias como la creación del retiro azucarero, la participación de los técnicos y obreros en las negociaciones de la zafra, el aumento de los salarios a ferroviarios y marítimos, el Patronato de Higienización de bateyes, centrales y colonias, la reducción del peso a los sacos de azúcar, la lucha por la educación y la superación de los trabajadores, la aplicación de la Ley de Maternidad a las mujeres campesinas y muchas otras.

Manzanillo resultó, tristemente, el lugar en que Jesús Menéndez ofrendó el fragmento mortal de su vida, solo ese.

Su cuerpo fue levantado del suelo en los brazos del pueblo costero, que lo despidió al día siguiente con el mismo sentimiento enardecido con que lo reverenciaron en cada asentamiento que surcó el tren rumbo a La Habana, donde otra a la inaudita concentración lo recibió y acompañó de la estación al Capitolio. y luego al cementerio.

En el andén de Manzanillo hay una mancha de sangre imborrable, una lección que no se olvida, y un ejemplo mayor que permanece.
Hay una piedra también, labrada, blanca e inmóvil, como es la piedra; pero hay, además, algunas cañas, que se mecen todo el tiempo con el soplo del mar.
Setenta años después Jesús Menéndez sigue siendo eso: duro como la roca, vital como las cañas.

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