Un día en el Amazonas (II): La isla en el río

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De izquierda a derecha, Reinaldo, Berenice, Arbelo, Yamerlis y Dixán componen el pedacito de Cuba que existe en Isla Ratón. Foto Julio Manuel Pérez

ISLA RATÓN.- El único tramo vial que sale de la ciudad de Puerto Ayacucho y se adentra en paisajes cada vez más intrincados rumbo al sur, tiene las mismas curvas que hace el río Orinoco, pero en sentido contrario a la corriente fluvial.

Es el eje carretero que lleva al municipio Autana y lo atraviesa durante una hora de viaje, hasta las cercanías de su poblado principal. No puede llegar a él, sino a la orilla de uno de los embarcaderos en que el bongo (canoa larga motorizada) o la voladora (más corta y de alta velocidad) transportan al que va o regresa de Isla Ratón.

Ciertamente es una isla grande la cabecera de Autana, emergida en el mismo centro de la corriente del río que allí mismo, y por largo tramo, es frontera natural de Venezuela y Colombia.

En este instante, tres cubanos muy jóvenes se encargan de la salud integral del asentamiento isleño, junto a dos médicos comunitarios venezolanos que llegaron no hace mucho. Son dos muchachas y un doctor que por los retos sorteados hasta hoy, viven una graduación profesional casi a diario.

A los jóvenes de la salud los acompaña el deportista cienfueguero Reinaldo González, que empujado por su condición de atleta no teme de las culebras, aunque las evita; así como un maestro de Cacocum, Dixán Mojena, asesor para todo el municipio de la misión educativa, y que ahora contribuye a implementar en los ambientes (aulas) de la región, la prioridad de lograr el sexto grado en todos los que iniciaron la alfabetización.

Ni siquiera él conoce por qué la isla se llama Ratón. “De hecho, no he visto ni uno. Será por tantas culebras venenosas”, afirma Dixán. Lo que sí sabe es que guarda la ínsula como un sitio de emociones fortísimas, desde el reencuentro que tuvo allí con Danilo, su hermano de sangre; un campesino que ubicaron cerca para que diera de Cuba sus mejores saberes de la tierra.

A ese grupo chiquito pertenece Berenice López, una podóloga guantanamera de 25 años, la menor del cuarteto y a quien los numerosos nativos que andan descalzos dan a sus manos mucho contenido.

“Es muy frecuente ver uñas encarnadas, hiperqueratosis y otras afecciones por sus modos de vida, pero no me toma por sorpresa. Lo impresionante es lo que he tenido que hacer aquí, fuera de mi especialidad. Me ha hecho madurar, sin dudas.”

Lo dice, porque en poco más de un año ya estuvo la mayor parte del tiempo ofreciendo sus servicios en las selvas de Manapiare y Atabapo, otros dos municipios del estado, más intrincados que Autana, y donde el indigenismos amazónico se nota con mayor apego a lo tradicional.

“Pero allí éramos más, y no había que atreverse tanto en las funciones de otras especialidades. Aquí he sido enfermera y hasta asistente directa de un parto complicado. ¡Ay, mi madre, no quiero ni acordarme! Esa historia que se la cuente Arbelo, el doctor.”

Mientras tanto, sonríe algo aliviada con la llegada, ese mismo día, de su coterránea Yamerlis Campos, una licenciada en rehabilitación venida de Nibujón, Baracoa, y que ahora se hará cargo prácticamente sola de la sala terapéutica, hasta hoy sobre los hombros también del doctor Arbelo.

“No me asusta nada, y vengo preparada para todo”, dice Yamerlis, quien no mostró ninguna impresión ni asomo de ansiedad durante el trayecto de carretera con paisajes salvajes, y tampoco en la travesía fluvial sobre canoa.

“Mi pueblo está a la mitad entre Moa y Baracoa. De monte sé bastante, aunque no es lo mismo, claro, y del trabajo estoy preparada para todo.”

– “Pues entonces desde hoy serás la directora de la sala”, bromea Arbelo.

– “Trabajo el que sea, pero cargos no, por favor”, interpone Yamerlis.

– “Tranquila, es que eres la única que trabajará en la sala; no hay nadie más”, la calma el médico y ríen todos.

El doctor, por su parte, ya tiene para contar una historia larga de indígenas, de aviones, de lanchas, de apuros médicos y ahora de una isla de río que habita, trabaja, y donde realiza, dice, una permanente graduación.

Con apenas 28 años, Yorlenis Arbelo reservará para la próxima columna su capítulo; un extracto de las emociones distintas que ha vivido allí y en la experiencia arrastrada de otras selvas intricadas.

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