Un día en el Amazonas (I): El sol en el agua

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En todos los ríos de Amazonas, a esta hora, hay un sol en el agua”, dicen los nativos. / Foto del autor.

PUERTO AYACUCHO.- Si el propósito solo fuera llegar hasta esta ciudad, la única que existe en el estado venezolano de Amazonas, el cruce en chalana –con carro y todo- sobre el imponente río Orinoco, dejaría el sabor incompleto de un paso de carretera que nunca se construyó.

Sin embargo, saber que el destino está más allá, mucho más allá del final de esa propia carretera, donde todo empieza a llamarse selva, convierte la travesía sobre el río en la primera aventura de jungla, hace del Orinoco la puerta y en lo adelante, por la ansiedad, el paisaje completo se antojará salvaje ante los ojos.

Si se llega al cruce temprano en la mañana, será fácil ver los lomos gigantescos de toninas (especie de delfín muy grande) que se asoman a la superficie; mientras parece que el río, más ancho ahora por la reciente incorporación del Meta, corre pausado hacia donde está naciendo el sol.

– “Es bonito, ¿verdad?”, dice otra pasajera recostada a la baranda de la patana, que advierte el embeleso del visitante.

– “Sí, bonito, parece que el sol sale del agua”.

– “O que hay otro en el agua. En todos los ríos de Amazonas, a esta hora, hay un sol en el agua” -corrige, dejando claro que es indígena oriunda; aunque ya lo adelantaban el pelo, los ojos y el color de su piel.

– “¿Usted es cubano?”

– “Sí, ¿cómo supo?”

– “Porque habla como un maestro que enseña a dar clases en mi comunidad jivi. Hay muchos cubanos aquí, ¿sabe?, médicos, enfermeros, dicen que hasta en Río Negro existe un CDI (Centro de Diagnóstico Integral), llegando a Brasil, al final de la selva venezolana, y que se van en canoa a los caseríos indígenas. ¿Será, pues?”

Lo es, sin dudas. Así dicen las estadísticas de la colaboración cubana en Amazonas: hay unos 380 cooperantes de todas las misiones sociales, de ellos 130 de la salud en los seis municipios selváticos.

Nada como la experiencia viva y personal para validar los argumentos, confirmar las verdades, entender los matices del día a día que viven allí, y que esta sección fue a buscar al monte tupido de la mayor jungla del mundo… donde también hay cubanos.

El maestro referido por la pasajera se llama Emilio Barbán, de la oriental ciudad de Manzanillo, y la coincidencia quiso que fuera el mismo entrevistado en la primera visita a Puerto Ayacucho, meses atrás, cuando todavía no habíamos entrado a la selva profunda.

Como el pedagogo Emilio hay otros de bata blanca, aún más lejos, incluso a dos horas de vuelo sobre la espesa alfombra verde surcada de ríos y caños; donde no hacen falta carreteras para que llegue la voluntad cooperativa de sanar y salvar, que mueve a los médicos cubanos.

Cruzado el Orinoco, siempre al sur, y en dirección al pulmón amazónico venezolano, se moverá por unos días esta serie; para buscar los testimonios de algunos de esos valientes que en sus historias sencillas, personales y conjuntas, dibujan en lo salvaje la huella épica de la solidaridad cubana.

Será la oportunidad de confirmar lo que dijo uno de los alumnos jivis, adulto de la comunidad visitada por el maestro Emilio, cuando en su dialecto sentenció la frase que selló y tituló entonces el reportaje: Cae epa ata apocuene rrowinae woja yapü toeneja. Nunca es tarde para aprender.

A eso vamos, definitivamente: a aprender.

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