Un día en el Amazonas (VII) Río Negro por un instante

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Médicos de Río Negro / Los rostros dicen de la juventud que prima en el personal de salud emplazado en Río Negro.
Médicos de Río Negro / Los rostros dicen de la juventud que prima en el personal de salud emplazado en Río Negro.

SAN CARLOS DE RÍO NEGRO, Venezuela.- El vuelo hacia este poblado, el más lejano de la porción nacional de selva amazónica, había sido demasiado tranquilo para un susto como el del aterrizaje.

Un avión que se eleva de pronto cuando ya iba a tocar pista y gira de súbito sobre un costado, pone los pelos de punta al novato en estos trajines y lo expone a ser motivo fugaz de una risilla cómplice de los pilotos.

“Tranquilo, cubano, es solo una maniobra de entrenamiento, para reconocer la pista”, señala uno, mientras la nave retoma la punta del trazado en un descenso suave.

“Caramba, pero al menos avisen, ¿no?”, es la única respuesta que se oye.

Ya en tierra, emociona la bienvenida de aquel grupo pequeño de muchachos de batas blancas, que uno por uno se acercan al avión con un abrazo. No les basta un apretón de manos, porque a pesar de no saber bien a quien saludan, eres de la misma Isla y traes olor a la ciudad más cercana.

Cargan con ellos tres sillones de ruedas, a pesar de que en la nave no viene ningún enfermo: “Es para nuestra medicina, la de los colaboradores”, aclara el radiólogo artemiseño Yasmani Peñalver, y una vez frente a la panza comienza la descarga de paquetes de arroz, leche en polvo, pastas y algunos pollos que ya le faltaban hacía unos cuantos días.

“Se lo dije, nuestra medicina, ja”, y se va contento, asistido en el arrastre por un cuarteto “multidisciplinario” de mujeres entusiastas: la terapeuta pinera Graciela Ferrer, la podóloga villaclareña Yuniet Velázquez, la laboratorista avileña Daimara Campañá y Mariela González, farmacéutica de Mayabeque.

San Carlos de Río Negro asemeja una maqueta, el ensayo en miniatura de una ciudad que tal parece se trajo construida para colocarla allí, en medio de la jungla, en la orilla venezolana de la corriente ancha que es afluente principal del Amazonas.

Tiene pocas calles, todas de hormigón y dispuestas en un orden simétrico, con medidas estándares, contenes, aceras, jardines frente a las casas de techos aligerados. Hay escuelas de varias enseñanzas, comercios, algún edificio público, y para el tamaño del pueblo ribereño asombran las dimensiones del estadio deportivo pegado a la pista aérea.

Es una localidad sin entradas por tierra, dentro de la cual las distancias son relativamente cortas; pero el uso de la moto ya es sello venezolano, aunque sea para moverse 100 metros, y allí también se ven de arriba a abajo montadas por mujeres, hombres y hasta adolescentes.

“Por eso es que enfermas tan fácil, te pesa hasta caminar”, bromea uno de los galenos con un vecino amigo que le frenó en seco el motor delante. “Después no quieren ser obesos y diabéticos. Dime, ¿cómo siguió la niña de la gripe? Tráela esta tarde para evaluarla de nuevo.”

A la vuelta de la primera cuadra está el que hace algunos años es el principal edificio público del asentamiento, el más visitado por sus habitantes. El CDI (Centro de Diagnóstico Integral) tiene todas sus puertas abiertas, a pesar de que no hay nadie adentro porque en pleno los muchachos se volcaron a la pista con el ruido del avión.

“Para los pobladores es como una segunda casa, donde vienen cuando sienten la mínima molestia. Pero es también la de nosotros, literalmente, porque aquí vivimos. La residencia aún no se alista y en el pueblo hace semanas no hay corriente por falta de combustible, que llega en gabarras a través del río”, explica Juan José, el joven doctor jefe del equipo cubano.

“Al menos aquí aprovechamos la mitad de la noche con el generador de la clínica, para cargar los teléfonos, refrescar las consultas donde dormimos, bombear agua y hacer todo lo que sin corriente no podemos. Tratamos de que coincida también con el momento en que arrancan la planta telefónica, porque fuera de ese tiempo no hay cobertura para llamar.”

La bienvenida fue, en primer lugar, hacer un buen almuerzo que modificara la dieta restringida de las fechas anteriores, y mientras cocinaban cada uno a su gusto, un mapa de la zona despierta el interés del visitante sobre un punto lejano denominado Maroa, pasada la frontera noroeste de Río Negro.

A cinco de los seis municipios de selva podría irse en avión, pero en Maroa, por las condiciones arenosas de la pista y un accidente reciente, ya no entran los vuelos. Entonces los galenos emplazados allá, como sus pobladores, deben bajar hasta San Carlos tras cuatro o cinco horas de travesía en lancha por el cauce fluvial.

A escala geográfica, Maroa está menos lejos de Ayacucho que San Carlos, pero las condiciones actuales del acceso, en que hay que retroceder navegando al sur, para volar luego al norte en busca de la capital, lo hacen ahora mismo el lugar más intrincado. Llegar allá ese sería el mejor reto. En definitiva, allí también hay cubanos.

“A Maroa no se va queriendo regresar rápido. Se vira cuando se puede”, rompió el embeleso un muchacho de acento bien cubano, vestido al modo rapero, con jeans, gorra de lado y un sudario con capucha incluida.

“Yo vine de allá pensando que en el avión venía nuestra comida, pero nada. Viro en un ratico con algunas medicinas. ¿Es periodista, no? Si se atreve, nos vamos en par de horas.”

¿Quién, llegado hasta donde estaba, no cede a un reto tal? De todas formas tendría que volver por la ruta de Río Negro, y estos muchachos estarían aquí con sus historias; pero aquellas de Maroa no las sabría nunca si perdía la oportunidad de aquel instante.

“Nos vamos cuando quieras”.

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