Aquí y ahora: Ética y profesionalidad

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Una movilización masiva con la participación de trabajadores de diversos organismos, estudiantes, combatientes, y pueblo en general, convocada para eliminar obstáculos en las vías, provocados por los vientos del huracán Irma a su paso por la región central de La Habana, Cuba, el 15 de septiembre de 2017. ACN FOTO/ Omara GARCÍA MEDEROS/ rrcc/ Foto archivo
Una movilización masiva con la participación de trabajadores de diversos organismos, estudiantes, combatientes, y pueblo en general, convocada para eliminar obstáculos en las vías, provocados por los vientos del huracán Irma a su paso por la región central de La Habana, Cuba, el 15 de septiembre de 2017. ACN FOTO/ Omara GARCÍA MEDEROS/ rrcc/ Foto archivo

Somos capaces de llevar adelante hazañas que sobrepasan en mucho la dimensión de la Isla. Afrontamos con valentía, entrega, eficiencia y desinterés la epidemia de ébola en África. Acudimos en ayuda de Guatemala, sumida en la tragedia de la erupción volcánica. Sin embargo, no observamos comportamiento similar ante los problemas acuciantes de nuestro vivir cotidiano, lastrado por fisuras en el plano de los valores, por manifestaciones de corrupción y por la indiferencia ante lo mal hecho.

Tropezamos con estos fenómenos lacerantes en el batallar de cada día, aunque  cometeríamos un grave error al considerar que estos males se han arraigado en el conjunto de la sociedad. Nuestro pueblo conserva enormes reservas morales, afincadas en una autoestima que se acrecienta con los logros tangibles de la obra revolucionaria y la asunción de un compromiso que se sobrepone a la adversidad.

Cada mañana, como tantos ciudadanos, el médico acude puntual a su consulta, después de sobrellevar los problemas del transporte. Allí, sereno y concentrado, asiste a los pacientes en un prolongado horario laboral. Es su compromiso primordial con el alivio del dolor y la salvaguarda de la vida.

Contraparte de esa conducta ejemplar resulta el comportamiento de quienes, a pesar de las medidas que se han venido tomando, siguen lucrando con el comercio ilícito de medicamentos indispensables para la atención de enfermos, ancianos y niños, y proyectan una sombra sobre un sistema de salud pública volcado, en medio de las dificultades económicas, al empeño de garantizar el bienestar de los cubanos.

Inseparables, ética y profesionalidad atraviesan la sociedad en su totalidad. Preservan valores. Intervienen de manera determinante en el funcionamiento armónico de las instituciones y en el consiguiente ejercicio del buen gobierno.

Movilizan la conciencia individual y colectiva en favor del proyecto común de sobreponerse a la adversidad con vistas a seguir edificando nuestro proyecto de nación. Repercuten en la solución de problemas económicos al sanear los lastres derivados de las insuficiencias administrativas y del despilfarro de los recursos humanos y materiales. Por citar lo más evidente, en la información cotidiana aparece la mención del empeño reiterado de realizar reparaciones capitales en obras ejecutadas con fecha relativamente cercana.

Por otra parte, la sostenida  voluntad política de afrontar la solución de las dificultades derivadas de la falta de mantenimiento de las redes soterradas, garantía de suministros de agua y de preservación de la higiene de la ciudad, se traduce en apertura de zanjas inadecuadamente recubiertas, fuente de otros males que imponen el emprendimiento de otras inversiones. En casos como este, el control efectivo requiere de la eficaz supervisión técnica a cargo de especialistas calificados y responsables.

La matriz originaria de todo fundamento ético se configura en el seno del hogar. Encuentra su primer espacio de socialización en el ámbito de la escuela, donde se definen las bases iniciales de la conciencia ciudadana.

La práctica profesional, en cualquier oficio, desde la tarea manual aparentemente más humilde, hasta los empeños intelectuales de más alta calificación, imbrica ética y responsabilidad social en un mismo accionar, presididos ambos por la irrenunciable defensa  de la verdad, así como por la práctica sistemática de la crítica y la autocrítica. Por encima de todo habrá de prevalecer el respeto insobornable a la ley, garantía consensuada de la estabilidad, del orden interno y de las normas de conducta sustentadas en la solidaridad.

Más allá de las conmemoraciones consagradas a evocar su inmensa figura de batallador consecuente en favor de los desheredados de la tierra, el Che permanece entre nosotros en la defensa cotidiana de los valores que habrán de guiarnos para remontar la cuesta, unir voluntades y superar las dificultades derivadas del adverso panorama económico.

En la guerrilla y en la construcción socialista fue, ante todo, un educador. Demandó a sus cuadros la superación permanente y, de manera especial, la austera ejemplaridad en la conducta. Detectó los peligros inherentes al asomo de cualquier tendencia a la burocratización, manifiesta a veces en el ocultamiento de la verdad y en la tergiversación de las cifras de cumplimiento de los planes. Por ese rumbo tenemos que seguir andando. Tu rostro, Comandante Che Guevara, no es una imagen congelada en el tiempo. Tu ejemplo es una fuerza viviente que nos acompaña en la áspera brega cotidiana por hacer justicia, trabajar mejor y seguir sembrando conciencia.

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