Un número cultural

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«Y para amenizar, un número cultural…»

Nadie en la plaza es tomado por sorpresa. Ni los niños formados bajo un sol de ocho de la mañana que es demasiado parecido al de las 11.

Claro, es lo que va, ¿no?. Todo el mundo lo sabe. Un acto que se respete lleva pincelada cultural.

Nadie conoce quién instituyó la norma, en qué año, si es decreto o regla cívica; pero la cosa es que todos lo esperaban como sello de legitimidad ceremonial: los maestros, la visita de Educación, los familiares también, a quienes ya preocupaban las gotas en las sienes infantiles, y los hilillos húmedos que «pegaban» a los cuerpos pequeños las blusas y las camisas pulcras del primer día de clases, de la primera hora de un curso nuevo.

La ocasión especial que es el inicio del año escolar merece no saltarse el detallito. Es más, valía la pena ponerle ese ingrediente sorpresivo que aquel cantante popularísimo constituye en sí mismo.

Hay aplausos a la entrada del artista y abajo, en primera fila, la directora de la escuela sonríe. «Esto será un broche de oro».

El intérprete agradece. Introduce otras palabras que exaltan la imagen bella de los uniformes en la plaza, los rostros tiernos y alegres de los niños, el momento maravilloso que significa volver a las aulas, y la cultura nuestra, claro, que no puede faltar, «la de aquí, la que nos representa, símbolo de identidad y cubanía (entra el background), la que debemos conocer y nunca olvidar, como este clásico de la trova nacional que ahora les cantaré para saludar con alegría el nuevo curso escolar: ¡Lágrimas negras! Auuunque tú, me has echado en el abandoonooo…»

No pocos padres se miran entre sí. Algo inconexo hay entre el título y la ocasión. Es un exquisito número, nadie lo duda, por lo menos entre los adultos, porque los ojos de los niños de primero, de segundo y hasta de tercer grado todavía preguntan qué será identidad, y no entienden la letra de un gigante Matamoros que no quiso «maldecirte con justo encono», a pesar de sufrir «la inmensa pena de tu extravío» y llevar aún «el dolor profundo de tu partida».

Algunos se movían porque el ritmo al punto del estribillo es contagioso, y porque los maestros lo hacían, y aplaudían; sin percatarse de dos madres que bajaron a cargar a sendos varoncitos aún sin pañoleta, bañados en un llanto sin consuelo que habían logrado calmarles un rato atrás, al pasar la verja de la escuela y tener que dejarlos solos en la formación, después de dos meses de verano, de juego y de estar en casa. No, nada que ver con la canción. En definitiva, ellos no la entendían.

Algo de reflexión en forma de preguntas, afirmaciones o recuerdos chistosos, estimulaba el comentario de los más observadores: «¿Alguien previó este detalle en el guión? / ¿Nadie pudo darse cuenta que no viene al caso?/ Pero hay otros temazos tan cubanísimos y «trovísimos» más adecuados al momento, e incluso, al público infantil… / Es que el artista es tan conocido que seguro tuvo carta abierta para seleccionar… / Pero aún así, y con el respeto debido al cantor, hasta la directora debe saber qué cantarán en su escuela, ¿no? / Sí, claro, ja, me recuerda a un locutor de la radio local, que inmediatamente después de informar en un espacio de mensajería social tres casos de personas fallecidas, anunció:…y ahora, para animar la tarde, Isaac Delgado y su versión de La vida es un carnaval…»

Adecuado, oportuno, pertinente, ubicado, en contexto, eran palabras que se repetían entre el murmullo de fondo al discurso breve, que separó el número cultural del siguiente, el último, el conclusivo del acto.

El mismo buen cantor salió otra vez a escena, ante la expectativa de los detallistas que esperaban, quizás, igual sabrosura rítmica y celo nacional; aunque, si pudiera ser, un tema «más a tono».

Esta vez no hubo otra introducción que la petición de «síganme los que la sepan… y con las manos pa’rriba».

Sonó una conocida sincronía de metales y al instante el primer verso: Sé que tú no quieres, que yo a ti te quiera…

Unos abrían más los ojos y otros coreaban al compás de la segunda estrofa: Por tu mal comportamiento / te vas a arrepentir. / Bien caro tendrás que pagar / todo mi sufrimiento…

El clímax del entusiasmo adulto llegó, como era de esperar, con el famoso estribillo. Vibraba el coro y el cantor improvisaba: ¡Llorarás!… bienvenido al nuevo curso… ¡Llorarás!… al aula con alegría… ¡Llorarás!…

En la algarabía, pocos notaron a las mismas dos madres de los mismos dos niños, bajar de nuevo a la plaza para cargarlos.

Ni idea tenían los pequeñines sobre el venezolano Oscar D’León, ni de aquel, su éxito internacional; pero esta vez algo de la letra sí debieron entender, para que el llanto de ellos volviera por sus fueros con tal fuerza.

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