Inolvidables flores de la Patria

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Imagen tomada de la Demajagua

Las sacudidas de los cuerpos una y otra vez dentro del mar, en la costa habanera significaba el final de las vidas de las dos mujeres, mas ni un quejido exhalaron, contaba años después uno de los testigos presenciales del asesinato de Lidia Doce y Clodomira Acosta el doce de septiembre de 1958, hace hoy sesenta años comenzaba el calvario que  consumaría  el crimen varios  días después.

Mucho debieran de sufrir los golpes, las vejaciones y ofensas verbales. Lidia, agujereado su cuerpo por un proyectil había perdido tempranamente la conciencia y con palos pretendieron reanimarla para tratar de sacarle las valiosas informaciones que poseía acerca del movimiento de las tropas en el oriente y las últimas acciones del movimiento 26 de julio en la capital de la isla.

Por esos días ya los comandantes Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara de la Serna se movían con cerca de cuatro centenas de hombres hacia el centro de la isla, con el firme propósito de extender la guerra de guerrillas. Lidia y Clodomira eran conocedoras de los planes, pero nada dijeron a sus captores.

Delatadas la ubicación del apartamento del reparto Juanelo en el municipio San Miguel del Padrón,  lugar donde se refugiaban en La Habana, a donde fueron a cumplir sendas misiones guerrilleras, vieron morir casi de inmediato a los compañeros de lucha Alberto Álvarez, Reynaldo Cruz, Onelio Dampiel y Leonardo Valdés, acribillados a balazos por los hombres del temible coronel Esteban Ventura Novo.

Los jóvenes masacrados habían cumplido con la misión de secuestrar la Virgen de Regla motivo por el cual la efigie estaba ausente a los festejos conmemorativos en su honor, lo que significaba un hecho desmoralizante a las fuerzas policiales, además del ajusticiamiento de Manolo el Relojero, un connotado chivato de la tiranía.

Veinte años había de diferencia  entre Lidia y Clodomira. La primera oriunda de Velazco en Holguín,  de  tez blanca, complexión fuerte y entrada en carnes. Clodomira en cambio menuda y trigueña, había nacido en las profundidades de la Sierra Maestra, en un caserío conocido como Cayayal, cerca de Providencia, cuando aún la carretera que une ese poblado con la cabecera municipal era apenas un camino pedregoso apenas transitable.

La hermandad de los ideales y las duras jornadas solitarias caminando entre ríos y montañas las unieron, así como la absoluta confianza y admiración que despertaron entre sus jefes, Fidel y el Che, y el resto de los combatientes de la Sierra.

Lidia pudo haber escapado del fatídico día doce,  había sido ubicada en Guanabacoa, pero su instinto materno y protector hacia Clodomira, la hizo irse hasta San Miguel del Padrón y compartir la suerte de su compañera, en un lugar bien peligroso.

Con el mismo celo Clodomira devuelve el gesto maternal de Lidia. Cuando la joven ve que los sicarios empujan  Lidia y esta se golpea la cabeza haciéndole brotar los ojos salta al rostro de sus captores y les clava las uñas recibiendo entonces en su menudo cuerpo una avalancha de golpes que habían estado destinados para su colega que yace en el piso inconsciente.

Sensaciones de impotencia y dolor sintieron Fidel y el Che junto a los revolucionarios que conocieron a Lidia y Clodomira, al conocer del asesinato de estas dos mujeres inigualables, inolvidables por el pueblo de Cuba.

Diana Iglesias

Licenciada en Psicología, Universidad de Oriente 1998. Escritora de programas dramatizados históricos para la radio. Periodista en la redacción de la Oficina Cultural Ventana Sur. Colabora con las páginas web de La Demajagua, Crisol, AHS, CNC TV , ACN. Realizadora audiovisual, documentalista. Promotora cultural.

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