Un día en el Amazonas (V): Vuelo hacia el horizonte

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La huella de los cubanos está en la inmensidad del Amazonas, bajo cualquier bosque, en cualquier playa de río.

PUERTO AYACUCHO.- Irse a la Amazonía lejana presupone no saber en qué momento exacto se podrá llegar. Mucho menos cuándo regresar.

Si no se considera la opción de navegar por río, durante días, la única posibilidad dependerá de un eventual vuelo militar o la salida de un avioncito del llamado Grupo Nueve; una pequeña flota de Cessnas de cuatro a nueve plazas, creada por el Gobierno Bolivariano para asistir emergencias y asegurar el transporte gratuito de casos excepcionales.

En esas naves se mueven los médicos cubanos cuando van o regresan de los sitios intrincados que habitan y atienden por largos meses, rodeados de todo cuanto les resulta ajeno: el monte tupidísimo, las lenguas diversas que escuchan, las comidas que les ofrecen cuando penetran un caserío indígena, las tradiciones, la gente, la nostalgia creciente por la Isla querida…

Por eso vienen también a Puerto Ayacucho cada cierto tiempo, a descansar unos días, y a darse unas bocanadas de ciudad, de asfalto, de mayor civilidad, de aprovisionamientos necesarios que no existen en la selva.

Esperamos algunos días la primera opción, hasta que por fin: “Mañana volaremos a Río Negro. Venga temprano a la base, por favor”, llamó el coronel, jefe del grupo de apoyo aéreo.

Con el mapa de Amazonas como una foto en la mente, la emoción se multiplica al saber el destino exacto, el más lejano de los seis posibles: un trazado largo de casi dos horas de vuelo que termina en San Carlos de Río Negro, a muy poco del extremo sur de Venezuela y vértice trinacional, junto a Colombia y Brasil.

“Es un ‘Caravan’, qué alivio”, suspira Marilia González, una doctora avileña que va de vuelta a la selva tras regresar de vacaciones en Cuba.

“Es que los ‘wayumis’ me asustan demasiado. Se mueven mucho en el aire. Son como papalotes, y considerando este cuerpo y la estrechez del avión, peor todavía”, resalta la cubanita al comparar las naves, sus maletas y la robustez con que vino de la Isla. “No me pude aguantar la boca, usted sabe. Además, no sé cuanto voy a demorar allá adentro; así que me comí hasta las reservas”, bromea, con exquisita cubanía.

Los llamados wayumis (en alusión a la etnia Wayuú, del occidente del Zulia) son muy pequeños, de tres plazas, más el piloto; en tanto el modelo Caravan es mediano y lleva hasta nueve pasajeros, con tres tripulantes y capacidad de carga en la panza.

Allí, precisamente en la panza, Juan Carlos y Eduardo -dos cubanos que no tienen más función que gestionar con la cara y hasta las uñas los vuelos, la comida y cuantas provisiones puedan conseguirse para los muchachos en la selva- acomodan los bultos del mercal comprado para Río Negro.

“Hacía dos meses que no lo conseguíamos. La situación está muy mala, todo carísimo y escaso. La maldita guerra económica nos aprieta el cinto a todos, y sin embargo allá siguen esos muchachos. Hay que seguir arañando todo lo que se pueda para ellos. Son unos héroes”, exalta Juan Carlos.

La hélice en la nariz empieza a girar y al sonido fuerte del motor se une la cosquilla en el estómago por la aventura inédita que será para algunos.

El piloto, un mayor de la fuerza aérea, trae la experiencia marcada en el rostro; sin embargo se persigna, y el gesto provoca algún trago en seco.

El copiloto, muy joven, parece en entrenamiento, y mientras la nave avanza a la punta de la pista, se vira y pregunta: “¿Usted también es cubano?”

Al saber la respuesta, cierra el puño con el pulgar levantado, en señal de complacencia. “Yo estudié en Cuba, en el Instituto Técnico Militar de La Habana. Si estoy aquí es por ustedes también. Es un placer servirles.”

Las palabras del primer teniente Acosta generan un orgullo total por la Antilla Mayor, que eriza. La gratitud es un sentimiento hermoso.

El avión acelera y la pista es lo último asfaltado que se ve. Ya en el aire, aparece abajo el gran Orinoco, salpicado de piedras grandes por el azote de una sequía larga, y en lo adelante, una inmensa alfombra verde que se une al cielo en el horizonte.

Detrás de esa línea está el corazón del Amazonas, está Río Negro, y a salvo la esperanza en las manos de cubanos valientes. Allá volamos…

Fotos del autor.
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