Acordes rebeldes en clave de quinteto

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CANEY DE LAS MERCEDES, Granma.- «¿Por qué Quinteto Rebelde, si somos seis? Ah, mijo, la culpa es de Celia. Cuando incorporamos a Rubén, que tiene la mejor voz, ella nos respondió que habíamos nacido quinteto, y que quinteto seríamos siempre, aunque fuéramos diez», explica Alejandro.

Él, Eugenio y Alcibíades Medina Muñoz son los tres hermanos que todavía integran la agrupación nacida en la Sierra Maestra, en plena guerra, 60 años atrás.

«Alcibíades tenía entonces cinco años. Se sumó cuando el grupo se reintegró en el 81. Los que empezamos, además de Alejandro y yo, fueron nuestro padre Juan, el hermano Gerardo, y estos dos viejos, Rubén y Alcides La O, dando lata todavía con más de 80 años. El sobrino Damián es el más reciente», detalla Eugenio.

Entre todos, Geño -como lo llaman cariñosamente- es la más alta expresión del cubano chivador. En sus pasajes criollísimos puede narrarse la historia del formato con madera de guateque, integrado por guajiros natos, que en las ondas Radio Rebelde se bautizaron cinco segundos antes de la salida al aire un 14 de mayo de 1958. «Bueno, ¿y con qué nombre los presentamos, porque necesitan uno?, preguntó el locutor Orestes Varela. No habíamos pensado en eso. Propusimos Los Medina. Dijo que no funcionaba», relata Geño.

«Otro sugirió que Los Serranos, y tampoco, hasta que después de tanto ‘pa’trá y pa’lante’, el técnico Eduardo Fernández se molestó: ‘¡Está bueno ya, que tengo que empezar! Ustedes son cinco, y son rebeldes, pues se llaman Quinteto Rebelde. ¡Entra Orestes…!’ Y enseguida se oyó: ¡Atención, atención, aquí Radio Rebelde…!»

LA FAMILIA Y LA IDEA

Juan Medina, la esposa y sus diez hijos llegaron a las montañas de La Plata en abril de 1957, después de que al abuelo lo engañaran, haciéndole firmar la venta de la finca suya en Contramaestre.

Los hermanos debieron dispersarse con sus familias en busca de sustento, y Juan, con la suya, compró las más de cinco caballerías de monte que, incluida la casa amueblada, le vendió un propietario de la zona que salió huyendo; pues apoyaba a las tropas batistianas que perseguían a los guerrilleros, todavía en la etapa nómada.

Un día, tras un soldado desertor, una escuadra rebelde llegó a la casa en que estaba la madre sola. Los invitó a tomar café, y el jefe, al ver los instrumentos musicales colgados en la pared, preguntó.

«La vieja explicó que los muchachos y el padre los tocaban. Llegamos. Nos pidieron una demostración, y al escucharnos, el guerrillero comentó: Vaya, deja que Fidel lo sepa» narra Geño.

Pocos meses después el líder rebelde mandó a buscar a la familia a su campamento, para indagar sobre el origen, qué pensaban de la guerra, evaluar la confianza que podía tenerles.

«Al escuchar la posición del viejo, de su labor como delegado del Partido Ortodoxo en su zona, Fidel se paró y le dio un abrazo. Después hablaron largamente, de la posibilidad de un campamento en sus tierras, aquello que sería la Comandancia de La Plata. Oyó nuestra musiquita y se le notó divertido, pero algo pensativo, como quien cocinaba una forma de emplearnos en la lucha.

«No quiso sumarnos como soldados. Los más grandes éramos unos vejigos de 14 y 15 años, pero ayudando a papá en la estancia formábamos una especie de escuadra especial de la guerrilla para producir alimentos, al punto de que el viejo ya no vendía las viandas en el llano. Luego se instaló la Comandancia, pero fue el 14 de mayo de 1958 que la presentación en Radio Rebelde nos bautizó.»

«Pasó en un programa dedicado al Día de las Madres –entra Alejandro-. La primera canción fue precisamente “Madrecita del alma”, de Abelardo Barroso; luego una de Panchito Riset, Respeto a tu amor, y le siguió una guaracha popular por esa época.

«Cuando salimos estaba Fidel. ‘Muy buena actuación, Medina’, le dijo al viejo, ‘pero hace falta que hagan canciones sobre la lucha, y que le echen a Batista. Eso, que le echen a Batista’.

«Nos asustamos un poco porque no componíamos, y se nos ocurrió parodiar números populares, con ayuda de la gente de más nivel en la tropa. La primera se llamó Respeto a Che Guevara, y hablaba de lo temerario de los principales jefes rebeldes.

«Luego hubo otra, y otra más, hasta que el mismo Comandante exigió que en cada programa cantáramos una pieza nueva y tres conocidas. Al poco tiempo teníamos nuestro propio repertorio.»

EN EL COMBATE

El cerco a las tropas de Sánchez Mosquera en Santo Domingo fue el primer escenario de combate para el quinteto. Fidel ordenó situar al grupo, los locutores y un altoparlante en un pico dominante. Cantaron el Himno Nacional, luego el del 26 y dos parodias. Entonces el locutor pidió a los rebeldes que si escucharon lo confirmaran con una descarga cerrada sobre el enemigo.

«Oye, aquello fue la mundial. Fuego cayendo desde todas las lomas hacia el valle. Un golpe psicológico bien calculado. Sin embargo, cuando se repusieron mandaron pa’rriba un vendaval, sobre todo morteros contra el pico del cual salía la música.

