Los innings más largos del mundo

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Incluso en las Grandes Ligas, están tratando de que los juegos de pelota sean más breves; en Cuba, aunque no sea el propósito, pareciera que se trabaja a la inversa

En el mundo, hasta en las Grandes Ligas, están tratando de que los juegos de pelota sean más breves; en Cuba, aunque no sea el propósito, pareciera que se trabaja a la inversa. Cada vez los partidos duran más, y no es que sean amenos, reñidos, ni que se desgrane sobre la grama un arsenal de variantes tácticas que mantengan con los ojos abiertos a los espectadores. Vea la sub-23 y dígame después.

Terminada la segunda subserie, este campeonato no solo desluce por la baja calidad técnico-táctica, sino también, y en exceso, por la abundancia de desafíos iniciados cuando el sol raja bolas y que acaban casi a media luz.

Podría parecer que están divorciados ambos asuntos: la calidad técnico-táctica y los juegos larguísimos, pero en la práctica tienen vínculos muy sólidos. Sería útil poder deslindar en cuestiones de demora, cuánto depende de los lanzadores y cuánto de los demás jugadores.

A ojos vista, los primeros le ponen demasiadas pausas al reloj, y eso atenta contra el control. Tantas bases por bolas, que llenan sacos, y batazos que no deberían conectarse, son la resultante de la falta del principal atributo de un pitcher: su control, y sin él no hay táctica.

Por muchas capacidades físicas y habilidades técnicas que logren los atletas, sin fortalezas mentales que aseguren un rendimiento óptimo, los resultados no se van a corresponder con lo deseado.

Vayamos a la práctica. Se necesita de lanzadores no solo con puntería, que coloquen la pelota en determinada zona de pitcheo, sino, y esto es más importante, que sepan manejar sus emociones, para que puedan reducir al mínimo el impacto del arbitraje, los fanáticos, las condiciones del juego y otros elementos que, de no saberlos controlar, impiden que se ejecuten técnicamente bien los movimientos y al final no cumplen el plan táctico. Resultado: ilógicas bases por bolas, batazos de todo tipo y por todas partes, pitcheos salvajes, etc.

La categoría sub-23 es casi el último llamado para que un pelotero que aspire al éxito desarrolle procesos mentales imprescindibles como la observación, análisis, atención, pensamiento, y también aprenda a manejar estados emocionales tan nocivos como la excitación, ira, ansiedad, estrés. Sobran los ejemplos, ¿verdad?

Innecesarios paseítos en el montículo y tantas protestas de conteos, entre otras indisciplinas que no se deberían permitir por el bien del béisbol cubano, limitan el crecimiento integral de nuestros serpentineros, quienes pierden, obviamente, el control de la situación de juego y de paso, el comando de sus pitcheos.

Pareciera que pocos han leído a los grandes entrenadores cubanos. Dígase, Pedrito Pérez, José Manuel Cortina, entre otros. Lo que se ve en el terreno, es por mucho, la antítesis. Mientras, los juegos se alargan, los aficionados se van o no van, los muchachos no aprenden todo lo que deberían, y si saben teóricamente, no lo exhiben en la práctica.

 

Por Norland Rosendo

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