El  día que conocí de la muerte del Che

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El Che se desplaza con la Columna 8. / Foto: Captura de video

Conocí de la muerte de Ernesto Che Guevara, por mis maestros de la enseñanza primaria, fue un momento difícil para todos.

Hubo un profundo silencio, sentimos un indescriptible y profundo dolor, los rostros infantiles se llenaron de lágrimas.

No podíamos comprender por qué ese hombre de pelo largo el cual abrigaba bajo una boina con una estrella solitaria había sido asesinado en tierras tan lejanas como Bolivia.

Y es que desde muy pequeños aprendimos a amar al argentino que llegó a Cuba vistiendo uniforme guerrillero en la tropa heroica del yate Granma, comandado por Fidel Castro, y entre cubanos cabalgó montañas.

Junto al comandante Camilo Cienfuegos, invadió el occidente cubano y en la clarinada de 1959 comprobó la validez de la tesis martiana: para ganar la paz era menester volver a hacer la guerra necesaria.

Y es que desde muy pequeños conocimos de su inquieto andar cubano entre trajines administrativos y proyectos guerrilleros, de su inteligencia y carácter intransigente, en extremo austero, primero que todo consigo mismo.

Supimos que cuando el tres de octubre de 1965 el Comandante en Jefe Fidel Castro informó la relación de integrantes del primer Comité Central del Partido Comunista de Cuba, todo el país vibró al conocer el texto de la carta firmada por quien allí faltaba. “…Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos. Yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba y llegó la hora de separarnos.”

El Che se marchaba de Cuba. Contaba 37 años de edad. Llevaba consigo la vocación de Bolívar y un puñado de hermanos guiados por la estrella martiana. Surgía una nueva etapa en la vida del Guerrillero más famoso de la historia.

Tras dos años de incertidumbre, en los que la presencia beligerante de Che y su guerrilla en tierras sudamericanas se convirtió en pesadilla para los oligarcas, llegó la noticia de su muerte

Ese día de octubre de MIL 967, supimos que lo asesinaron en la escuela de La Higuera, en Bolivia. Tenía 39 años de edad. Le dispararon una ráfaga de ametralladora. Después un sargento borracho creyó rematarlo con un tiro de pistola. No sabía el iluso que aquella detonación marcaba la resurrección de Ernesto Che Guevara.

A partir de entonces a ese apelativo se añadiría el de un símbolo trascendente: El Guerrillero Heroico.

Hoy, su imagen multiplicada recorre avenidas, tapiza escuelas y hogares, se eleva en pancartas y aparece sobre camisetas y hasta tatuada en la piel de los humanos. No se trata de un culto específico, y aunque en sitios humildes, indios y aldeanos encienden velas e imploran milagros mientras evocan al Guerrillero Heroico, él es universal y pertenece a todos los hombres dignos.

Caridad Rosales Aguilera

Periodista y directora de programas radiales en CMKX Radio Bayamo.

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