Altura médica

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El blanco también es buen color para exaltar la humildad.

Crecemos en el cliché que lo asocia a la paz, tal vez porque es el más universal de los reclamos de un mundo sacudido por el vicio y las guerras sucesivas.

Sin embargo, en el blanco hay un efecto psicológico que tranquiliza y consuela, que desde lo inmaculado, desde lo limpio y sin manchas, sugiere en quien lo luce la prevalencia del sentimiento noble, como esa ejemplar bondad de los dispuestos que andan siempre con la sonrisa en el rostro y la mano tendida.

Se comprende todavía mejor si hay la suerte de palpar, por algún tiempo, el testimonio vivo que ofrecen con su obra cotidiana nuestros médicos y técnicos afines más allá de los mares, en cualquier latitud.

Nadie me lo comentó. Tuve el honorable encargo profesional de ir a donde algunos de ellos, permanecer, y contarlo. Los vi y viví por casi dos años; aunque a decir verdad, pocos días de historias conmovedoras y muestras de gratitud habrían bastado para entender la dimensión humana a que se eleva nuestra Isla en la actitud perseverante y hasta heroica de su gente.

Nunca me pareció tan blanca, por ejemplo, una bata manchada del ladrillo rojo que predomina en las casas humildísimas de los cerros caraqueños.

La estela de cerámica cruda, marcada por el roce inevitable con paredes laberínticas y pasajes empinados, contaba con suficiencia la jornada agotadora de pesquisas casa a casa, de llevar la medicina a la cama del postrado, de ilustrar sobre hábitos de higiene donde falta, o de asistir uno por uno a los niños numerosos de una familia pobre.

Siempre vi un jeroglífico épico en las salpicaduras de fango sobre la bata de Marial, que nunca logró saltar sin ensuciarse los charcos de La Cañada, un barrio paupérrimo en las faldas de un monte del Carabobo venezolano.

“Yo me quedo con mis pobres y mis ranchos”, respondió una vez al inquirirla sobre la comodidad de la ciudad; el mismo desenfado con que un doctor muy joven ignoró las manchas polvorientas en sus mangas, al regreso de una intervención en una comunidad del Amazonas lejano, selva adentro: “Ah, ¿eso?, niños indígenas. Van descalzos y desnudos. Pasa cuando los cargas.”

También supe de otras manchas con testimonios más graves: “Fue baleado”, detalló el novísimo galeno, luego de reanimar el cuerpo ensangrentado de otro muchacho, casi de su edad. “Llegó en paro a la clínica, pero pudimos salvarlo”, y luego el torrente de agradecimiento familiar, transfusión de orgullo en las venas del personal sanitario que –humano al fin, por demás lejos de casa- a veces duda y hasta teme en la adversidad de un ambiente ajeno; pero se reconforta en la gratitud del paciente: “Caramba, vale la pena el sacrificio”.

Regresé a la Isla con tal imagen estampada en la cabeza, convertida en un patrón que engloba dentro de sí a todos los médicos cubanos; con el perdón de la relatividad y del saber que “hay de todo en la viña del Señor”.

Sin embargo, no retorné deslumbrado, sino con la certeza de que es cosa posible ser mejor. Y ya no hablo del doctor y la enfermera competentes, sino de la mujer y el hombre superiores en el arte de la bondad y el servir.

O mejor, hablo de los dos asuntos; pues la competencia profesional y la altura humana se vuelven lodo en aquel que una vez de vuelta a Cuba, al consultorio conocido, al puesto en el hospital, a la afectiva condición de “médico del barrio” que todo el mundo busca porque es El Doctor, entonces, como transfigurado, ya no es el mismo.

Es lamentable saber de quien retorna con poses diferentes, artificiales, irreconocible en cierta arrogancia extraña que lo pone en el extremo opuesto del joven servicial de antaño, que lo separa de la gente a la penosa distancia de dos mudas de ropa y un tarjeta bancaria con saldo hoy, agotable mañana.

Ya había escuchado la queja sobre ciertas actitudes petulantes y engreídas de algunos que regresan con la mirada por encima del hombro, pero fue más indignante constatarlo un par de veces en pocos días.

Tal vez no fueron episodios tan graves como sería la impensable negativa de asistencia a un caso urgente, pero advertí con enfado la actitud desencajada de dos médicos ante sus pacientes.

El primero gritando su molestia por la cola larga en su consulta: “¡No den más último, que el tiempo no me alcanza para tanta gente!” El segundo, sin siquiera la advertencia, salió, cerró la puerta, y solo a la pregunta de un “rebelde” en la fila, atino a decir, sin dejar de caminar a la salida: “No sé ustedes, pero yo no puedo dejar de almorzar. Sigo más tarde.”

En cuestión de palabras, lo peor fueron las coletillas. Uno: “Terrible esto. ¿Quién me mandaría a empezar a trabajar tan rápido después de la misión?” Dos: “Ahora mismo podría estar de vacaciones en un mejor lugar…”

No es la actitud de los altruistas que conocí, sencillamente porque ellos no lo son. Como pólvora, en el pasillo estalló un criterio feo sobre “lo que hacen cuatro kilos” o “eso pasa cuando vienen”; a pesar de que el grueso del grupo sabía que generalizar no es lo correcto.

El dinero envilece a los débiles, pero las virtudes no se ensayan para ocasiones. Las hazañas que hacen nuestros médicos lejos de Cuba, por repetidas y públicas, no dejan de sorprender, y tal vez por eso cuesta más comulgar con el equívoco ético de quienes vuelven con la nariz levantada, la mirada de soslayo y la altanería en ristre.

Es condenable la indiferencia de uno solo ante la petición asistencial del coterráneo, que solo trae la necesidad de cura y un ‘gracias’ en los labios. Corrompe la grandeza quien condiciona la sonrisa y el servicio al “presentico en las manos”, o facilita toda gestión en las fórmulas del socio, un asunto que muchas veces tiene más de ventaja provechosa que de desprendida amistad.

Creo con firmeza que fue obra del azar el coincidir en breve lapso con dos malos ejemplos de vanidad y jactancia. Excepciones, sin duda, porque antes de “la misión”, ya escribí de héroes en nuestros propios hospitales y montañas.

Por supuesto que sé de los ligeros que oyeron solo una vez, en la academia, algo llamado Juramento Hipocrático, y nunca, si lo escucharon, entendieron el verso aquel de Silvio al “pobre mortal / que desalmado y bruto / perdió el amor / y se perdió el respeto”.

En tales moldes no caben muchas batas blancas. Los médicos cubanos son los otros, los que mantienen la altura en cualquier lado del mar.

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