El 10 de octubre desde la visión de Martí

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Foto: Internet

Pocos hechos tuvieron tanta repercusión en José Martí como la guerra de los 10 años. La primera de nuestras contiendas, en la cual se derrochó tanto valor y sangre a pesar de su fracaso, constituyó una gran enseñanza para el apóstol, quien la estudió a plenitud y descubrió los errores que no debían repetirse para lograr en una futura contienda la independencia nacional.

Nadie mejor que Martí para cronicar y evocar la Guerra Grande en algunos de sus aniversarios, por eso cada 10 de octubre era un pretexto ideal para reflexionar sobre los hechos de aquella conflagración de acción desmedida, pero desgraciada.

En su discurso del 10 de octubre de 1887 refería: “(…) Los misterios más puros del alma se cumplieron en aquella mañana de La Demajagua, cuando los ricos, desembarazándose de su fortuna, salieron a pelear, sin odio a nadie, por el decoro, que vale más que ella: cuando los dueños de hombres, al ir naciendo el día, dijeron a sus esclavos: “¡Ya sois Libres!” ¿No sentís, como estoy yo sintiendo, el frío de aquella sublime madrugada?… ¡Para ellos, para ellos todos esos vítores que os arranca este recuerdo glorioso! ¡Gracias en nombre de ellos, cubanas que no os avergonzáis de ser fieles a los que murieron por vosotras: gracias en nombre de ellos, cubanos que no os cansáis de ser honrados!”.

Dos años después reflexionaba que: “Aquellos tiempos eran de veras maravillosos. Con ramas de árbol paraban, y echaban atrás, el fusil enemigo; aplicaban a la naturaleza salvaje el ingenio virgen; creaban en la poesía de la libertad la civilización; se confundían en la muerte, porque nada menos que la muerte era necesaria para que se confundiesen, el amo y el siervo; el hombre lanudo del Congo y el Benin defendía con su pecho a los hombres del color de sus tiranos, y moría a sus pies, enviándoles una mirada de lealtad y de amor…”.

En la conmemoración de la efeméride en 1891 expresaba: “(…) Aquellos padres de casa, servidos desde la cuna por esclavos, que decidieron servir a los esclavos con su sangre, y se trocaron en padres de nuestro pueblo; aquellos propietarios regalones que en la casa tenían su recién nacido y su mujer, y en una hora de transfiguración sublime, se entraron selva adentro, con la estrella en la frente; aquellos letrados entumidos que, al resplandor del primer rayo, saltaron de la toga tentadora al caballo de pelear; aquellos jóvenes angélicos que del altar de sus bodas o del festín de la fortuna salieron arrebatados de júbilo celeste, a sangrar y morir, sin agua y sin almohada, por nuestro decoro de hombres; aquellos son carne nuestra, y entrañas y orgullo nuestros, y raíces de nuestra libertad y padres de nuestro corazón, y soles de nuestro cielo y del cielo de la justicia, y sombras que nadie ha de tocar sino con reverencia y ternura ¡ Y todo el que sirvió, es sagrado! (…)”.

Pero Martí no solo vio las heroicidades sino las faltas que minaron el triunfo, por eso en 1890 decía: “Porque nuestra espada no nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer nosotros mismos; y no estamos aquí para decirnos ternezas mutuas, ni para coronar con flores de papel las estatuas heroicas, ni para entretener la conciencia con festividades funerales, ni para ofrecer, sobre el pedestal de los discursos, lo que no podemos ni intentamos cumplir; sino para ir poniendo en la mano tal firmeza que no volvamos a dejar caer la espada. Época de aprovechamiento y de reconstrucción es esta época, y tregua más útil tal vez que el triunfo mismo, e indispensable acaso, para el triunfo: que es lo que no se ha visto en Cuba, y por donde toda la política cubana yerra, porque no han entendido que un pueblo que entra en revolución no sale de ella hasta que se extingue o la corona”.

Tales reflexiones sirvieron de guía a la Generación del Centenario, la cual al mando de Fidel y con las doctrinas del Maestro en el corazón, tuvieron el honroso privilegio de hacer realidad el sueño libertario de Martí, aquel glorioso primero de enero de 1959.

Yelandi Milanés

Licenciado en periodismo en la Universidad de Oriente. Labora en el semanario La Demajagua.

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