El alma grande de Francisco Vicente Aguilera

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Monumento a Francisco Vicente Aguilera en el Retablo de los Héroes, en Bayamo. / Foto: Luis Carlos Palacios. La Demajagua

Un cáncer de laringe acabó con la vida del ilustre patriota cubano Francisco Vicente Aguilera, casi congelado y en un día del crudo invierno neoyorquino, el 22 de febrero de 1877.

 Casi hasta su último minuto ofrendó sus servicios a la Patria aquel bayamés nacido en cuna opulenta, dentro de la familia más rica del oriente cubano, el 23 de junio de 1821.

 Luego de ofrecer de manera voluntaria y totalmente altruista sus cuantiosos bienes materiales a la causa de la independencia de su país, murió en tierra extraña, en la emigración y en la más absoluta pobreza.

 Sin embargo, Aguilera había ganado un sitial de honor entre los fundadores de la nación, por su activa participación en los preparativos de la primera gesta libertaria, la Revolución iniciada por Carlos Manuel de Céspedes en 1868, suceso trascendente cuyo aniversario 150 se conmemora en el actual año, el 10 de octubre.

 Aparte de la valentía, la fuerza de sus ideales políticos independentistas y antiesclavistas, que abrazó desde muy joven, en franca contradicción con sus intereses de clase, su pundonor de caballero de ley, no solo por su oficio de abogado y su amor por la tierra que lo vio nacer, Aguilera tuvo la luz especial que irradia un corazón bondadoso y sobre todo desinteresado, y una constante vocación de servicio rayana en lo increíble.

 Era el alma grande -en su dimensión más espiritual- de aquella pléyade de impetuosos caballeros que fundaron bajo su dirección el primer Comité Revolucionario de Bayamo y el Oriente, el 13 de agosto de 1867.

 En su casa y en la de Perucho Figueredo, que esa misma noche compondría la marcha guerrera La Bayamesa, con Francisco Maceo Osorio y Carlos Manuel de Céspedes, entre los participantes, no hubo mejor lugar de conspiración y fragua del futuro alzamiento.

 Ya Francisco Vicente había participado en intentonas revolucionarias independentistas en 1851 y 1855, sin resultados exitosos. Hay historiadores que calculan su fortuna, heredada del patrimonio familiar por encima de los dos millones de ducados, una cifra muy importante para la época, por su gran poder mercantil y de inversión, y que debía asegurar una vida de lujo de su familia por largos años.

 Poseía grandes extensiones de tierras dedicadas a la ganadería, producción de caña y otros cultivos, ingenios azucareros, tiendas, almacenes, haciendas y fincas, no solo en su natal Bayamo, también en Manzanillo, una parte del valle del Cauto y en Las Tunas. Era dueño del teatro principal de Bayamo y de una serie de inmuebles de diferente uso.

 Era diestro en el manejo de los negocios, a los que hacía crecer, tratando de usar los métodos capitalistas. De modo que los rumores de que entró en la guerra por su inminente ruina económica no eran ciertos.

 Se estima que los créditos que solicitó para algunas inversiones formaban parte de las nuevas prácticas que ya empezaban a imponerse en la economía burguesa y eran saldables, con ganancias, en los términos convenidos.

 Pero para Francisco Vicente Aguilera no había nada más importante que el deber que él mismo se trazó, de liberar a su Patria. No había algo más esencial que actuar con una honradez y un código moral sin tacha.

 Eso ya nos lo presenta como un ser extraordinario.

Hay algo que lo emparenta con lo hagiográfico en la historia de su vida. Y no porque hubiera una motivación mística en sus actos y convicciones, aparte de la comprensible religiosidad en que seguramente fue educado.

 No fue un santo, como tampoco lo fueron José Martí, Mahatma Gandhi, León Tolstoi, Nelson Mandela, Martin Luther King, Ho Chi Minh, por solo citar algunos grandes hombres, pero como ellos era un ser humano de una fuerza moral y espiritual tan enorme que daba para iluminar el planeta.

 Manuel Sanguily, otro prócer destacado de las primeras campañas por la independencia, escribió certeramente sobre él: “No sé que haya una vida superior a la suya, ni hombre alguno que haya depositado en los cimientos de su país más energía moral, más sustancia propia, más privaciones a su familia adorada, ni más afanes ni tormentos del alma”.

 Lo demostró cuando siendo el Jefe del Comité Revolucionario del Oriente, y Céspedes debió iniciar de súbito el estallido de la guerra, pues ya las autoridades estaban impuestas de los planes insurrectos y no se podía esperar más, supo subordinarse con lealtad y gran espíritu cooperador al nuevo jefe.

 Combatió y entró triunfante en Bayamo el 20 de octubre de 1868.

 Lo hizo cuando nunca escuchó, ni participó, sino que se apartó con dignidad, de las voces intrigrantes y divisionistas que trataron de enemistarlo con el iniciador y dividir la causa desde sus orígenes.

 Otro rasgo de Aguilera era su trabajo ferviente por la unidad de las fuerzas revolucionarias, aunque lamentablemente esa corriente, la del caudillismo y divisionismo fue ganando terreno y acabó tristemente con la primera etapa de 10 años de Revolución.

 Cuando la Asamblea de Guáimaro, fundadora de la legalidad de la primera República en Armas, fue electo vicepresidente y secretario de los asuntos de Guerra, tan grande era su prestigio, ganado por su entrega y su ejemplo de persona confiable e intachable.

…También respetó la decisión de Céspedes, sabedor de su pericia para los negocios, de enviarlo a recaudar fondos a Estados Unidos.

 Hubo una primera etapa en que algunos cubanos creyeron o soñaron con la ayuda del Gobierno de Estados Unidos. Pronto se dieron cuenta de las falacias. Pues ninguna expedición con alijo de armas o fondos destinados a la independencia pudo fructificar en el país norteño.

 Todo lo contrario, se pusieron todos los obstáculos posibles al triunfo de la causa de los patriotas cubanos desde esa tierra. El propio Aguilera dio fe del enorme egoísmo encontrado en las autoridades de ese país. También lo percibió en la clase opulenta cubana que vivía en la emigración.

…Tras un intenso e infructuoso peregrinar por Estados Unidos y Europa, acabó por perder lo poco que le quedaba tras la guerra. Ya muy enfermo y en la miseria, pero rodeado por el cariño de sus hijos, hizo esfuerzos por regresar a Cuba, pero no lo consiguió. Dicen que casi hasta el final trabajó intentando reunir recursos para enviar a la Isla amada, ya como el más humilde los cubanos, pues desde hacía tiempo le habían despojado de todos sus cargos.

 No importa eso ahora, los hijos agradecidos de hoy se los han vuelto a dar desde el fondo de su corazón, aunque saben que él no se ofrendó por ellos. Pero es un agradecimiento, una honra, para que vivan por siempre Francisco Vicente Aguilera y su ejemplo.

Agencia Cubana de Noticias

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