Un día en el Amazonas (VIII) Los oficios de Niky, el hacendoso

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Niky, el hacendoso / Escurriéndose al sol mientras navega, el radiólogo Nicdael cargó y salvó, en una misma tarde, las medicinas de Maroa.
Niky, el hacendoso / Escurriéndose al sol mientras navega, el radiólogo Nicdael cargó y salvó, en una misma tarde, las medicinas de Maroa.

SAN CARLOS DE RÍO NEGRO, Venezuela.- Este poblado parece más pequeño cuando te asomas de pronto a la vista colosal de su puerto fluvial.

Tiene un largo balcón adoquinado con una verja donde recostarse a admirar la corriente ancha del afluente principal del Amazonas, que allí marca frontera entre Venezuela y Colombia.

La sequía severa que azota la región –y a todo el país hace ya unos cuantos meses- ha bajado el nivel de las aguas, y aunque a la perspectiva el río Negro sigue mostrando un rostro imponente, el cauce ahora se ve salpicado de piedras grandes que asoman sus crestas en muchísimas partes.

Es el lugar más fresco de una pequeña ciudad castigada por el sol ecuatorial del mediodía, buen pretexto para irse a reposar la siesta bajo la sombra de un árbol en la esquina del balcón; donde hace varias jornadas dos cubanitas mantienen “avergonzados” a un Guardia Nacional, custodio del puerto, y al dueño del comercio adjunto.

“El trompo bailando en casa ajena. Ya van unos cuantos zapateros. No sé aquí, pero en Cuba el dominó no es solo para hombres. ¡Arriba, dos más, a ver si alguien nos gana, que ahorita tenemos que trabajar!”, se jacta una de las doctoras, en ese tono jocoso de típica rivalidad que tiene el juego de mesa en su capítulo cubano.

El sol explica por qué el muchacho con aires de rapero que invitó a navegar hasta Maroa, anda al resguardo de un sudario con mangas y capucha. Se llama Nicdael Borges, viene de Amancio, Las Tunas, y es el técnico de Rayos X en aquel poblado. Pero a las claras, se nota que es mucho más.

Él, un doctor y un par de enfermeros ya hicieron tres viajes del CDI a la orilla del río, con las mismas sillas de ruedas que en la mañana cargaron la comida desde el avión y ahora usan para mover unas cuantas cajas.

“Son las medicinas que usamos en Maroa. Hay de todo lo necesario: tabletas, inyectables, sueros, incluidas las placas para mí trabajo… y todo gratuito para el pueblo”, subraya el jovencito encapuchado.

En poco tiempo demostró ser una máquina intrépida, un clásico “hiperquinético” movido por la voluntad de ayudar, de colaborar en todo lo posible, de hacerse cargo de cualquier cosa… y aún cuando al filo de las tres de la tarde, aquella “lancha” apenas se veía de tantas cajas, dobló la esquina liderando el grupo de varones que traía un par de bidones de gas: “uno de oxígeno, el otro para cocinar, ya estábamos con carbón”, precisó.

“Sí, esa misma es la lancha, ya veremos cómo nos apretamos. Quizás haya que bajar algo, pero de que nos vamos, nos vamos, ¿tiene miedo?”, interpela sin oportunidad a la defensa. Habla tan rápido como su ritmo.

La “voladora” tiene las mismas dimensiones de un bote tradicional, pero con motor fuera de borda, y ahora se ve más pequeña por la carga de tantas medicinas, dos pacientes que regresan a Maroa, un par de balones de gas, tres doctores, el piloto y un periodista anotado a última hora.

“Creo que es demasiado peso”, reflexiona el maquinista mientras enciende el motor. “Con suerte llegamos en cinco horas”, apunta, provocando un cálculo mental que enseguida nos pone navegando el Amazonas en medio de la noche cerrada de la selva.

Por la carga excesiva, el bote está aferrado al fondo, y Niky – el mote del radiólogo- otra vez se hace cargo. Salta al agua empapándose hasta la rodilla y da el empujón necesario que separa la embarcación.

Recibe la primera pregunta periodística, que obviamente indaga sobre su forma de ser: “Imagínese que ya pasé casi un año en La Esmeralda, el poblado principal del municipio Alto Orinoco, donde nace el famoso río. Allá me iba yo con los indígenas a sus conucos, selva adentro, a ayudarlos, y de paso –guiña el ojo- a gestionar comida para todos en el CDI.

“Siempre viraba cargado de plátanos, yuca, frutas, de todo lo que hubiera. La cosa es que no puedo estar sin hacer nada, sin sentirme útil. La vida me dio esta energía y créame, aquí hace mucha falta.”

Un detalle detiene la conversación para entablarla un momento con el maquinista, mientras el bote acelera y empieza a abrir un surco, esquivando las piedras en el cauce de un agua literalmente negra.

“Por eso es que se llama Río Negro. Tiene muchos minerales, hierro, oro, bastante oro, y aunque no lo parezca…”, de pronto un golpe seco sacude la lancha, nos tumba, desacomoda las cajas y genera una alarma colectiva.

El maquinista, golpeado en la pierna por el motor que rebotó y dejó la propela girando fuera del agua, se incorpora y lo apaga rápido. “¡Contra, no adiviné esa piedra!”, exclama, mientras chequea que todos estén bien.

En la preocupación, nadie nota el agua que comienza a entrar por la popa y ya cubre todo el fondo. “¡El tapón se zafó…!”, grita el piloto, a la vez que intenta sellar con el pie el boquete bajo el motor.

“¡Allí está!”, señala uno de los pacientes hacia el taco de madera, que por ser muy ligero ya flota a 20 metros de la lancha, arrastrado por la corriente que también nos lleva a la deriva, en sentido contrario a donde íbamos. Estamos en el medio del cauce, muy lejos de las dos orillas.

“Hay que alcanzarlo, porque si no…”, dice el motorista, pero el ruido de una zambullida le interrumpe la frase con el mal presagio.

Justo en el puesto donde estaba Niky, el “hacendoso” radiólogo de Amancio, ahora solo hay, sobre una caja de medicinas, un reloj y un celular.

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