La madrugada del 26 de julio de 1953

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Foto: Luis Carlos Palacios.

El 25 de julio de 1953, la ciudad de Bayamo, estaba tranquila, nada indicaba  que en sus entrañas se gestaba  un movimiento que horas más tarde la conmovería.

La principal arteria comercial, la calle General García estaba  repleta de personas que hacían  sus compras como cualquier  día normal. En  el Liceo, en el círculo social  y la colonia española, muchos se dedicaban  a pasar un rato agradable.

Mientras esto sucedía  en el centro de la ciudad,  un grupo de jóvenes amigos de Renato Guitart,  vivían desde hacia varios días   en una casa alquilada,  a dos cuadras del cuartel, con el pretexto de dedicarse a la cría de pollos.

La casa estaba llena de jaulas, alimentos avícolas y libros sobre cómo criar estas aves, y como  días anteriores al 25 de julio,  se bañaron en el río, se  tomaron fotos de distintos ángulos  del cuartel. Algo  normal,  se pensaba que era una actividad propia  de  visitantes interesados en lugares  históricos de la ciudad.

Mientras esto sucedía,  jóvenes  procedentes de La Habana  llegaron a  Bayamo,  se hospedaron  también en el hotel  Gran Casino  y en el mediodía  se recogió  el armamento que  fue trasladado por tren.

Entre las 9 y las 10 de la noche, llegó Fidel  a la casa, en tránsito para Santiago de Cuba, les dio a los muchachos las últimas instrucciones, la de atacar el cuartel Carlos Manuel de Céspedes.

LA MADRUGADA DEL 26 DE JULIO DE 1953

Veintiún hombres armados, dirigidos por Raúl Martínez Arará,    partieron para el combate  a las 4 y 45 de la madrugada del 26 de julio de 1953.

El plan inicial consistía en que el jefe de los asaltantes, vestido de militar, se acercaría a la entrada principal del cuartel acompañado por un residente en la ciudad, muy conocido por la guarnición, quien identificaría a su acompañante como amigo y solicitaría que le permitieran pasar la noche allí con el argumento de que al otro día seguirían para Santiago de Cuba .

Una vez adentro del cuartel  desarmarían a la posta y obligarían a abrir la reja de entrada para darles paso a los demás asaltantes.

Estos se encargarían de neutralizar a los restantes soldados que dormían y de abrirles la verja trasera a los demás revolucionarios para completar la ocupación del cuartel.

Los jóvenes comenzaron a avanzar sigilosamente hacia la parte trasera del cuartel,  para llegar tenían que atravesar dos cercas. Pasaron por debajo la primera, pero entre esta y la segunda encontraron un obstáculo inesperado: un montón de latas de conserva, con las que tropezaron y el ruido puso sobre aviso a la posta del cuartel.

Fracasado el factor sorpresa del que dependía el éxito de la acción, el débil armamento de los revolucionarios no podía enfrentar con efectividad el fuego de los militares, y los revolucionarios decidieron retirarse.

La mayoría de los atacantes salvaron sus vidas gracias a la ayuda valiente y desinteresada de vecinos de la ciudad  y otras localidades. En el combate solo fue herido  Gerardo Pérez-Puelles.

La estrategia de la acción del 26 de julio de MIL 953,  quedaba sintetizada en la frase  de Fidel Castro, “hace falta echar a andar un motor pequeño que ayude a arrancar el motor grande”.

Aunque los asaltos a los cuarteles Moncada de Santiago de Cuba y Carlos Manuel de Céspedes y constituyeron un revés táctico, fueron considerados como guía de un programa de liberación nacional y del método de lucha que podría derrocar la tiranía, sin el cual hubiese sido imposible el triunfo de la Revolución.

Cinco años, cinco meses y cinco días después del asalto al Moncada triunfó la Revolución cubana, resultado de la tenacidad y valentía del pueblo.

Caridad Rosales Aguilera

Periodista y directora de programas radiales en CMKX Radio Bayamo.

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