Julita Guevara, combatiente de armas tomar

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Julita Guvara, combatiente bayamesa. / Foto cortesía de la autora

Abril de 1958 sorprende a la bayamesa Julia Guevara Casate junto a la tropa de Camilo Cienfuegos en los llanos del Cauto, la acompaña su amiga Elvira Paneque, son muy jóvenes ambas, pero tienen la estirpe de Mariana, y aunque sienten miedo a los tiros y la fiereza del ejército de Fulgencio Batista, están decididas a luchar hasta su muerte, si es necesaria, para instaurar la justicia y la paz en la patria que aman.

Cientos de mujeres jóvenes como ella se expusieron durante décadas por la libertad de Cuba, en la última etapa de la lucha revolucionaria. Mujeres que fueron víctimas de amenazas, golpes, violaciones de su intimidad, y se vieron obligadas a subir a la Sierra Maestra y otros macizos montañosos o simplemente a coger monte o esconderse por las represalias a la actividad política.

Desde finales de 1957 Julia se vincula con la guerrilla urbana que lidera Orlando Lara, capitán que hace estremecer las fuerzas castrenses y mantiene a Bayamo en pie de guerra. Vinculada al trabajo de acción y sabotaje que realiza el movimiento 26 de julio, comparte jornadas y acciones con los líderes Vicente Quesada y Flora Mirabal, otra incansable mujer que sufrió en su propia carne los peores vejámenes del régimen.

La vida en la ciudad se le hace imposible, a ella y a su novio, el revolucionario Roberto Reyes, un hombre alto y agradable que la enamora en medio de los avatares del movimiento. Amenazados de muerte se van al monte, Fidel Castro, máximo líder del Ejército Rebelde, decide que la tropa al mando de Roberto Reyes, el baracoeso, opere en los llanos del Camagüey, en julio de 1958.

Atrás quedaban las riesgosas misiones acometidas por Julita durante los años 1957 y 1958 en Bayamo, donde el capitán Pedro Morejón hacía gala de su fiereza y crueldad. Para desafiar a los cuerpos policiales había que ser titanes del valor. El traslado de compañeros hacia casas seguras y el trasiego de armas, incluso desde otros municipios hacia la Ciudad Monumento encontraron en ella una dispuesta combatiente.

El acopio de material de curaciones, medicamentos, ropas, alimentos y otros avituallamientos para los guerrilleros se convirtió para Julia en la razón de existir. Así se hizo blanco de la represión, su solo nombre hacía temblar a la soldadesca, era capaz de burlar cercos, registros. Llenaba la ciudad de carteles volantes, y agitaba a los habitantes para sumarlos a la causa revolucionaria.

En Camagüey opera la tropa de Roberto Reyes causando desconcierto a las fuerzas enemigas, a las que atacan con el sistema guerrillero pues la zona es llana, inhóspita y encuentran poco apoyo local. En medio de un bombardeo en julio de 1958, encuentra el valeroso joven la muerte. Julita, impactada por los bombardeos no sabe de la pérdida, la que sacudirá lo más profundo de su ser, sin renunciar a continuar combatiendo. Unos días de necesario descanso para poner en orden las ideas, la hace tomar la decisión más arriesgada. ¡Me quedo a cumplir con la orden de Fidel!

Seguidos por las fuerzas aéreas que bombardeaban constantemente, se desplazaban de noche. De día se guarecían en la maleza y causaban estragos en distintos puntos estratégicos, alejándose con rapidez, dando la impresión de ser una numerosa fuerza. Así detienen el tránsito en la carretera central, y queman autos. Estas fueron acciones que sonaron en la isla, dirigidas por Julita con absoluto dominio de las técnicas de ataques sorpresivos. Oquendo, Kike, Ariel Zamora, Carlos, Blas Candela son los nombres que recuerda Julita ya octogenaria, eran muchos más compañeros, me dice, pero el almacén mental está un poco disperso, y es lógico.

Aunque ya no vienen a su boca los nombres de todos sus compañeros, el gesto de las manos en el pecho con absoluta ternura me indica que Julia no olvida en sus sentimientos a quienes corrieron junto a ella graves peligros y la respetaron como mujer y jefa.

La dureza del combate diario le hizo perder peso corporal, el pelo largo y amoldado con exquisitas ondas se convirtió en un ralo pelado para comodidad de la vida guerrillera. Las difíciles condiciones no la sacudían, enfrentaba con estoicismo largas caminatas, hambre, sed, el acoso de camiones de guardias rurales y los bombardeos, pero las pérdidas de sus hombres, iban dinamitando el espíritu.

Una tarde, mientras esperaban agazapados para sorprender un tren que debía ser tomado antes por un comando de tres hombres bajo su mando, recibe la noticia de que no pudieron detener la mole de hierro y que de los tres solo queda uno herido. De inmediato, ataviada como una campesina, toma un auto y evacua al herido hasta la ciudad de Camagüey, con todo el peligro que implica entrar a la urbe rodeada por la soldadesca enemigo que la busca para matarla, se arriesga por salvar al compañero y lo logra.

Deteriorada la salud por la mala alimentación, el dolor de la pérdida de su compañero en la vida, la muerte de otros de su tropa, el constante acoso del enemigo que no les permite descanso, mellan la estabilidad física y emocional. La orden de esconderse en La Habana vino desde la Sierra Maestra, Fidel Castro orienta que es preciso resguardar a esta valiosa mujer.

En La Habana es hecha prisionera en los últimos días de diciembre, una delación pone al descubierto el lugar donde se esconde. Ni el peligro de ser eliminada, los golpes en la mesa y las preguntas constantes en las frías madrugadas le arrancan una confesión. En los calabozos de Columbia vio la bayamesa Julia Guevara Casate los albores de la Revolución, la que ella había amasado en sus propias entrañas, por la que había peleado y expuesto hasta su vida y a la que seguirá fiel aún a sus 80 años, cuando la memoria se tambalea y los males del cuerpo aparecen sin ser llamados.

Julita Guevara al triunfar la Revolución cumple innumerables tareas en la Federación de Mujeres Cubanas, los Comité de Defensa de la Revolución, la Casa de las madres y familiares de mártires de la Revolución donde prestó sus servicios de manera altruista después de jubilada para con celo, acometer la atención a decenas de mártires, héroes y sus familiares.

En octubre de 2018, cumplirá Julia Guevara 80 años de vida, estremecida aún por tantos y tan profundos recuerdos. Confiesa que su pensamiento vuela al evocar esos días, y traen a Flora Mirabal, su compañera vejada y torturada, a Camilo y sus bromas, a Vicente Quesada tan gentil y valiente, a los muy jóvenes asesinados Mario Alarcón, los hermanos Lotti, a Lara, Pochocho y el resto de sus muchachos. Los ojos se humedecen y el rostro baja apacible. Detrás de la fragilidad emerge la fuerza de una mujer todo valor.

Diana Iglesias

Licenciada en Psicología, Universidad de Oriente 1998. Escritora de programas dramatizados históricos para la radio. Periodista en la redacción de la Oficina Cultural Ventana Sur. Colabora con las páginas web de La Demajagua, Crisol, AHS, CNC TV , ACN. Realizadora audiovisual, documentalista. Promotora cultural.

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