Un día en el Amazonas (IV): Raiza, lo triste y lo perseverante

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Maternal por naturaleza, la enfermera Raiza trajo de la selva un cariño aún más grande por los niños

PUERTO AYACUCHO.- “Ranero, sí, así mismo. Es mi segundo apellido, como de muchas ranas. Espero que no tuviera que ver con venir a trabajar acá”, bromea Raiza Rodríguez, quien trajo de la selva intrincada las mejores experiencias de su capítulo amazónico.

Ahora al frente del único Centro de Diagnóstico Integral (CDI) de esta ciudad, a la enfermera de Guanabacoa todo le parece menos complicado.

Para el que llega nuevo, rumbo a alguno de los seis municipios de jungla, es una suerte grande encontrarse con ella y darse unos minutos de conversación; porque en su palabra dulce y abundante, repleta de detalles descriptivos y lecciones fundamentales, se rompe el susto de lo desconocido y sientes que vas a la aventura con un tremendo arsenal.

Habla de los lugares con el ánimo de quien quisiera volver, exaltando la belleza natural, el dialecto local, los aprietos cotidianos… y también la  incomprensión y el dolor personal de unos modos de vida que poco tienen que ver con el cubano y los desbordes de su sensibilidad humana.

Al menos sobre Maroa, el municipio que ella habitó y dirigió como jefa del área de salud, parece conocerlo todo; gracias a los meses largos que pasó allí mezclada con las comunidades más lejanas, con su gente humildísima.

Pero las experiencias que narra duelen también, y hacen saber que es un hábitat ajeno que debes respetar, al cual llegas para dar todo de ti… aunque dentro del límite de sus tradiciones y leyes ancestrales.

“Es bonito pero muy difícil, sobre todo por el sentido humano de nuestro ejercicio profesional, de concebir la vida como el valor más preciado.”

Con gran dolor Raiza rememora las varias veces que lidió con las costumbres por sanar, por salvar la vida de los niños.

“Para los Kurripakos, por ejemplo, la etnia predominante en Maroa, es casi antinatural que dos nazcan al mismo tiempo. No lo admiten y escogen uno, porque la mujer lactará a ese nada más. Dicen que no puede desgastarse para atender el conuco mientras el hombre pesca.

“Tuve el caso más terrible con una segunda gemelar que salvó la abuela, quien la mantuvo viva con yucuta caliente (bebida a base de una harina de yuca llamada mañoco, plato principal de la dieta indígena).

“La falta de lactancia le desarrolló un sapillo en el tracto digestivo que la puso grave, y ni con los ruegos de los médicos aceptaron darle el pecho.

“Mira, buscamos al juez del pueblo, la Guardia Nacional, al representante de protección de menores; pero hay leyes que defienden los derechos indígenas desde el respeto absoluto a lo ancestral. Si no los convencíamos, no habría nada que hacer, y la niña moriría.”

Para ese entonces, Raiza tenía en Cuba a su niño enfermo, y con una foto en la mano interpeló al padre.

“Le dije: este es mi hijo, enfermo ahora, y yo no puedo atenderlo por estar aquí, salvando a la tuya. La niña también es indígena. ¿Y sus derechos?

“Tanto le hablé que al final lo convencí de traerla a la ciudad. Pedimos otro avión, porque en el primero no quisieron irse. La ingresaron al llegar, pero se habían perdido muchos días convenciéndolos… y la niña murió.”

Como ese pasaje triste, narra las veces que, con mucho tacto y más grande corazón, lidió sutilmente contra costumbres que privilegian la medicina del chamán, o indican que los niños comen después de los padres, si sobra.

Pero Raiza tiene mejores y muchos más recuerdos, “de las lecciones que fuimos dando en silencio, cuando compartíamos nuestra propia comida con los cinco, seis, siete pequeños que venían con la madre ingresada, y los acostábamos a todos en camitas, mostrándoles cuánto vale un niño, su vida, sin distinciones. Fueron más los que hicimos nacer y los que salvamos.”

Así hizo su lista larga de historias alegres con su equipo de doctores muchachos, de los pacientes que hizo cambiar la forma de pensar con su actitud maternal en la sala, que no dejó de practicar ni cuando se internaba en las comunidades dispersas a lo largo del río Guainía.

“Ahí es cuando era más profesional. Miraba la selva alrededor, las condiciones de vida, me veía allí tan lejos de casa, y sabía que algo útil había ido a realizar.

“Lo hice y soy mejor. Maroa, con los cubanos, también es mucho mejor.”

 

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