«¡Ay mamá! No te voy a decir otra cosa, las piernas me temblaban. Fidel se dio cuenta del peligro y mandó un mensajero a decir que nos moviéramos a donde Braulio Curuneaux. No sé cómo nos metimos todos en aquel pedacito de trinchera.

«La otra gran batalla fue El Jigüe. El peor susto allí ocurrió cuando nos sorprendió un bombardeo de la aviación a poquito de llegar. Pegamos carrera monte adentro, y al parar papá no traía la marímbula: “Un guardia me la quitó, mijo, me la halaron de la mano”, se le ocurrió decir.

«Nos miramos sin creerle, claro, pero no podíamos contradecirle, y mucho menos reírnos. La encontramos enredada en unos bejucos de tibisí. Un guardia, ¿no?. La cara del viejo decía que aquel asunto había que enterrarlo allí mismo.

«Le insistimos a papá que hablara con Fidel para tener unas armas, defendernos y disparar también en los combates. Lo hizo por mediación de Celia, y ella misma trajo la respuesta: “dice que ustedes tienen las mejores armas, las armas ideológicas”.

«Oiga, es verdad que ese mensaje tiene enseñanza; pero decirlo a un viejo analfabeto sin explicárselo bien era un fenómeno. La cosa es que papá nos dijo con tanta emoción lo que entendió de aquella respuesta, que nos pasamos el resto de la guerra esperando ilusionados las flamantes armas ideológicas que Fidel nos daría.

«Discutíamos sobre cómo serían, si igual a la Browning, con el cargador para arriba, si con un peine como la de Curuneaux… No fue hasta después del triunfo que entendimos el significado de la respuesta de Fidel. Creyéndonos sin armas en la guerra, y allí mismo, en El Jigüe, dando tremendo golpe con la música.

«La idea era no dar tranquilidad a los guardias cercados del general Quevedo. En los momentos de aparente calma, los locutores leían arengas, nosotros cantábamos, era como una tortura para ellos.

«De vuelta en La Plata, algunos prisioneros contaron que cuando nos oían, tenían la sensación de estar tranquilos en casa, que entonces disparaban al aire, para no herir ni matar a aquella gente culta, que ese fue uno de los motivos para rendirse.

Geño ríe cortamente, a la par de sus hermanos: «Y nosotros esperando mejores armas…»

Abordados por la cercanía de Curuneaux, mencionado muchas veces, argumentan que por alguna razón, tal vez de protección, siempre los colocaban en las trincheras de Braulio.

«Claro, no sé si era la mejor forma de cuidarnos, pues los morteros siempre dirigían a donde más grande era el fuego rebelde, y en la tropa no había un arma más potente que la de Braulio”, agrega.

«Eso sí -vuelve Geño-, siempre nos cuidó como a hijos. En uno de los amaneceres en El Jigüe, le caí a pedradas a un panal de avispas. ¡Muchacho! Parece que vieron el movimiento desde la fragata anclada en una ensenada de la costa. Al instante tenía encima unos cuantos cañonazos terribles.

“Fue Braulio quien me sacó de allí. Después de una regaño fuerte, emplazó la 50 y respondió el fuego de tal forma, que la fragata se perdió a toda máquina de la ensenada.

“Ya te digo, nos cuidaba como a hijos, o como hermanos, porque adoraba a mi madre como a la suya propia. Entraba a la casa y se acomodaba mejor que nadie, buscaba su regazo, le hablaba sus penas y sus aspiraciones. Un día le contó su deseo de que la guerra terminara ya, que llevaba mucho tiempo detrás de un arma, que daría todo para el triunfo y se iría a descansar.

«Ese día le dio un abrazo largo a la vieja, como de despedida. Si hubiéramos estado en Guisa, tal vez nos hubiera sepultado el mismo cañonazo que alcanzó su trinchera.»

TODAVÍA

Innumerables capítulos de éxitos y traspiés tuvieron en los años primeros de la Revolución, a merced, incluso, de algunos oportunistas que quisieron aprovechar la prominencia del quinteto y la inocencia típica de muchachos guajiritos sueltos en La Habana.

Quiso Celia traer a la familia, educar a los pequeños, colocar a los músicos en un conservatorio; pero el viejo se aferró a la finca, y cuando se decidió ya era tarde.

Un día en La Habana, un oficial rebelde los llevó a los seis para Columbia, los integró a las filas militares, y en la dinámica de tropas se disgregaron. Gerardo dejó los bongoes en una casa donde jamás volvió, Alcides vendió el cuatro en Pinar del Río, y a Geño se le cayó el cencerro delante de un camión, que lo hizo una galleta.

A no ser por el momento en que Celia los reagrupó en el ’73, para grabarles un disco de acetato, pasaron 20 años dispersos, construyendo por separado sus vidas, a la par de la Revolución.

Convocados en 1981 para la inauguración del campamento de pioneros en Santo Domingo, Fidel los reconoció, saludó e indicó que los integraran como grupo musical en aquel sitio de la Sierra histórica, a la que nadie nunca cantó mejor.

Vestidos aún con el verde del monte que los bautizó 60 años atrás, siguen pulsando la música que tronó a la par de los cañones.

Geño sufrió un infarto cerebral que lo tuvo sin vida 12 horas. Dice que es un jiquí, que volvió para tocar sus maracas. Que las estará tocando hasta que la muerte lo tome en serio.

Mientras tanto, con ellos ya está Damián, un sobrino que es en sí mismo relevo, “pero por si acaso, estamos consolidando un círculo de pequeños músicos rebeldes; quienes cuando ya no estemos, mantendrán sonando este raro quinteto de seis, aunque hayan pasado ochenta, noventa, cien aniversarios”.

 

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